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Jueves, 09 de Agosto de 2012


Grandes momentos del fotorreportaje cubano

La ¿caída? de un gran campeón

Jorge Oller Oller

El 5 de abril de 1915 se celebró en los terrenos del Oriental Park de La Habana el campeonato mundial de boxeo de los pesos pesados entre el campeón mundial Jack Johnson y el retador Jess Willard. El presidente de Cuba, Mario García Menocal, apoyó el encuentro al que asistieron más de quince mil espectadores, en su mayoría norteamericanos, llenando todos los palcos y graderías del hipódromo convertido en una arena boxística al aire libre.

La pelea, pactada a 45 asaltos, fue bastante pareja en los primeros 25 pero, en el “round” 26, el campeón Jack Johnson cayó a la lona sin que intentara levantarse. Ninguno de los espectadores, incluso los más cercanos al cuadrilátero, pudo percatarse de aquel contundente golpe. Sólo vieron al boxeador caer y cuando, ya tendido en el suelo, colocaba su brazo derecho sobre sus ojos para evitar la molesta luz del sol, así esperó, conciente y tranquilo, a que el árbitro terminara de contar los diez segundos. El campeón negro había perdido su corona por la aparente pegada del retador blanco. La mayoría del público quedó frustrado, otros, los racistas norteamericanos, sabían que eso iba a suceder y los periodistas y expertos no quedaron convencidos de aquel final. Dudas y cuestiones que prevalecen aún hoy.

La vida de Jack Johnson siempre estuvo acosada por la sombra del racismo. Nació en Galveston, Texas, el 31 de marzo de 1878. Sus padres habían sido esclavos. A los doce años abandonó el hogar y viajó de polizón a Nueva York y otras ciudades en busca de fortuna, pero solo encontró trabajos de poca paga y mucha fuerza y fajarse en los barrios bajos donde vivía para ser respetado. Eso lo llevó al boxeo. Y peleó con los grandes boxeadores negros hasta que en 1903 derrotó en Los Ángeles a “Denver” Ed Martín, el campeón mundial negro de los pesos pesados. Ya con el titulo comenzó a retar a los campeones blancos pero ninguno le dio la oportunidad de medirse con él.

Sin embargo, Johnson era muy persistente. Durante dos años y sin recursos siguió al campeón mundial, el canadiense Tommy Burns, por medio mundo, peleando en las ciudades donde él lo hacía, retándolo, insistiendo, hasta que el 24 de agosto de 1908, en Sydney, Australia, el campeón aceptó la pelea pensando que seria una victoria fácil y rápida. Pero se equivocó. En el round 14, Burns había recibido tal paliza que tuvieron que suspender la pelea. Johnson era ahora el campeón mundial de blancos y de negros: Sin embargo, a su regreso a los Estados Unidos se encontró con la hostilidad de los racistas yanquis y hasta el Presidente pasó por alto el tradicional saludo que daba a los campeones en la Casa Blanca.

A los discriminadores fanáticos blancos no les importaba que fuera el gran campeón de Norteamérica, lo odiaban porque era negro, orgulloso y andaba con mujeres blancas. Apoyaron a todo boxeador blanco que pudiera derrotarlo, pero ninguno pudo arrebatar su corona. Y acudieron a otros recursos. En 1913 salió una Ley que prohibía el traslado de prostitutas de un estado a otro. Y Johnson, después de haber estado casado y divorciado dos veces con mujeres blancas, andaba ahora de un estado a otro con una prostituta y lo acusaron. Para evitar la prisión decidió hacer una gira por Europa y Latinoamérica y se convirtió en un prófugo.

Entre 1913 y 1914 defendió su título en Francia y Argentina, y realizó exhibiciones en esos países. Mientras tanto los racistas, que no cesaban en su empeño de destronarlo, habían encontrado un rival digno de enfrentarse al campeón. Era Jess Willard, un gigante blanco de más de dos metros de altura, de gran fortaleza que había nacido en Oklahoma el 29 de diciembre de 1881.

El hábil promotor Jack Curley fue a Buenos Aires con una propuesta muy tentadora para Jonhson. Según él, había convenido con la justicia norteamericana levantar la acusación que tenía pendiente si peleaba con Jess Willard. Además recibiría una jugosa suma de dinero. La única condición era que no podía ganar la contienda. El campeón que estaba deseoso de regresar a su tierra, aceptó. La pelea estaba prevista para realizarse en Ciudad México, pero como ese país estaba envuelto en una guerra civil, decidieron celebrarla en La Habana por su cercanía a los Estados Unidos y contar con el respaldo del gobierno cubano.  

De las innumerables versiones y anécdotas que se han escrito sobre este famoso encuentro boxístico escogemos esta del investigador cinematográfico cubano Arturo Agramonte quien cuenta otro aspecto de aquel suceso:

 “Los empresarios Santos y Artigas habían convenido con Johnson en filmar su pelea con Willard. Santos y Artigas la explotarían en Cuba y Johnson en el extranjero. Al romper éste el convenio, se vieron precisados a introducir subrepticiamente una cámara en el Hipódromo de Marianao, que fue escondida debajo de las sillas de un palco. La cámara dispuesta en esta forma, quedaba a gran distancia del “ring” por lo que las imágenes resultaron muy pequeñas. Así se filmaron los momentos más sobresalientes de los veintiséis “rounds”, aunque en realidad fue una pelea monótona y “arreglada” en la que Johnson debería perder su titulo. Enrique Díaz Quesada (el camarógrafo que filmó la película) resolvió el problema de la pequeñez de las imágenes ampliándolas y a la noche siguiente en un cine al aire libre que había frente al teatro Payret y que pertenecía a Santos y Artigas se exhibió la película.

El disgusto de Johnson es imaginable, sobre todo en una escena en que habla con su “second” y éste con una francesa que acompañaba a Johnson. El comentario general le atribuía al campeón la frase: “Dile a Lucille (Lucille Cameron, su esposa) que se vaya, no quiero que me vea perder”. La frase venia bien encajada porque la francesa se marchó inmediatamente de recibir el recado y al siguiente “round”, Johnson  se acostó tranquilamente en la lona perdiendo el titulo de campeón mundial.  Este incidente dio motivos a que Johnson planteara una reclamación a Santos y Artigas por la suma de medio millón de pesos, la cual no prosperó. El doctor Alberto Ponce, que fue el juez encargado del asunto, resolvió que “no había lugar”, ya que las papeletas de entrada a los espectáculos son una especie de contrato entre la empresa y el que la compra. Aquellas entradas que se vendieron a muy buen precio no especificaban nada que prohibiera el tomar fotografías o películas. En los Estados Unidos quedó terminantemente prohibida la exhibición de la película, pero en Inglaterra se vendieron once copias.

Cuando Johnson perdió sin honor su desastrosa pelea se dio cuenta que había sido engañado. Jack Curley no había hecho ninguna gestión para perdonar los cargos que pesaban contra él, y el dinero que recibió no fue la suma prometida. Decepcionado salió de La Habana hacia Inglaterra donde se ganó la vida boxeando, lo mismo hizo en España y por último se asentó en México donde abrió un bar. En 1920, añorando a su familia y amigos, regresó a los Estados Unidos y enfrentó las imputaciones pendientes por las que fue condenado a 10 meses de prisión. Al salir de la cárcel, Johnson siguió boxeando y abrió un gimnasio en el barrio negro de Nueva York. Murió en un accidente automovilístico el 10 de junio de 1946, en Carolina del Norte, durante una gira del circo donde trabajaba.

No obstante haber sido el protagonista de uno de los escándalos más grandes del boxeo profesional, en 1927 la revista The Ring lo seleccionó el mejor peso pesado del mundo, mientras que los expertos lo consideran uno de los diez mejores boxeadores de todos los tiempos.  

Fuentes:

·        Revista “El Fígaro”,   Suplemento especial del 11 de abril de 1915 con fotografías de Rafael B. Santa Coloma de la revista El Fígaro y el diario El Heraldo del Cuba y de William Ward, director de la Empresa fotográfica “Ameritan Photo Co.”

·        Arturo Agramonte: Cronología del cine cubano. Ediciones ICAIC, 1966. pp.33 y 34

(Cubaperiodistas.cu)

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