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La pelea de Millás con las palabras
Jesús Ruiz Mantilla
Uno dice Millás y
ve un tipo friolero, embotado en un abrigo de cuero negro
encima de una americana gris, con gafas metálicas, cubierto
también de parsimonia y retranca que probablemente se
pregunte a menudo: "¿Por qué si soy un hombre hecho y
derecho no me llamo Millós?". La relación de un escritor con
las palabras no es sana. Es, por definición, conflictiva,
cuando no traumática o directamente de diván, como es el
caso de Millás. Así lo percibió el público -más de 200
personas- que este miércoles día 18 abarrotaba y se
desternillaba en el |

Juan José Millás,
fotografiado ante la Biblioteca Nacional. Foto Cristóbal
Manuel. |
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salón de actos de la Biblioteca
Nacional, donde el autor de El mundo dio rienda suelta a su
terror y su perplejidad ante el lenguaje, dentro de un ciclo
dedicado a los Premios Nacionales. |
El amigo Millás sale a
escena como en un monólogo y dicta una lección de comedia a lo Woody
Allen, con gotas de Groucho Marx y aires de diccionario secreto en
plan José Luis Coll o de greguería de Ramón Gómez de la Serna. De
hecho, está trabajando con Juan Diego en una adaptación teatral de
lo que leyó ayer. Con complejo de Edipo y sexo incluidos. "Las
palabras nos hacen y nos deshacen. Tienen un significado dentro de
ti y otro fuera", afirmaba Millás. "Los diccionarios se refieren al
término 'vagina' como un conducto de paredes membranosas que en las
hembras de los mamíferos se extiende desde la vulva hasta el útero.
Pero si la vagina no fuese más que eso: qué interés, por Dios,
íbamos a tener los hombres en meternos en ellas y con la
desesperación que lo hacemos, como si nos fuera la vida en ello".
Su desconcierto viene de lejos. La suya fue una infancia complicada,
que aterraba a su madre por las rarezas del angelito. Ya lo ha
narrado en esa joya autobiográfica que es El mundo. Ayer se
extendió. "De pequeño no comprendía por qué mis hermanas, siendo
chicas, comían garbanzos y no garbanzas y por qué a los
chicos nos daban remolacha en lugar de remolacho. Había
colegios de chicos y de chicas pero los de ellas no se llamaban
colegias". Así comenzó el conflicto. También el pavor de su
madre al conocer sus curiosidades y su preocupación: "No le digas
nada a nadie que ya lo arreglo yo", le contestó.
Según fue creciendo
comprobó que todo seguía patas arriba en ese aspecto. Que el hecho
de que existieran personas sin personalidad podría implicar que
también se dieran casos de mesas sin mesalidad o sartenes sin
sartenidad. Lo primero es la definición de amorfo que le dio
su padre: "Una persona sin personalidad". Cuando el chaval le
planteó su duda con otros objetos, el hombre le contestó: "¿Tú eres
idiota o qué?".
Con todo, y a la vista de
que no encuentra respuestas en los diccionarios, ni en la lógica
implantada por las cosas, Millás ha comenzado a definir el suyo
propio. Va por la "a". De Avemaría, por ejemplo: "Una oración con la
que nos castigaban por masturbarnos sin advertir que al darle ese
uso punitivo (maravillosa expresión) la contaminaban de nuestra
impureza. Muchos de mi generación no pueden hoy masturbarse sin
rezar ni rezar sin masturbarse".
Las palabras encierran
muchísimos peligros, según Millás. "Una vez mi hijo me preguntó qué
quería decir 'efímero", relató ayer el escritor. "¿De dónde has
sacado esa palabra?", le preguntó en tono un tanto amenazante su
padre. "No me lo quería decir. Le presioné. 'De un libro', dijo al
fin. '¿Qué clase de libro?', insistí. No me gustaba que fuera
recogiendo palabras por ahí, de cualquier sitio. Las palabras están
llenas de infecciones. Una vez contagiado, caen sobre ti las
enfermedades oportunistas (las frases oportunistas, cabe decir) y
estás perdido. '¿La vida es efímera?', preguntó entonces y comprendí
que había sacado la palabra de donde no debía".
Las palabras definen un
mundo que no puede ser consensuado. Cuando un escritor sabe esto,
comprende el conflicto que llevan preñado en su seno, está condenado
a desentrañar el misterio. Millás lo supo pronto. Como también
comprendió que los vocablos no solo contienen definiciones: "Que
tienen sabor, textura, volumen, que las hay imposibles de tragar,
como el aceite de ricino y las que entran sin sentir, como un licor
dulce. Las que curaban y las que hacían daño, las que dormían y las
que despertaban. Las que proporcionaban inquietud y paz. Había
palabras, incluso, que mataban".
(Fuente
elpais.com)
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