El viejo reloj en la pared daba las seis y cincuenta de la tarde cuando decidí husmear un poco en la propuesta televisiva cubana. Me encontraba ahí, justo frente al telerreceptor, observando un programa juvenil referido a cómo se habla el Español en la Isla.
La típica fórmula de estas producciones: siempre existe una persona que se dedica a abordar a determinados transeúntes que caminan por las calles.

Llamó mi atención que una buena parte de los entrevistados reconocía cuán despiadados podemos ser en relación con nuestro idioma. Y por si fuera poco, ofrecían ejemplos muy ilustrativos de cómo mutilar nuestra lengua materna.

Llegó el momento en que cierto adolescente hizo “gala del verbo” frente a la interrogación de si los cubanos hablamos correctamente. “¡En talla, somo excelente en eso!”, expresó muy convencido.

A la verdad, no sé si emitir este pequeño diálogo en la pantalla fue un recurso para que no quedasen dudas del serio problema en cuestión. Mas, lo ensordecedor fue la fluidez y seguridad que el chico imprimió a su frase.

Me argüirán que estoy haciendo de un pequeño enunciado, un caos. Pero la realidad enseña que –tanto niños, adolescentes, como jóvenes y adultos- muchas veces no respetan el arte de persuadir a través de la palabra idónea.

La lengua española la escribimos y hablamos día tras día. A lo mejor, este contexto que presenciamos actualmente es también resultado del devenir del tiempo y de la sociedad cubana. A esto, hay que sumarle la evolución de las tecnologías de la información y las comunicaciones que dictan indiscutiblemente otras normas y nuevos códigos ante lo establecido en la gramática. Adoptamos vocablos de lenguas foráneas, hacemos aportes, otorgamos nuevos significados.

Las imágenes, incluso en movimiento, sustituyen al texto escrito hoy día. La cultura contemporánea es visual. El léxico poco a poco se ha ido reduciendo. No obstante, nada justifica empañar la belleza de un discurso oral bien articulado.

Para hacernos entender, necesitamos expresarnos educadamente. Las relaciones humanas así lo exigen. Nuestra lengua es vasta en recursos. El buen hablante es quien emplea el término exacto en el momento justo y conoce cómo comunicarse adecuadamente de acuerdo con las circunstancias en las que se encuentre.

Fuente: Carlos Marcos Calzadilla – Mayabeque

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