bueno01Bueno, en las letras y en persona, además del apellido, este cubano de larga vida, pasó la mayor parte de su tiempo frente a una máquina de escribir llenando cuartillas para diarios y revistas, textos para imprentas y borradores de sus conferencias y clases magistrales.
Autor de más de mil artículos, crónicas y reseñas, Salvador Bueno mostró gran constancia en el periodismo cultural, como en la investigación, el ensayo y otras manifestaciones presentes en unos 80 libros y folletos, reunidos en su Bibliografía activa.

Escribió libros de textos, monografías de época, compilaciones y selecciones, de temas y personajes cubanos como de otros países, que consagran su prestigio y méritos literarios.

Profesor, investigador y crítico, lector apasionado desde su juventud, siempre vio el periodismo como expresión de su interés por la transmisión de ideas y conocimientos a un público más amplio.

“La investigación que se queda en una gaveta no rinde sus frutos, requiere trasmitirse a los posibles lectores…de ese modo he querido ser útil a mi colectividad, y el periodismo ha sido uno de mis instrumentos”. (1)

Más de una vez afirmó que en el núcleo de sus preocupaciones estaba la literatura de su país, tanto del presente como del pasado, y durante años escribió artículos y notas con el fin de informar a los lectores de la producción de los autores, principalmente en el campo de la novela y el cuento.

…desde Heredia hasta Martí, en el siglo pasado; desde Nicolás Guillén y Regino Pedroso hasta los jóvenes poetas y prosistas que escriben hoy desde la Revolución, señaló en una entrevista publicada en la Revista Revolución y Cultura (1979).
A finales de la década del 40 incursionó en el periodismo y con grandes esfuerzos y olfato se fue introduciendo, pero al principio las colaboraciones eran gratuitas.

Aunque amante de la natación y el tenis, que practicaba desde joven, sufrió una decepción, cuando el director de El Mundo, Pedro Cué, le sugirió que en lugar de redactar artículos culturales, literarios, se dedicara a componer crónicas deportivas; no era su perfil periodístico.

bueno02Poco tiempo después logró colaborar dos años en la sección Alerta Cultural, en Alerta, el periódico del mediodía, en función reporteril con artículos sin firma acerca de conferencias, exposiciones de arte y otras actividades culturales que podrían interesar a los lectores. Pronto agregó reseñas de libros y revistas.

En 1950 publicó una amplia entrevista periodística a José Antonio Fernández de Castro (1897-1951); que fue la última realizada a este cubano -de “sonrisa abierta, el ademán acogedor, el espíritu ágil, la mano cordial y amiga”- a quien en la despedida agradece “que haya permitido asomarnos a ese caudal de valiosísima aportación histórica que guarda”.

A principios de esa década logró colaborar, con bastante asiduidad, en la revista semanal Carteles, en la que hizo reportajes, entrevistas y artículos variados de temas culturales, a veces bajo seudónimo; redactó también una sección de Pequeñas biografías.

El 26 de abril de 1953 publicó en Carteles su entrevista al escritor Alejo Carpentier y el 21 de marzo de 1954 aparece también en esa revista un comentario sobre la tercera novela carpentiana Los Pasos Perdidos (1953), bajo el título De la gran ciudad a la selva venezolana.

Las dos anteriores fueron: Ecue-Yamba-O (1933) y El Reino de este Mundo (1949).

Desde entonces el joven periodista se embrida con los temas que trataron Fernández de Castro y Carpentier, prácticamente para el resto de su vida.

Durante los años 50 redactó la sección De Ibero América, media columna en el periódico Información, con breves comentarios de la actualidad iberoamericana, política, social, cultural –de su preferencia-, que lo puso en contacto con cables, periódicos y revistas, afinó el sentido de ser sintético al extremo y amplió su horizonte de temas.
De esos empeños es hijo el libro Aproximaciones a la Literatura hispanoamericana (1967, reeditado en 1984), con notas interesantes escritas de 1951 a 1959 y algunas posteriores.

EL LARGO CAMINO DEL DR. BUENO

Era casi un erudito y un trabajador incansable, pero no se piense que el camino careció de obstáculos y sacrificios.
Desde niño se aficionó a la lectura, y disfrutó sobre todo la juvenil durante los largos periodos de ausencia de clases, pues solo tenía 16 años a la caída de la dictadura de Gerardo Machado (1925-1933).

Completó sus estudios de Bachiller en Ciencias y Letras, iniciados e interrumpidos en 1930, en el Instituto de Segunda Enseñanza de la Víbora, mediante cursos emergentes, también alterados por huelgas estudiantiles durante la primera dictadura de Fulgencio Batista.

Las lecturas no estuvieron limitadas a las que recomendaban, ni con mucha precisión, los profesores: leía todo lo que caía en sus manos, sin límites de estilos, tendencias e ideologías, según sus propias palabras.

Hijo de un barbero que vivía de su trabajo, matriculó la carrera de derecho para complacerlo y al año la abandonó por la de Filosofía y Letras, la cual pudo terminar, en 1942, aunque solo defendió su tesis y se tituló cinco años después.
Consideraba una suerte las llamadas matrículas gratis, una conquista de las luchas estudiantiles, que se ofrecían a los aspirantes con necesidades económicas, como era su caso.

Al concluir la carrera impartió clases de español en una academia privada, para tener algún ingreso debido a las pocas posibilidades existentes de empleo; igual hizo siendo estudiante cuando zapateaba las calles de la actual Centro Habana, como cobrador de recibos de una peletería, de la que recibía una comisión.

Tuvo excelentes profesores en aquellos años, como Vicentina Antuña Tabío (1909-1992) y Rosario Novoa Luis (1905-2002), que aunque jóvenes, contribuyeron a iluminarle el camino.

Gracias a las enseñanzas del profesor Raimundo Lazo y Baryolo (1904- 1976), declaró años después, fue atraído al estudio de las letras hispanoamericanas y cubanas que tanto le interesaban.

Por sus estímulos, dedicó su tesis de grado a un tema cubano, Enrique Piñeyro y la crítica Literaria con la que se graduó de Doctor en Filosofía y Letras de la Universidad de la Habana (1947), y publicó como libro, en 1957.

En 1947 ganó la plaza de Gramática y Literatura, del Instituto de Segunda Enseñanza de Pinar del Río, materias que impartió varios años, hasta que pasó al Instituto de Segunda Enseñanza del Vedado.

Llegó a la cátedra universitaria desde abajo; en 1949 era profesor adscrito, a través de un concurso de oposición, a la cátedra de Historia de la Literatura Cubana e Hispanoamericana en la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de la Habana. (En junio de ese año se casó con Ada Roig, su novia de un lustro).

Después desempeñó la plaza de profesor de Literatura Cubana e Hispanoamericana (1951-1956), en la Escuela de Verano de la propia Universidad y, en los años 60, fue, por fin, catedrático.

El joven asiduo a bibliotecas, en sus años mozos, llegó a tener en su hogar al final de su vida más de siete mil volúmenes, y una rica pinacoteca de famosos pintores cubanos, la mayor parte amigos suyos.

PRINCIPALES OBRAS

Esa vocación de ser útil a su colectividad, se manifiesta bien temprano y quizás lo que más ha llegado al lector en general fueron sus libros de textos y las compilaciones y selecciones, presentadas con sabiduría.

Como consecutivas generaciones de cubanos durante años recibí la influencia literaria de este profesor y periodista, cuyos juicios acertados de personajes y obras transmitió a través de diversos medios, sentando cátedra de rigor y originalidad.
Cerca de mi mesa de trabajo conservo –dispuesto a la rápida consulta, como si fuera un diccionario-, el voluminoso libro Historia de la Literatura Cubana, que por su utilidad ha sido editado varias veces, obra dedicada a la memoria de su padre y al profesor Raimundo Lazo. (2)

Con su ensayo Medio siglo de literatura cubana (1902-1952) y Antología del cuento en Cuba (1902-1952), ambos publicados en 1953, comienza la divulgación de estos valores como hiciera en su momento José Antonio Fernández de Castro. (3)

Nada más que un hombre: José Antonio Fernández de Castro, tituló Bueno su artículo en la Revista Carteles (12 de agosto de 1951), del precursor del periodismo cultural en Cuba, fallecido en La Habana, el 30 de julio de 1951, a la edad de 54 años.
Bueno fue un estudioso y admirador de Fernández de Castro y siguió sus pasos; años después dice: ¡Qué espíritu acogedor el suyo, qué de entusiasmos y de ideas brotan a su conjuro!, en la introducción de un libro dedicado a su vida y obra, en la Colección Orbita. (4)

En 1954 Bueno publicó Las ideas literarias de Domingo del Monte, su primer importante trabajo sobre este personaje de la primera mitad del siglo XIX, quizás influido también por Fernández de Castro, quien dejó inclusa su gran investigación sobre el famoso animador de la cultura cubana, tras publicar varios trabajos.

Su obra crítica se revela en La Letra como testigo (1957), análisis de poetas y escritores cubanos y extranjeros, entre ellos Mariano Azuela, Pedro Henríquez Ureña, Rómulo Gallegos, Alejo Carpentier y José Martí. (5)

Luego publicó Los mejores ensayistas cubanos (1959) y Los mejores cuentos cubanos, en dos tomos, (1959-1960) para el primero y el Segundo Festival del Libro Cubano.

Bueno aprovechó cuanta oportunidad tuvo para publicar sus mejores escritos en forma de libros: Temas y personajes de la literatura cubana (1964); Figuras cubanas. Breves biografías de grandes cubanos del siglo XIX (1964).

De Merlin a Carpentier: nuevos temas y personajes de la literatura cubana (1977), es otro título del incansable Bueno, sin contar otras selecciones y prólogos de autores individuales.

A la memoria de Juan Marinello, “maestro, amigo, compañero”, dedicó La crítica literaria cubana del siglo XIX (1979), un valioso libro que en siete capítulos valida su conocimiento de la época y cultores, incluida La labor crítica de José Martí.

El negro en la novela hispanoamericana, título de su tesis al grado de Candidato a Doctor a Ciencias Literarias (Academia de Ciencias de Hungría, 1978), constituye el resultado de un amplio estudio, publicado posteriormente en Cuba. (6)

“La obra –dice en el prólogo- constituye el reflejo artístico de la vida, costumbres y conflictos de la población de origen africano de nuestro continente y de los fenómenos socioeconómicos que con los que está esencialmente vinculada y que la han afectado radicalmente, en primer término la esclavitud, y después la discriminación étnica en sus más variadas formas”.
Considero muy interesantes y valiosos para los que desean seguir la profesión de este clásico del periodismo literario: Costumbristas cubanos del siglo XIX (7) y Ensayos sobre cubanos (8).

Notas:
1)  Bueno Salvador. Cuba, crucero del mundo. Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 1991. Colección de 86 trabajos periodísticos, publicados en órganos de prensa nacionales sobre temas culturales, históricos y sociales.
2) Bueno Salvador. Historia de la literatura cubana. Adaptada al programa oficial delos institutos de segunda enseñanza de Cuba. (La Habana, Editorial Minerva, 1954 y por la misma editora, en 1959); otras ediciones, por la Imprenta Nacional de Cuba y el. Instituto Cubano del Libro, en las décadas del 60 y el 70.
3) Bueno Salvador. Medio siglo de literatura cubana (1902-1952). Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, La Habana, 1953. Antología del cuento en Cuba (1902-1952). Selección y prólogo. Dirección de Cultura del Ministerio de Educación. Ediciones del Centenario, La Habana, 1953.
4) Órbita de José Antonio Fernández de Castro. Eds. Unión, La Habana, 1966, con introducción y selección de Salvador Bueno.
5) Bueno Salvador. La Letra como testigo. Universidad Central de Las Villa, Santa Clara, 1957.
6) Bueno Salvador. El negro en la novela hispanoamericana. Colección Giraldilla, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1986.
7) Bueno Salvador. Costumbristas cubanos del siglo XIX. Selección de Salvador Bueno, prólogo, cronología y bibliografía. Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1985.
8) Bueno Salvador. Ensayos sobre cubanos, Ediciones Unión, La Habana, 1990 y 1994.

*La autora es historiadora y periodista.

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