La
¿caída? de un gran campeón
Jorge Oller Oller
El 5 de abril de 1915
se celebró en los terrenos del Oriental Park de La
Habana el campeonato mundial de boxeo de los pesos
pesados entre el campeón mundial Jack Johnson y el
retador Jess Willard. El presidente de Cuba, Mario
García Menocal, apoyó el encuentro al que asistieron más
de quince mil espectadores, en su mayoría
norteamericanos, llenando todos los palcos y graderías
del hipódromo convertido en una arena boxística al aire
libre.
La
pelea, pactada a 45 asaltos, fue bastante pareja en los
primeros 25 pero, en el “round” 26, el campeón Jack
Johnson cayó a la lona sin que intentara levantarse.
Ninguno de los espectadores, incluso los más cercanos al
cuadrilátero, pudo percatarse de aquel contundente
golpe. Sólo vieron al boxeador caer y cuando, ya tendido
en el suelo, colocaba su brazo derecho sobre sus ojos
para evitar la molesta luz del sol, así esperó,
conciente y tranquilo, a que el árbitro terminara de
contar los diez segundos. El campeón negro había perdido
su corona por la aparente pegada del retador blanco. La
mayoría del público quedó frustrado, otros, los racistas
norteamericanos, sabían que eso iba a suceder y los
periodistas y expertos no quedaron convencidos de aquel
final. Dudas y cuestiones que prevalecen aún hoy.
La vida de Jack
Johnson siempre estuvo acosada por la sombra del
racismo. Nació en Galveston, Texas, el 31 de marzo de
1878. Sus padres habían sido esclavos. A los doce años
abandonó el hogar y viajó de polizón a Nueva York y
otras ciudades en busca de fortuna, pero solo encontró
trabajos de poca paga y mucha fuerza y fajarse en los
barrios bajos donde vivía para ser respetado. Eso lo
llevó al boxeo. Y peleó con los grandes boxeadores
negros hasta que en 1903 derrotó en Los Ángeles a
“Denver” Ed Martín, el campeón mundial negro de los
pesos pesados. Ya con el titulo comenzó a retar a los
campeones blancos pero ninguno le dio la oportunidad de
medirse con él.
Sin
embargo, Johnson era muy persistente. Durante dos años y
sin recursos siguió al campeón mundial, el canadiense
Tommy Burns, por medio mundo, peleando en las ciudades
donde él lo hacía, retándolo, insistiendo, hasta que el
24 de agosto de 1908, en Sydney, Australia, el campeón
aceptó la pelea pensando que seria una victoria fácil y
rápida. Pero se equivocó. En el round 14, Burns había
recibido tal paliza que tuvieron que suspender la pelea.
Johnson era ahora el campeón mundial de blancos y de
negros: Sin embargo, a su regreso a los Estados Unidos
se encontró con la hostilidad de los racistas yanquis y
hasta el Presidente pasó por alto el tradicional saludo
que daba a los campeones en la Casa Blanca.
A los discriminadores
fanáticos blancos no les importaba que fuera el gran
campeón de Norteamérica, lo odiaban porque era negro,
orgulloso y andaba con mujeres blancas. Apoyaron a todo
boxeador blanco que pudiera derrotarlo, pero ninguno
pudo arrebatar su corona. Y acudieron a otros recursos.
En 1913 salió una Ley que prohibía el traslado de
prostitutas de un estado a otro. Y Johnson, después de
haber estado casado y divorciado dos veces con mujeres
blancas, andaba ahora de un estado a otro con una
prostituta y lo acusaron. Para evitar la prisión decidió
hacer una gira por Europa y Latinoamérica y se convirtió
en un prófugo.
Entre 1913 y 1914
defendió su título en Francia y Argentina, y realizó
exhibiciones en esos países. Mientras tanto los
racistas, que no cesaban en su empeño de destronarlo,
habían encontrado un rival digno de enfrentarse al
campeón. Era Jess Willard, un gigante blanco de más de
dos metros de altura, de gran fortaleza que había nacido
en Oklahoma el 29 de diciembre de 1881.
El hábil promotor
Jack Curley fue a Buenos Aires con una propuesta muy
tentadora para Jonhson. Según él, había convenido con la
justicia norteamericana levantar la acusación que tenía
pendiente si peleaba con Jess Willard. Además recibiría
una jugosa suma de dinero. La única condición era que no
podía ganar la contienda. El campeón que estaba deseoso
de regresar a su tierra, aceptó. La pelea estaba
prevista para realizarse en Ciudad México, pero como ese
país estaba envuelto en una guerra civil, decidieron
celebrarla en La Habana por su cercanía a los Estados
Unidos y contar con el respaldo del gobierno cubano.
De
las innumerables versiones y anécdotas que se han
escrito sobre este famoso encuentro boxístico escogemos
esta del investigador cinematográfico cubano Arturo
Agramonte quien cuenta otro aspecto de aquel suceso:
“Los empresarios
Santos y Artigas habían convenido con Johnson en filmar
su pelea con Willard. Santos y Artigas la explotarían en
Cuba y Johnson en el extranjero. Al romper éste el
convenio, se vieron precisados a introducir
subrepticiamente una cámara en el Hipódromo de Marianao,
que fue escondida debajo de las sillas de un palco. La
cámara dispuesta en esta forma, quedaba a gran distancia
del “ring” por lo que las imágenes resultaron muy
pequeñas. Así se filmaron los momentos más
sobresalientes de los veintiséis “rounds”, aunque en
realidad fue una pelea monótona y “arreglada” en la que
Johnson debería perder su titulo. Enrique Díaz Quesada
(el camarógrafo que filmó la película) resolvió el
problema de la pequeñez de las imágenes ampliándolas y a
la noche siguiente en un cine al aire libre que había
frente al teatro Payret y que pertenecía a Santos y
Artigas se exhibió la película.
El
disgusto de Johnson es imaginable, sobre todo en una
escena en que habla con su “second” y éste con una
francesa que acompañaba a Johnson. El comentario general
le atribuía al campeón la frase: “Dile a Lucille (Lucille
Cameron, su esposa) que se vaya, no quiero que me vea
perder”. La frase venia bien encajada porque la francesa
se marchó inmediatamente de recibir el recado y al
siguiente “round”, Johnson se acostó tranquilamente en
la lona perdiendo el titulo de campeón mundial. Este
incidente dio motivos a que Johnson planteara una
reclamación a Santos y Artigas por la suma de medio
millón de pesos, la cual no prosperó. El doctor Alberto
Ponce, que fue el juez encargado del asunto, resolvió
que “no había lugar”, ya que las papeletas de entrada a
los espectáculos son una especie de contrato entre la
empresa y el que la compra. Aquellas entradas que se
vendieron a muy buen precio no especificaban nada que
prohibiera el tomar fotografías o películas. En los
Estados Unidos quedó terminantemente prohibida la
exhibición de la película, pero en Inglaterra se
vendieron once copias.
Cuando
Johnson perdió sin honor su desastrosa pelea se dio
cuenta que había sido engañado. Jack Curley no había
hecho ninguna gestión para perdonar los cargos que
pesaban contra él, y el dinero que recibió no fue la
suma prometida. Decepcionado salió de La Habana hacia
Inglaterra donde se ganó la vida boxeando, lo mismo hizo
en España y por último se asentó en México donde abrió
un bar. En 1920, añorando a su familia y amigos, regresó
a los Estados Unidos y enfrentó las imputaciones
pendientes por las que fue condenado a 10 meses de
prisión. Al salir de la cárcel, Johnson siguió boxeando
y abrió un gimnasio en el barrio negro de Nueva York.
Murió en un accidente automovilístico el 10 de junio de
1946, en Carolina del Norte, durante una gira del circo
donde trabajaba.
No obstante haber
sido el protagonista de uno de los escándalos más
grandes del boxeo profesional, en 1927 la revista The
Ring lo seleccionó el mejor peso pesado del mundo,
mientras que los expertos lo consideran uno de los diez
mejores boxeadores de todos los tiempos.
Fuentes:
·
Revista
“El Fígaro”, Suplemento especial del 11 de
abril de 1915 con fotografías de Rafael B. Santa Coloma
de la revista El Fígaro y el diario El Heraldo
del Cuba y de William Ward, director de la Empresa
fotográfica “Ameritan Photo Co.”
·
Arturo
Agramonte: Cronología del cine cubano. Ediciones
ICAIC, 1966. pp.33 y 34
(Cubaperiodistas.cu)