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América Latina
Ricardo Soca
América Latina es una
denominación histórica y geográficamente imprecisa, que los
españoles suelen rechazar, pues dan preferencia a Hispanoamérica (el
conjunto de los países que surgieron de la colonización española) o
Iberoamérica (el mismo conjunto incluyendo a Brasil, colonizado por
los portugueses). Hemos de convenir que estas últimas denominaciones
son bastante más precisas, puesto que excluyen países caribeños de
colonización francesa, como Haití, y aun los territorios
francohablantes de Canadá, a los que, de todas formas, no se suele
considerar latinoamericanos.
Sin embargo, en las costas
occidentales del océano Atlántico se prefiere, por razones que
enseguida veremos, hablar de América Latina, a raíz de lo cual los
estadounidenses llaman genéricamente latinos a los inmigrantes
procedentes del sur del río Bravo. Según una anécdota atribuida al
ex vicepresidente norteamericano Dan Quayle, en cierta ocasión
manifestó su interés en estudiar latín, alegando que le resultaría
"muy útil para cuando viajase a Sudamérica", donde, según está
versión, él creía que se hablaba esa lengua.
La preferencia de los
americanos hispanohablantes (o lusohablantes) por la expresión
América Latina tiene razones políticas e históricas que arrancan del
siglo XIX, pero la palabra latino es mucho más antigua: para conocer
su origen tenemos que remontarnos a los tiempos de la Guerra de
Troya, ocurrida hace más de 3. 000 años. Es una historia que vale la
pena conocer.
En aquella época, Latinus
era el rey de los aborígenes (de ab origines), primitivos pobladores
de la Península Itálica. Cuenta la leyenda que cuando Eneas llegó
fugitivo a la costa italiana después de la toma de Troya por los
aqueos, fue acogido con su familia por Latinus. En la familia de
Eneas estaba su hijo Iulo, quien, según la leyenda, sería el
fundador de la familia Iulia, en la que tres o cuatro siglos más
tarde nacerían Rómulo y Remo, los míticos fundadores de Roma, y unos
siete siglos después, Julio César.
Otra leyenda cuenta que
Latino habría guerreado contra Eneas y que, muertos ambos, los
tirios y los aborígenes decidieron unirse para formar un nuevo
pueblo, al que dieron el nombre del rey Latinus.
Más allá de la milenaria
leyenda, lo cierto es que el nombre latinus lo tomaron los romanos
para sí y para su lengua y cultura que, con el apogeo del imperio,
se extenderían desde el norte de España hasta lo que hoy es Rumania.
Tras la caída del Imperio
Romano, la lengua latina fue adoptando diversas formas en los
territorios del antiguo dominio de los césares, dando lugar al
gallego-portugués, al castellano, al aragonés, al leonés, al
catalán, la lengua de Oc, el francés, las incontables lenguas de la
península itálica, el rumano, el sardo y muchos otros idiomas de
numerosas regiones cuya enumeración sería inagotable: eran las
lenguas romances o latinas.
Unos siglos más y los
españoles y portugueses se lanzaron a los mares en busca de nuevas
tierras, principalmente hacia América, aunque los hispanos llevaron
su lengua también al norte de África y a las Filipinas y los
portugueses a Macao, donde incluso dieron origen a nuevas palabras
del idioma chino que perduran hasta hoy.
De las otras lenguas
latinas o romances, los franceses llevaron la suya a Haití y al
Canadá y los italianos a Etiopía. Todos estos países fueron llamados
latinos por sus lenguas, que se derivaban de un tronco común, por su
historia y por su cultura.
Los pueblos colonizados
por España se llamaron hispanoamericanos, denominación que se emplea
hasta hoy, especialmente en la Península Ibérica. Sin embargo,
razones históricas y políticas han llevado a que en América se
prefiera la denominación América Latina o Latinoamérica. En
realidad, hasta comienzos del siglo pasado eran muy pocos los lazos
entre los países hispanoamericanos y sus vecinos nacidos de otras
colonizaciones latinas —como Brasil, Haití, las Guayanas y los
canadienses de Quebec.
La expresión Amérique
Latine fue creada hacia 1860, cuando Napoleón III se disponía a
invadir a México para imponer al emperador Maximiliano a fin de
contener el avance de Estados Unidos, una política que requería
poner de relieve elementos de identidad cultural entre los franceses
y los hispanoamericanos. El diputado francés Michel Chevalier, uno
de los más cercanos colaboradores de Napoleón III, acuñó entonces
esa denominación.
Maximiliano acabó depuesto
por Benito Juárez y fusilado en 1867, pero el nombre creado por los
franceses prevaleció como elemento cultural que une a los países
iberoamericanos, la antigua Guayana francesa y Haití.
La emergencia de una
izquierda socialista y anarquista hacia fines del siglo XIX y
comienzos del siglo XX tal vez pueda explicar el éxito que tuvo
fuera de España la expresión América Latina, muy oportuna para los
políticos de la época, puesto que les permitía marcar la diferencia
con los Estados Unidos y, al mismo, tiempo, evitar la connotación
peninsular del vocablo Hispanoamérica.
En el uso corriente la
denominación América Latina cuenta hoy con la comprensión de los
intelectuales españoles de mayor relevancia, y el espaldarazo de la
Academia Española, contra la opinión del ya fallecido premio Nobel
Camilo José Cela, quien en su acendrado eurocentrismo siempre se
negó a admitir esa expresión. Cela ponía el acento en la imprecisión
del término, pero desconocía la voluntad y el uso preferencial de
los latinoamericanos.
El término se impuso
también en Estados Unidos, donde latin es hoy por lo menos tan usado
como hispanic para designar los inmigrantes del sur, lo que puede
explicar la confusión que se atribuyó a Quayle.
(Fuente
elcastellano.org)
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