El 107 aniversario del natalicio de Salvador Allende, conmemorado el 26 de junio del 2015, debe ser la ocasión para recordar merecidamente al líder político más trascendente y paradigmático de Chile en el siglo XX. En este año también se cumplirá el 42 aniversario de su muerte heroica en combate, victima del artero golpe de estado del 11 de septiembre de 1973.

El flujo y reflujo de los acontecimientos históricos en Chile y en el mundo en los que, las circunstancias y las influencias de los factores internos y externos, jugaron su papel nefasto para impedir el desarrollo de la primera experiencia, por cierto sui generis, del arribo al poder y la esperanza de construcción del socialismo por la vía pacífica y tradicional del juego político de la democracia representativa. Debieron transcurrir muchos años para que, a principios del siglo XXI, triunfaran procesos revolucionarios y socialistas por la misma vía y con los mismos mecanismos entronizados por la democracia burguesa. Ocurrió así un cambio de época.

Después de una larga pesadilla bajo la dictadura genocida de Pinochet, el pueblo de Chile ha podido reivindicar a Salvador Allende. Sin embargo, aún nos quedan una tristeza y una rabia tremendas, que nos hace exclamar, tal como dijera un grande de América, “¡Ah!, si se pudiera borrar la historia, si se pudiera sin ser injusto hacer de manera que los recuerdos de un pasado amarguísimo no estuvieran siempre latentes en el corazón y en la mente del pueblo”. Y es que a pesar de todo lo alcanzado después del derrumbe, que no de su desmantelamiento pleno, de la era Pinochet, aun nos quedan las ansias de justicia y de verdades políticas.

Son muchas las verdades que tienen que ser rescatadas en nuestra América y proclamadas como patrimonio común. También cada pueblo tiene aquellas propias de su acerbo nacional. En este sentido, Allende legó a Chile, en ese breve, sereno y profético mensaje antes de morir, unas ideas que deben quedar como una huella indeleble en las conciencias y en el espíritu de sus ciudadanos.

Son conocidas. Deben haberse escuchado tal vez muchas veces en su propia voz. Seria hermoso y justo, que al paso de los siglos futuros, sean imperecederas esas ideas en la realidad política de Chile.

Primero que todo resalta el destinatario del mensaje, es decir, los trabajadores y el pueblo de Chile. En segundo lugar, su convicción firme, en medio de la vorágine y la tempestad que desataba la traición, de la fe y la confianza en los destinos futuros de Chile. En tercer lugar, el vaticinio revolucionario basado en la firme creencia y convicción de que la resistencia del pueblo vencería a la larga aquel “momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse”. En cuarto lugar, vislumbraba en su mensaje, la época nueva en que, una vez derrotada la reacción, “se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Era la predicción de Allende sobre el triunfo posible de su causa en el futuro, y la conversión de sus sueños en una realidad. En quinto lugar, reafirmó sus ansias de vivas para Chile, el pueblo y los trabajadores como eternos protagonistas de su historia. Finalmente, en sexto lugar, expresó su certeza de que su sacrificio no sería en vano, y que el futuro castigaría al menos moralmente la felonía, la cobardía y la traición de aquellos que pretendían entronizar la política de odio y crimen.

En pocos momentos de la historia, un hombre, enfrentado a un destino adverso y en urgente agonía, ha reflejado con tanta clarividencia el sentido mayor de su vida dispuesta a la inmolación por el presente y futuro de su país.

Allende dejó un legado de trascendencia histórica para su país y el mundo. Esta significación especial se sustenta en varias razones como las siguientes: demostró el valor sublime de un político auténtico y su gran amor por la causa de su pueblo, frente a la fuerza bruta de los traidores; puso de manifiesto la consecuencia existente entre su juramento y declaraciones publicas al pueblo durante su mandato y su decisión de morir dignamente por hacerlos verdaderos; hizo patente que en un revolucionario socialista auténtico hay más dignidad y honor que en todos los fascistas y traidores juntos, defensores a ultranza de la democracia burguesa; demostró que los sueños e ideales de los revolucionarios verdaderos, constituyen, a la luz del futuro, el alma y el aliento de la vida de los pueblos.

Todo esto encierra la vida, la obra fecunda y la muerte heroica de Salvador Allende. Un salvador del pueblo cuya vida fue tronchada prematuramente por una conspiración reaccionaria y llevada a cabo por fascistas chilenos e imperialistas norteamericanos. La historia en su decurso reivindicador ha salvado a Allende de su derrota y sacrificio en aquel nefasto día del golpe de estado. Hoy Allende es un paradigma como revolucionario visionario y consecuente. Sus asesinos han desaparecido o desaparecerán, sepultados en su propio estercolero e infamia, con la mácula del repudio del pueblo chileno y del resto del mundo.

La historia, rica de las proezas de los mejores hombres en su lucha del bien contra el mal, ha dado tempranamente su fallo perdurable, ha salvado a Salvador Allende y le ha colocado triunfante justamente frente a la Moneda y de pie en las grandes alamedas por donde marchan y marcharán en forma cada vez más multitudinaria los hombres libres de hoy y del mañana.

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