Pastor Batista vestido de softbolista
Pastor Batista vestido de softbolista

Confieso que nunca pensé sentarme a escribir acerca de la edición número 17 del Torneo nacional de softbol de la prensa cubana. Debió ser porque tampoco, en ningún momento, rozó siquiera mi mente la idea de participar como atleta.

Desde la última vez que me dejé enrolar en tan alegre y cuerda locura, han transcurrido alrededor de cinco años de absoluta inactividad deportiva y de casi absoluto sedentarismo físico. Muy mal eso para la salud, pero así ha sido.
Entonces ocurrió lo imprevisto. Ese puñado de muchachos -y no tan muchachos- que más que un equipo (Las Tunas) integran una verdadera familia, se antojaron de venir hasta Ciego de Ávila (lugar donde vivo desde hace poco más de tres meses) con una bomba de tiempo, para mí, en la palma de sus bellacas manos.
“Te incluimos en nuestra nómina” –dijo Jorge Pérez, el cabecilla del team, como si me estuviera comentando lo más conocido y normal del mundo.
Ante la cara que debo haber puesto, se alzó rápidamente la voz de Dubler Vázquez, el Capitán: “… y aquí tienes el mismo traje con que jugaste la última vez, para que te destaques a tus anchas”.
Por más que intenté “tocar la bola” o esquivarla, me resultó imposible; de modo que, en menos de lo que canta un gallo, estaba yo plantado como una estaca, defendiendo la primera almohadilla o con la gorra atacada hasta las orejas, mirando por debajo de la visera los envíos del lanzador contrario, para ver si lograba adivinarle al menos uno.
A quienes no les resultó muy simpático todo aquello fue a los avileños (jugadores, personal de apoyo en gradas y hasta directivos de medios), quienes con el bate verbal del buen humor se apresuraron a dedicarme un rosario de frases, en las que el denominador común fue la palabra “traidor”.
Un oportunamente inoportuno cohetazo rumbo al jardín izquierdo, con saldo de dos carreras hacia el plato, que inclinaron el marcador a favor de Las Tunas, serían algo así como el puntillazo; de manera que, en medio de la más cruda sequía que ha conocido Ciego de Ávila, sobrevino, ahí mismo, el aguacero: “Miren eso, nos ha traicionado, ese hombre se ha vendido, quién iba a imaginar semejante cosa, debiéramos devolverlo para Las Tunas, déjenlo este mes sin estimulacioooón…”
En medio del diluvio, y feliz de que yo le siguiera siendo fiel a la provincia donde trabajé 25 años como corresponsal del periódico Granma, mi Reina esposa parecía morir a causa de la risa mientras escuchaba todas aquellas ocurrencias que, a decir verdad, muchos en el graderío disfrutaban tanto o más que el propio juego.
Han transcurrido algunos días desde que la Copa cerró felizmente sus telones. Las bromas, jaranas y cómicas referencias a mi participación con los tuneros, mantienen cortina abierta. Ninguna de las frases me ha molestado. Todo lo contrario; hasta las disfruto. Debe ser porque las interpreto, todas, desde un prisma de sano humor, de nobleza.
Ese es también un rasgo de nuestros torneos: donde tan importante como ganar un partido o una medalla es tensar los músculos, relajar el cerebro, confraternizar con colegas de todo el país, de todas las generaciones vivas aún y, encima de ello, hasta disfrutar la jocosidad con que te pueden tildar de “vendido” o de “traidor”, los mismos que –en similares circunstancias- asumirían orgullosos igual “cartelito”, por el placer de seguir siendo entrañablemente fieles a su equipo de ayer y de siempre.

Por Pastor Batista Valdés   Foto Michel Moro

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