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Jueves, 17 de Abril de 2008


Lo vulgar no cree en Quijotes y de la pronunciación y la escritura

Jesús Mena Aragón

El Ingenioso hidalgo estuvo a punto de caer de Rocinante cuando un muchacho le salió al paso para decirle: Puro, ¿qué hora tú tienes? Repuesto de su asombro, comentó después con su escudero: ¡Son cosas veredes, Sancho!

Efectivamente, el castellano utilizado por no pocos cubanos dejaría sin aliento al mismísimo Manco de Lepanto. Salpicado en ocasiones de las palabras más soeces, de esas que hieren hasta el oído de un sordo, o de las más almibaradas e innecesarias muestras de afecto, nuestro idioma se emplea arbitrariamente, sin reparar en el interlocutor y a contrapelo de quienes las rechazan.

¿Qué decir de quienes no distinguen entre un tú y un usted, de quienes se expresan, públicamente, con las más insólitas groserías? Exhibir su ignorancia supina es uno de los dislates que algunos más disfrutan.

A esas personas les son extraños los programas educativos de la televisión cubana, como ajenas les resultan las Ferias del Libro y el esfuerzo de la Revolución porque todos seamos más cultos e instruidos.

¡Y a ellos qué!

Acude usted a una entidad, solicita ver a un funcionario, y le responden: "Espérate un momentico, mi vida"; "Mi chiquitico él salió para una reunión; "Mi amor, él ahora no puede atenderte, está ocupado…", "Mayor, vuelva después, él ahora está reunido".

Nuestro árbol genealógico está presente en ciertas formas de expresión: "¿Qué tú quieres, mi tía"; "Abuelo, ¿tú eres el último?". La incorporación de nuevas formas de propiedad aportan también lo suyo: "Mi socio, cuídame un momento la bicicleta"; "Mi socio, ¿dónde compraste eso?". Mi socio para aquí y mi socio para allá, como si los interlocutores tuvieran intereses en un negocio común.

Rotos los cauces del respeto vale todo, según piensan algunos.

Una amiga me confiesa que estuvo a punto de comprar unas sandalias confeccionadas por artesanos, pero desistió de adquirirlas cuando el vendedor le manifestó: “¡Ésas son tu número, abuela!".

Nada tengo contra los jóvenes, todos lo fuimos. Pero reparemos en esta anécdota.

"Mi socio, ¿qué hora tú tienes?". La pregunta, lanzada a boca de jarro y con el mayor desenfado por un niño de unos diez años a una persona adulta, dejó al interpelado molesto por lo que consideró una evidente falta de educación de quien, por su edad, podría ser su nieto.

"Son las cuatro de la tarde", respondió el profesor de preuniversitario al muchacho, sin esperar un gesto de agradecimiento. No estaba equivocado. Recibida la respuesta, el chiquillo se alejó sin dar las gracias y corrió a reunirse con otros que, como él, jugaban en la calle.

Durante el trayecto hacia su casa caviló sobre el suceso. Ese niño, más pequeño que sus hijos, lo había ofendido. Y lo peor, sin darse cuenta. Eso era lo más grave. Que a esa edad no le hubieran enseñado las normas de cortesía, de urbanidad, que con tanto celo enseñaban en el hogar a los muchachos de su generación.

En sus reflexiones evocó con agrado el repertorio de buenas costumbres impartidas antiguamente en el seno del hogar. Impuestas al principio, estas formas de conducirse, una vez aprendidas, pasaban al torrente sanguíneo y se trasmitían de generación en generación, de manera natural, casi instintivamente.

"A las personas mayores se les respeta"; "cuando alguien nos hace un favor se dice gracias"; "para hablar no hay que gritar"; "a la calle no se sale sin camisa"; "cuando los adultos hablan no se les interrumpe"; "¡prepárese si alguien me da una queja de usted!"; "es mejor ser pobre que delincuente!"; "a las personas mayores se les trata de Usted, jamás de tú"; "¡siéntese correctamente a la mesa!"; "el trabajo no mata; lo que mata es la vagancia"; "la cama es para dormir, no para sentarse"; "¡cuidadito con oírle decir malas palabras!".

¡Malas palabras! Al parecer nos están ganado la batalla, se dijo con tristeza. Su uso avasallador, constante, pernicioso, en boca de niños, adolescentes y adultos le resultaba demasiado escandaloso, denigrante, como para que no nos percatemos de cuánto hemos retrocedido en ese aspecto.

Familia, escuela, y la sociedad toda no pueden estar ajenas a este fenómeno.

En un mensaje a los educadores que participaron en el XII Congreso Mundial de Educación Comparada, realizado en La Habana, el Comandante en Jefe Fidel Castro, expresó: "Educar es transformar el animalito en hombre. Si no llegamos a ser seres humanos en el más cabal sentido de la palabra, nuestra especie no podrá sobrevivir".

Sirva este trabajo para recordar  otro aniversario  de la entrega del Premio Miguel de Cervantes y Saavedra, considerado el más importante de habla hispana, a Alejo Carpentier. Nuestro compatriota también hubiese palidecido al escuchar cualquiera de las frases que empleamos en el español de nuestros días.

(Fuente: 5 de Septiembre)

DE LA PRONUNCIACIÓN Y LA ESCRITURA

¿Qué te parece si seguimos con los ciclones? ¿Sí?, pues andando se quita el frío:

Al pronunciar: Las pérdidas oscilan, ha de tenerse en cuenta que se escribe con sc, no con «cs». Nada de «occilan». Por supuesto, no es decir: «adoles-cencia», ni: «os-cila», ¡no!; se pronuncia como si se escribiera «osila». Fíjate, siempre dices: adolesencia, aunque escribes: adolescencia. A nadie se le ocurre pronunciar: «adoleccencia», y en ese vocablo aparece la misma combinación sc.

A las personas se les brindan los recursos. No digamos: «Las personas se le brindan los recursos».

Oí: «Una vista del eccenario de la desvastación de el ciclón». Y más tarde: «El Intituto de Meteorología».

En la primera, había un «eccenario», que partía el alma, y una «desvastación» de miedo. Como si eso hubiera sido poco, no respetaron la contracción del. En español, solo existen dos contracciones: al y del. No son opcionales. Nadie está autorizado a escribir ni a decir: «A el lugar más cercano», sino Al lugar más cercano. Tampoco: «De el mismo autor»; sino: Del mismo autor.

Escenario presenta el mismo problema que oscilan. Ya hablé del asunto; no hay por qué abundar en eso. Lo que me parece penoso, es que se oiga tanto el dislate precisamente entre gentes de escenas y escenarios.

Devastar es arrasar. Es eso lo que hacen los vientos, las lluvias, devastan. Desbastar significa quitar las partes bastas. Las tormentas no van escogiendo qué destruir, porque no les parece bien, y qué dejar.

En la segunda me sorprendió algo: No había error en meteorología, que es voz de difícil pronunciación, sin embargo, en instituto, se comieron la s, imperdonablemente. Así es que: Una vista del escenario de la devastación del ciclón y El Instituto de Meteorología, no: «... la desbastación del ciclón», ni: «El Intituto...».

¿Qué se ha hecho en esta zona? Muy bien. Si decimos: ¿Qué «es lo que» se ha hecho en esta zona?, estaremos cometiendo un disparate. Ese que imita la construcción francesa, por eso lo llaman: galicado. En nuestro idioma se dice: ¿Qué se ha hecho...?

Tras las ráfagas y los aguaceros, tras las inundaciones, a unos les toca palear los escombros (limpiar con la pala); a otros, paliar (aliviar un sufrimiento, atenuar una pena) las carencias de los damnificados. No es bueno confundir ambos vocablos.

La respuesta de hoy

La palabra cunyaya, que encontró Amarleidys Santos Diéguez, en un libro de lectura de Enseñanza Primaria, es un cubanismo; quiere decir palanca rústica para exprimir frutas. Después se le dio el nombre de trapiche.

(Fuente: Celima Bernal-Juventud Rebelde)
 

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