A 120 años del Manifiesto de Montecristi

El fracaso del Plan Fernandina —12 de enero de 1895— a causa de una delación, en vez de derrumbar los planes conspirativos, paradójicamente, sirvió de estímulo a los patriotas, que conocieron, asombrados, la inmensa labor realizada por Martí. Los enemigos de la revolución no entendían cómo se habían obtenido tales recursos en las mismas narices del espionaje español y norteamericano, y se percataron, demasiado tarde, de que la labor del Partido Revolucionario Cubano (PRC) y de su Delegado, José Martí, iba muy en serio.

No obstante, se había perdido el factor sorpresa y, aunque las armas y los pertrechos confiscados llegarían a Cuba en varias expediciones entre 1895 y 1898, en ese preciso instante, Martí se vio sin fondos y urgido de dar inicio a la guerra.

El 29 de enero envió Martí a Cuba la Orden de Alzamiento —firmada, además, por José Mayía Rodríguez Rodríguez, en representación de Gómez, y Enrique Collazo Tejada, por los complotados en Cuba—, en la cual se indicaba dar inicio a la contienda de forma simultánea y fijar el estallido revolucionario para la segunda quincena de febrero. La orden llegó a manos de Juan Gualberto Gómez Ferrer, quien, junto con los principales conspiradores, determinó que la fecha para el alzamiento sería el 24 de febrero.

Mientras tanto, Martí debería partir hacia Santo Domingo a reunirse con Máximo Gómez y, juntos, marchar hacia la manigua insurrecta. Sin embargo, para ello, tendría que enfrentar de nuevo el espionaje español, alertado ahora por lo apenas vislumbrado con el fracaso del Plan Fernandina.

Así pues, el 30 de enero de 1895, salió de Nueva York en el vapor inglés Athos, con rumbo a Port-au-Prince y con escala en la isla Fortuna, acompañado por Mayía Rodríguez, Enrique Collazo y Manuel Mantilla. Llegaron a Cabo Haitiano el 5 de febrero y, al día siguiente, salieron hacia Montecristi, donde, impaciente, los esperaba el Generalísimo.

Durante todo el mes de febrero realizaron disímiles gestiones para recaudar fondos y viajar a Cuba. Por esos días, a su labor para conseguir en qué llegar a Cuba, se unía la necesidad de enviar recursos a Antonio Maceo, quien junto a Flor Crombet, José Maceo y otros expedicionarios esperaba en Costa Rica para marchar a la guerra necesaria.

Como escribiría más adelante —el 26 de febrero— al general Antonio Maceo, desde Montecristi: “El ejército está allá. La dirección puede ir en una uña”.1

Y así, “en una uña”, emprendieron también Martí, Gómez y sus compañeros de expedición el viaje rumbo a la manigua; pero antes, el 25 de marzo, en la humilde vivienda que el dominicano tenía en Montecristi, ambos líderes firmaron el trascendental documento, que la historia recoge como Manifiesto de Montecristi, que anuncia al mundo el carácter generoso y justo de la guerra necesaria e inevitable que ya había estallado.

El Manifiesto… declara en primer término que la Guerra de Independencia era continuidad de la iniciada en Yara en 1868: “La revolución de independencia, iniciada en Yara después de preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo periodo de guerra” y constituye “la demostración solemne de la voluntad de un país harto probado en la guerra anterior” de conquistar la independencia patria.*

Como guerra justa, es “[…] el producto disciplinado de la resolución de hombres enteros que en el reposo de la experiencia se han decidido a encarar otra vez los peligros que  conocen” en aras de “la conquista de la libertad”.*

Como guerra generosa, precisa el Maestro, “no es contra el español, que, en el seguro de sus hijos y en el acatamiento a la patria que se ganen podrá gozar respetado, y aun amado, de la libertad que solo arrollará a los que le salgan, imprevisores, al camino”. Y más adelante expresa: “Los cubanos empezamos la guerra, y los cubanos y los españoles la terminaremos. No nos maltraten, y no se les maltratará. Respeten, y se les respetará. Al acero responda el acero, y la amistad a la amistad” *

De igual modo, la Revolución se declara ajena a toda manifestación de racismo: “Cubanos hay ya en Cuba de uno y otro color, olvidados para siempre—con la guerra emancipadora y el trabajo donde unidos se gradúan—del odio en que los pudo dividir la esclavitud […] Solo los que odian al negro ven en el negro odio”.*

El Apóstol estaba consciente de la trascendencia para América y para la humanidad toda de la guerra que levanta en Cuba: “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo. Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”.*

Y no olvida nuestro Héroe Nacional, poner la guerra que levanta bajo la advocación de los fundadores “[…] al proclamar desde el umbral de la tierra veneranda el espíritu y doctrinas que produjeron y alientan la guerra entera y humanitaria en que se une aún más el pueblo de Cuba, invencible e indivisible, séanos licito invocar, como guía y ayuda de nuestro pueblo, a los magnánimos fundadores, cuya labor renueva el país agradecido”.*

El Manifiesto de Montecristi constituye, de hecho, el programa de la revolución preparada por Martí. Sus ideas esenciales se reiteran una y otra vez en los artículos publicados en Patria, en numerosas cartas y en las circulares también firmadas por ambos ya en la manigua irredenta.

Es un documento hecho para sumar, para unir, a los pinos nuevos con los veteranos de las anteriores contiendas, a negros y blancos, a españoles y criollos, a los cubanos todos…

La unidad fue entonces la tarea que llevó a Martí años de preparación y trabajos, y el motor que impulsó la revolución. La unidad es nuestra fuerza y nuestro sostén. Seamos fieles a ese precepto martiano y nuestro pueblo no será nunca derrotado.

Notas

* Todas las citas han sido tomadas de José Martí: Manifiesto de Montecristi, en Obras completas, tomo 4, Centro de Estudios Martianos, Colección digital, La Habana, 2007, pp. 92-101.

1 __________: Carta al general Antonio Maceo, Montecristi, 26 de febrero de 1895, en Ibídem, p. 69.