El brío de nuestros pueblos

En 1891, se publicaron los Versos sencillos de José Martí, extraordinaria colección de versos, que abre con este texto: “Mis amigos saben cómo se me salieron estos versos del corazón. Fue aquel invierno de angustia, en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos. ¿Cuál de nosotros ha olvidado aquel escudo, el escudo en que el águila de Monterrey y de Chapultepec, el águila de López y de Walker, apretaba en sus garras los pabellones todos de la América? Y la agonía en que viví, hasta que pude confirmar la cautela y el brío de nuestros pueblos; y el horror y vergüenza en que me tuvo el temor legítimo de que pudiéramos los cubanos, con manos parricidas, ayudar el plan insensato de apartar a Cuba, para bien único de un nuevo amo disimulado, de la patria que la reclama y en ella se completa, de la patria hispanoamericana […]”.1

Resulta sin dudas un texto bastante inusual para el prólogo de una colección de versos. Es más bien una confesión de las preocupaciones y tribulaciones que asaltaban su ánimo en aquellos días terribles en que, durante la Conferencia Internacional Americana, en Washington, Estados Unidos se lanzó a la apropiación del mercado latinoamericano, de lo que consideraba su “patio trasero”. Con ese fin, los delegados participarían en una gira por el país norteño, recorrido trazado para deslumbrarlos y convencerlos de “[…] la conveniencia para sus pueblos de comprar lo de este y no [lo] de otros, aunque lo de este sea más caro sin ser en todo lo mejor, y aunque para comprar de él hayan de obligarse a no recibir ayuda ni aceptar tratos de ningún otro pueblo del mundo”.2

Por suerte, “la cautela y el brío de nuestros pueblos” en las personas de sus delegados, devolvieron a Martí la paz interior, en particular, la actitud de los argentinos Manuel Quintana y Roque Sáenz Peña,3 a quienes tocaría desempeñar un importante papel en el desarrollo de la conferencia.

Ahora bien, en ese primer párrafo de su prólogo alude Martí al “águila de Monterrey y Chapultepec”. Monterrey y Chapultepec, junto a Veracruz y Ciudad México, fueron algunos de los sitios que se destacaron en la guerra que se desató cuando Estados Unidos robó a México nada menos que el 55 % de su territorio (2 400 000 km2). Como bien se sabe, en Chapultepec tuvo lugar uno de los episodios más trascendentes de esta guerra, cuando en el castillo homónimo, sede del Colegio Militar, seis cadetes de entre 13 y 17 años de edad, resistieron con valor la agresión ocurrida el 13 de septiembre de 1847 y escribieron una increíble página de heroísmo. Cuando el ejército americano comandado por el general Winfield Scott inició el ataque al castillo, su director, el general Monterde, ordenó a los jóvenes cadetes que abandonaran el sitio y regresaran a sus casas; pero Juan de la Barrera, Juan Francisco Escutia, Francisco Márquez, Agustín Melgar, Fernando Montes de Oca y Vicente Suárez se negaron, conscientes de que su gesto implicaba el sacrificio de sus vidas. Solo quedaba ya vivo Escutia, quien, al ver que la victoria yanqui era inevitable, saltó desde lo alto del castillo envuelto en la bandera mexicana para impedir que cayera en manos del adversario. Sus restos reposan hoy dentro de una cama de plata y cristal.

Ellos son los Niños Héroes de Chapultepec; el pueblo mexicano los venera, como todos los seres dignos de este continente.
Por su parte, “el águila de López y Walker” alude a dos nefastos personajes que pueden considerarse símbolos del anexionismo pronorteamericano. El primero, Narciso López Uriola nació en Caracas, Venezuela. Como miembro del ejército español, combatió contra su pueblo y ascendió hasta coronel. Tras la derrota española en América, viajó a Cuba, donde vivió diez años y regresó a España para ofrecer una vez más sus servicios, por los que fue ascendido a general de brigada (1834) y a mariscal de campo (1838), y también condecorado. Volvió a Cuba como teniente gobernador de Trinidad. Cuando en 1845 quedó excedente, organizó la conspiración anexionista conocida como “la Mina de la Rosa Cubana”, en la zona de Manicaragua, Las Villas: había cambiado de amo.

Con la ayuda de los esclavistas del sur de Estados Unidos, preparó la expedición del Creole, que desembarcó el 19 de mayo de 1850 en Cárdenas, Matanzas. A pesar de su carácter anexionista, este hecho se recordará siempre en nuestra historia, pues en esa ocasión se enarboló por primera vez la bandera tricolor que, en Guáimaro, en abril de 1869 devendría nuestra enseña nacional.

Con los mismos patrocinadores organizó la expedición del Pampero, que desembarcó por Bahía Honda, Pinar del Río, el 12 de agosto de 1851. Poco después fue detenido, enviado a La Habana y ejecutado al garrote vil en la explanada del Castillo de San Salvador de la Punta.

William Walker, oriundo de Tennessee, Estados Unidos, es el prototipo del aventurero expansionista. Participó en la invasión al territorio mexicano. Durante la guerra civil nicaragüense, en julio de 1855, los obligó a rendirse y firmar un acuerdo de paz y, en febrero de 1856, el nuevo Gobierno nicaragüense traspasó la concesión para la explotación de la ruta transoceánica por Nicaragua a Walker y sus socios, lo que evidencia el carácter mercantil de su actuación. Desde allí proyectó la agresión a Costa Rica, como parte de un plan de apoderarse de toda la América Central e incorporarla a Estados Unidos; pero la resistencia centroamericana lo debilitó hasta el punto de que tuvo que capitular y huir a bordo de la corbeta norteamericana St. Mary´s.

Para gloria de nuestros pueblos estos mercenarios y sus amos imperialistas fracasaron en sus intentos anexionistas; pero en ellos pensaba Martí, esa idea lo enfermó y el médico lo echó al monte, donde pudo escribir sus Versos sencillos. Solo se tranquilizó cuando pudo “confirmar la cautela y el brío de nuestros pueblos” y comprobar el fracaso del plan trazado “para bien único de un nuevo amo disimulado”.

Ese mismo brío dio lugar a que el 10 y el 11 de abril del presente año, Cuba estuviera en Panamá, en la Cumbre de las Américas, lo que fue reconocido por el general de ejército Raúl Castro, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de nuestra nación: “Agradezco la solidaridad de todos los países de la América Latina y el Caribe, que hizo posible que Cuba participara en pie de igualdad en este foro hemisférico […]”.4

Ese mismo brío consiguió hoy que las relaciones hemisféricas cambiaran y que, “[…] basadas en el derecho internacional y en el ejercicio de la autodeterminación y la igualdad soberana, se centren en el desarrollo de vínculos mutuamente provechosos y en la cooperación para servir a los intereses de todas nuestras naciones […]”,5 tal y como soñaba Martí.

Notas
1 José Martí: Obras completas, t. 6, colección digital, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, p. 61.
2________: “El Congreso de Washington”, en ob. cit., p. 34.
3 Manuel Quintana (1834-1906), jurisconsulto y político argentino. Roque Sáenz Peña (1851-1914) fue presidente de la Argentina (1910-1914).
4 Raúl Castro Ruz: Discurso pronunciado en la Cumbre de las Américas, Panamá, abril del 2015.
5 Ibídem.