La
primera mujer fotógrafa de Cuba
Jorge Oller Oller
El
levantamiento del 10 de octubre de 1868 inició la lucha
por nuestra independencia. No pocas mujeres abandonaron
la tranquila vida hogareña para la cual habían sido
educadas y formaron parte activa de la incipiente
rebelión como enfermeras, cocineras, confeccionando
uniformes u otras labores útiles en los campamentos de
la retaguardia. Hubo también jóvenes que combatieron
como un soldado más y alcanzaron grados de oficial por
su notable heroísmo.
Una década después, en 1878, frustrado aquel primer
intento independentista, las patriotas retornaron a sus
quehaceres domésticos o a sus ocupaciones de costureras,
lavado de ropas, planchado y otras tareas menores que
honradamente ejercían las mujeres.
Durante el transcurso de la guerra numerosos tabaqueros
habían emigrado y laboraban en las fábricas de Cayo
Hueso y Tampa. Para sustituir esa mano de obra faltante,
Julián Álvarez, propietario de la acreditada fabrica de
tabacos
Henry Clay, decidió abrir las puertas de sus
talleres a las mujeres y le dio trabajo en el despalillo
y torcido de las hojas de tabaco, labor que hasta ese
momento sólo realizaban los hombres. Poco tiempo
después, al introducir maquinas para modernizar su
instalación, contrató también a mujeres para colocar las
tiras de papel que bobinaban los cigarrillos. Fueron las
primeras cubanas que trabajaron como obreras en las
fábricas y aunque les pagaban menos que a los hombres,
demostraron que su trabajo era tan bueno como el del más
calificado de los tabaqueros. Así, con su labor y
seriedad, superando numerosos obstáculos, fueron
imponiéndose al prejuicio machista de “la mujer en la
casa y el hombre al trabajo”.
Poco a poco las mujeres trabajaron en otros oficios y
solicitaron estudiar en la Universidad. En 1879, la
Academia San Alejandro permitió a las mujeres estudiar
dibujo, pintura y escultura. Sin embargo, la primera
joven en matricular, Marta Valdés, necesitó el “visto
bueno” del Capitán General de la Isla Ramón Blanco. El 6
de septiembre de 1883, la Universidad Real y Pontificia
de La Habana aprobó el ingreso de la primera mujer,
Mercedes Riba y Pino, quien después de cursar los tres
años de la carrera con notas de sobresaliente recibió el
titulo de Licenciada en Filosofía y Letras. También en
1883, Laura Martínez de Carvajal y del Camino matriculó
en la Facultad de Medicina y Cirugía y en la Facultad de
Ciencias, graduándose de esta ultima carrera en 1888 y
de Medicina en 1889. Otras estudiosas siguieron a estas
pioneras y obtuvieron títulos en otras carreras.
Sin
embargo, un cuarto de siglo antes de que estas mujeres
dieran los primeros pasos por los caminos técnicos,
artísticos y profesionales, encontramos en la prensa
habanera un curioso antecedente. En 1853 se conoce del
inicio profesional en la fotografía de Encarnación
Arostegui, retratista de la galería de Pedro Arias
situado en la calle de O’Reilly número 6, junto a la
puerta de Montserrate. El Diario de la Marina,
del 4 de febrero de 1853, en su pagina 4 dice:
“La ultima
especialidad, la sorprendente, la que es enteramente
nueva entre nosotros, es la siguiente: desde hoy el
bello sexo habanero podrá ir con toda confianza al
referido laboratorio con la firme convicción de ver
reproducida su imagen por la habilidad de una persona de
su sexo que, consagrada por mucho tiempo, ha llegado ha
obtener tan buenos resultados como el mejor retratista.
Esperamos que este anuncio sea suficiente publicidad
para que las señoras no dejen de aprovechar esta feliz
oportunidad que acaso sea por poco tiempo”.
Encarnación
Arostegui (o Irostegui en algunos impresos) nació en
Bilbao. Era esposa del gallego Pedro Arias, un
daguerrotipista viajero que recorría los territorios de
Galicia y el País Vasco retratando en las ciudades
pequeñas donde no existían aún las galerías
fotográficas. Arias, que además era pintor, enseñó estas
artes a su mujer y a su hijo Vicente. En 1850 comenzaron
a experimentar con el calotipo, procedimiento patentado
por William Henry Fox Talbot en 1841 que permitía
obtener varias copias positivas sobre papel o cristal a
partir de una imagen negativa captada en la cámara
oscura. Con este método, que con el tiempo sustituiría
al daguerrotipo, y animados por amigos gallegos que
habían hecho fortuna en Cuba, la familia Arias decide
trasladarse a La Habana a principios de 1851 y compran
la galería al daguerrotipo de Juan B. Fernández situada
en O’Reilly nº 60 entre Bernaza y Villegas, la cual
había sido inaugurada cuatro años antes. Introducen la
fotografía sobre papel, que según explican en los
diarios son “imágenes de un tamaño más considerable y
tienen más relieve, los fondos son más iguales y claros
y la reflexión casi no impide que se pueda distinguir,
sea cual fuere la dirección en que venga la luz,
circunstancia que distingue uno de los principales
inconvenientes que tienen los daguerrotipos en planchas
metálicas”.
También ofrecían
álbumes para fotografías y retratos de cadáveres a
domicilio (al igual que otros países donde había la
costumbre familiar de conservar una imagen del ser
querido fallecido, bien vestido y maquillado, sentado en
una silla y rodeado de sus seres queridos). Estas
novedades acapararon la atención y el favor del público.
Encarnación,
por su parte, además de saber distribuir la iluminación
favorablemente, tenía la habilidad de colocar el rostro
y las manos de las damas de una manera atractiva,
arreglar los pliegues de los vestidos, desempeños que,
en aquellos tiempos, no realizaba el hombre porque podía
ruborizar u ofender a la cliente. Su trabajo de
fotógrafo era muy celebrado por la burguesía femenina
habanera y lo fue más cuando Arias, que era muy hábil
manejando la propaganda, la anunció en las páginas del
Diario de la Marina y de La Gaceta de La
Habana. Encarnación
Arostegui se convirtió en la primera mujer fotógrafo de
Cuba y por extensión, la primera en realizar una
ocupación artística y la primera técnica en manufacturar
placas y materiales sensibles para fotografiar.
Pedro
Arias falleció en 1855 y su hijo Vicente se hizo cargo
de la fotografía. Encarnación continúo retratando hasta
1865. Siguieron sus huellas la joven Isolina Amezaga,
famosa en la década de 1880 por sus paisajes
fotográficos matanceros y Clara García retratista de la
fotografía de Compostela nº 60 quien, en 1896, fue de
las primeras en equipar su salón con lámparas
eléctricas. Al finalizar el siglo XIX había 7 mujeres
fotógrafas censadas, 6 de ellas eran cubanas.
Fuentes:
-
Evelio Telleria Toca, periodista especializado en la
historia del movimiento obrero cubano. Conversación
en el periódico Granma, 23 febrero de 1986
-
Juan
Sánchez: La otra historia de San Alejandro.
Ediciones Extramuros, La Habana, 2004, p. 38.
-
Fernando Ortiz: Contrapunteo cubano del tabaco y
el azúcar. editorial Jesús Montero, La Habana,
1940
-
Diarios Gaceta de La Habana y Diario de
la Marina años 1847-1855
-
Jorge Oller Oller: ¿Fue la fotografía la primera
manifestación artística y técnica de la mujer en
Cuba? Periódico Granma, sábado 8 de marzo de
1986, p. 5.
(Cubaperiodistas.cu)