El ataque al Hotel Nacional de Cuba

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Vista aérea del Hotel Nacional captada dos meses antes del ataque. (Foto: D.M.)

  El 12 de diciembre de 1930 abrió sus puertas el Hotel Nacional de Cuba. Desde entonces es conocido en el mundo por su majestuosa edificación que domina la entrada de la bahía de La Habana, por los célebres personajes políticos y artísticos que ha hospedado y por la celebración en sus instalaciones de magnos eventos internacionales. También, por su extraordinaria  historia de la cual extraemos este episodio que en su momento ocupó los principales titulares y fotografías en la prensa mundial.

Sucedió tres años después de su inauguración, el 2 de octubre de 1933. El Hotel Nacional fue atacado por 4,000 soldados armados con Springfields, ametralladoras, tanques, cañones y el apoyo naval del buque escuela “Patria” y el crucero “Cuba”. El hotel, devenido  en fuerte, lo defendieron unos 400 oficiales que habían sido depuestos de sus mandos y sólo tenían sus armas personales reglamentarias y el ridículo armamento de 8 ametralladoras, 37 Springfields  con 50 tiros cada uno y 16 escopetas que introdujeron sigilosamente horas antes del asalto. El combate duró 11 horas y los sitiados solo izaron la bandera blanca cuando se les acabó el parque.Tal como muestran las fotos, el edificio quedó acribillado en sus cuatro costados y decenas de muertos y heridos cubrieron de sangre sus salones y jardines.

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Los soldados con ametralladoras y fusiles atacando el hotel. (Foto: Amador Vales)

 ¿Cuál fue la causa de este dramático episodio de nuestra historia?

A principios del año 1933, continuaba la heroica lucha de los estudiantes, las huelgas de los trabajadores y el repudio popular contra la sangrienta dictadura de Gerardo Machado, mientras que el embajador norteamericano Sumner Welles trataba de mediar entre el gobierno y los pocos grupos armados que había logrado convencer para el diálogo: el ABC, de ideas fascistas, y los viejos líderes Mario García Menocal, Miguel Mariano Gómez y Carlos Mendieta con sus partidos opositores tradicionales. A los participantes del diálogo se les llamó popularmente  los “mediacionistas”.

El 12 de agosto de ese año, una huelga popular paralizó el país y obligó al tirano a huir precipitadamente al extranjero, ante la indiferencia de las fuerzas armadas que habían sido su principal sostén hasta ese día.

EL suceso creó un terrible caos social y político. Las turbas ajusticiaron a los esbirros en plena calle, saquearon las residencias y propiedades de los amigos del tirano y ni el propio Palacio Presidencial escapó a estos excesos. No hubo ninguna figura capaz de frenar esa situación, ni que pudiera armonizar los puntos de vista de los distintos movimientos rebeldes.

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Varios de los oficiales yacen en los jardines del hotel asesinados después de haber entregado sus armas y rendirse a quienes, hacía poco, fueron sus subalternos (Foto: Internacional News)

El General Alberto Herrera, jefe del Estado Mayor, apoyado por el embajador Welles,asumió el gobierno pero solo por unas horas porque fue impugnado por todos los sectores revolucionarios. El ABCse adelantó y propuso entonces como presidente provisional a Carlos Manuel de Céspedes, hijo del Padre de la Patria, lo cual fue bien visto por el embajador yanqui y los partidos oposicionistas. No por los movimientos estudiantes, ni obreros.

El Presidente provisional nombró a su gabinete integrado por los mediacionistas y tomó algunas medidas de orden y de gobierno, destituyó a los oficiales comprometidos con la dictadura, acató dócilmente los consejos del Embajador norteamericano, trató de sortear los exigencias de las organizaciones revolucionarias que habían luchado a sangre y fuego contra la dictadura y fue cauteloso con el ejército, porque era el mismo que días antes se cuadraba ante el tirano. Céspedes decidió nombrar al coronel Horacio Ferrer para la Secretaría de la Guerra y Marina y al también coronel Julio Sanguily Echarte en el cargo de Jefe del Estado Mayor del Ejército. Ambos se habían rebelado contra Machado estando en funciones  importantes del Ejército y ambos habían ganado sus grados peleando en la guerra de Independencia.

A medida que pasaron los días, la situación del presidente Céspedes se tornó muy difícil por su evidente incapacidad para gobernar, su subordinación a Welles y la anarquía imperante. Aprovechando aquellos momentos de inconformidades y peticiones, los sargentos, clases y soldados también pidieron mejoras salariales y sociales en una reunión autorizada por el mando que se efectuó en Columbia el 4 de septiembre. Asistieron unos  4,000 uniformados y después de acalorados debates acabó con un golpe militar en el que un sargento llamado Fulgencio Batista y Záldivar se proclamó jefe y ordenó a los sargentos de primera a ocupar los cuarteles y subordinar a los oficiales.

El Directorio Estudiantil Revolucionario se sumó a la revuelta de los sargentos y le confirió un carácter civil a la acción miliar. El propio día 4, militares y civiles constituyeron la Agrupación Revolucionaria de Cuba y dieron a conocer una proclama al pueblo de Cuba explicando las razones por las que tomaban las riendas del poder. El Directorio Estudiantil Universitario propuso,y de hecho se estableció, un nuevo gobierno formado por cinco miembros para impedir el caudillismo. Fueron elegidos para ocupar este gobierno colegiado el Dr. Ramón Grau San Martín y el Dr. Guillermo Portela, profesores ambos de la Universidad de La Habana; Sergio Carbó, periodista y director de La Semana; el Dr. José M. Irisarri, abogado y economista, y Porfirio Franca, banquero. El pueblo bautizó este original modo de gobierno como la “Pentarquía” y a sus miembros los “pentarcas”. Fue ratificado el sargento Fulgencio Batista como Jefe del Ejército. Lo novedoso de La Pentarquía fue no sólo que gobernaban cinco miembros con la misma autoridad, sino que por primera vez no participaron los viejos partidos políticos, ni tuvo conocimiento, ni participación, la diplomacia de los Estados Unidos.

Constituida la Pentarquía se procedió a la destitución de Carlos Manuel de Céspedes como presidente, de Horacio Ferrer de la Secretaría de Guerra y Marina, de Julio Sanguily de la jefatura del Ejército y a todos los jefes y oficiales del Ejército y la Marina de sus mandos.

El embajador Sumner Wells quien residía en el Hotel Nacional, se irritó cuando tuvo noticias del golpe militar de Batista y de la constitución del nuevo gobierno Pentarca realizados a sus espaldas. Lo más terrible era perder a un presidente que le agradecía sus consejos y enfrentarse a los revolucionarios que lo habían ignorado, algunos de ellos de marcada tendencia izquierdista. El sargento Batista, pensando en ello, fue habilidoso y el día 5 visitó a Welles en la Embajada, se dio a conocer y le ofreció sus respetos.

También vivía en el hotel, el depuesto jefe del Ejército Julio Sanguily y su familia.  Cuando los oficiales recibieron la comunicación de los Pentarcas y de Batista de que habían sido relevados de sus cargos y mandos y tenían que subordinarse a los sargentos, no lo podían creer y acudieron al Hotel Nacional a recibir órdenes y orientaciones de Sanguily y de Ferrer quien también se encontraba allí. Eran los únicos jefes que reconocían y querían recobrar sus mandos y sus privilegios confiando en la autoridad y prestigio de sus jefes, el apoyo ofrecido por el ABC y los viejos políticos mambises  y sobre todo en la astucia y el poderío diplomático del Embajador norteamericano.

El 9 de septiembre, la Pentarquía sufría un colapso. El día anterior Carbó, encargado de la  secretaría de Gobernación y la de Guerra y Marina, había ascendido a Batista al grado de coronel sin consultar, ni ser aprobado por el resto de los pentarcas como se había establecido. Por otro lado, Irrisari y Portela proponían la renuncia de todos y traspasar el poder a los jefes de los partidos políticos tradicionales. Estas y otras cuestiones planteadas acentuaron la división de los pentarcas y motivó que de nuevo la Agrupación Revolucionaria de Cuba retomara las riendas del poder y declarara disuelta la Pentarquía, designando al Dr.Ramón Grau San Martin como presidente de la República.

Una de los graves problemas que el nuevo Presidente enfrentaba, eran las demandas de los jefes y oficiales del Ejército y la Marina acantonados en el Nacional los cuales se negaban a abandonar el lujoso edificio si no eran restituidos en sus mandos. Grau trató de negociar pero ante la intransigencia de los sublevados ordenó a Batista sitiar el hotel. A las pocas horas los soldados rodeaban el lugar, situaban ametralladoras y cañones apuntando al hotel y no permitían la entrada ni salida del mismo.

La medida era tan alarmante que los empleados se atemorizaron y abandonaron el hotel, seguidos por los huéspedes y el Embajador norteamericano quienes quedaron sin atención.Solo quedaron  los jefes y oficiales y el administrador del hotel con dos fieles empleados. Afuera, los soldados engrasaban las armas y aparecía un nuevo y pequeño ejército de periodistas y reporteros gráficos con sus grandes cámaras esperando el desarrollo de los acontecimientos…

En aquellos días cualquiera que mirara al mar podía observar a simple vista los barcos de guerra norteamericanos que había solicitado el embajador Wells para que actuaran si era necesario. Y hablando del embajador, una vez depuesto Céspedes y los oficiales acorralados en el hotel, la balanza del diplomático se fue inclinando del lado de aquel sargento convertid en coronel, quien evidentemente había consolidado las fuerzas armadas, tenía el poder real de la nación y desde el primer momento se acercó a él para brindarle protección a los  intereses norteamericanos en la isla.

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Estado en que quedó la entrada del Hotel Nacional después de la batalla. (Foto: Amador Vales)

El sitio del hotel nacional se prolongaba y los oficiales, sin agua, ni electricidad, comenzaron a sentir la falta de provisiones. El día 1 de octubre un camión del ABC logró romper el cerco del Ejército y pudo entregar a los sitiados alimentos y 8 ametralladoras, 16 escopetas y 37 fusiles. Muy a tiempo porque ese día Grau dio la orden de desalojar a los oficiales del hotel Nacional con las fuerzas y medios que fueran necesarios. 

En la madrugada del día 2 el coronel Fulgencio Batista, jefe del Ejército, instaló su puesto de mando en el garaje Alfaro situado en la esquina de M y Calzada  a unas cinco cuadras del hotel Nacional. A las 5 a.m. llegaron las tropas de Columbia y la infantería de la marina a las cuales se unieron  jóvenes armados del DEU y Pro Ley y Justicia, ocupando posiciones en los alrededores del hotel. A las 5:45 comenzó el tiroteo. Los defensores organizaron las defensas en cada piso y en las torres de la azotea. A las 10 de la mañana había 20 soldados muertos y un centenar de heridos, quedando neutralizados los nidos de ametralladoras que estaban a menos de 500 metros del hotel.  Los oficiales solo tuvieron dos heridos. Gracias a sus conocimientos y su puntería – muchos eran expertos tiradores – pudieron detener el primer  ataque, mientras que Batista tuvo que retirar sus tropas a lugares más seguros y emplazar os cañones de 37 y 75 milímetros en 21 y L, en la azotea del Edificio de Física de la Universidad de La Habana  y en el Parque de Maceo. Algunos de los proyectiles disparados por estos cañones pasaron sobre el hotel y cayeron en el mar y en el hotel Manhattan que estaba situado en Belascoaín y San Lázaro.

A medida que pasaban las horas la situación de los oficiales se agravaba, no les quedaban municiones  y la cacareada ayuda ofrecida por el ABC y los partidarios de Menocal, Miguel Mariano o Mendieta no llegaba,  ni tampoco veían al  Embajador Welles y el cuerpo diplomático acreditado en La Habana quienes, según la radio, estaban prestos a pacificar y lograr el fin de aquella contienda.

A la 1 de la tarde hubo una tregua y una ambulancia de la cruz roja llevó a los jefes Horacio Ferrer y Julio Sanguily una nota del coronel Batista. Decía el papel:

 “Hemos declarado una tregua hasta el regreso del señor Victor G. Mendoza, representante de la Cruz Roja, cuyo tiempo será de una hora a lo sumo, a fin de que dicho señor haga las gestiones de su humanitario cargo y proponga las siguientes bases para terminar la guerra declarada por los habitantes del hotel Nacional.

“Primero, deponer la actitud bélica inmediatamente,  salir de 5 en 5, a intervalos de 10 minutos completamente desarmados, en calidad de detenidos.

“Segundo, que por esta parte se respetará la vida y se les darán toda clase de garantías para terminar situación tan enojosa en nombre de la república.

“A las 11.30 a.m. del día 2 de octubre de 1933, en el campamento de operaciones, en la ciudad de La Habana, del estado mayor de ejército.(Firmado) Fulgencio Batista, Jefe del ejército nacional”

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De izquierda a derecha, el Coronel Julio Sanguily defensor del Hotel; el coronel Fulgencio Batista jefe de las fuerzas atacantes; el Dr. Ramón Grau San Martín, presidente de la República que ordenó el asalto, y el Embajador de los Estados Unidos Sumner Welles, el mediador.

No hubo rendición y el fuego se reanudó a las tres de la tarde. Dos horas y media después, la oficialidad, ya sin balas, izó la bandera blanca.  Inmediatamente los soldados al mando del recién ascendido a teniente Belisario Hernández entraron al lobby en tropel. Allí estaban esperándolos los jefes Ferrer y Sanguily. La serenidad y firmeza de los rendidos impresionó a la soldadesca. Belisario Hernández, que sirvió a las órdenes de Sanguily en el cuerpo de aviación, previendo que cualquier exaltado pudiera atacarlos, impuso su autoridad y los sacó del edificio custodiados con personal de su confianza y los llevaron en un automóvil a la Cabaña.

La decisión del teniente Belisario fue muy oportuna pues minutos después, mientras los oficiales desarmados y fuertemente custodiados formaban una fila desde la puerta del hotel hasta la calle 21 y O para subir a los camiones que los llevarían a las prisiones militares, fueron tiroteados, matando a 10 de ellos e hiriendo a otros 20.(Durante la batalla los sitiados sólo habían tenido cuatro heridos graves y ocho leves). Algún tiempo después los jefes y oficiales serían puestos en libertad.

El hotel recibió cientos de miles de impactos de balas de pequeño calibre hasta cañonazos de 75 mm, varios pisos fueron destruidos antes de ser saqueado. Así terminó la desigual batalla del Hotel Nacional de Cuba.Una institución que la UNESCO ha declarado Patrimonio de la Humanidad y Cuba Monumento Nacional.

Fuentes:

Kuchilan, Mario. Fabulario, retrato de una época. Instituto del Libro, La Habana. 1970

Almanaque de El Mundo 1933. Cía. Editora de Almanaque El Mundo, La Habana. 1934.

Revista Carteles: El Asalto al Hotel Nacional,  8 de Octubre de 1933

Revista Bohemia  de los días 8 y 15 de octubre de 1933

Ferrer Díaz, Horacio. Con el Rifle al hombre. Editorial Ciencias Sociales. La Habana 2002

Agradecimientos:

A la Lic. Idania Rodríguez por su ayuda.