La
inesperada visita de Marlon Brando
Jorge Oller Oller
Por esa época, en
Nueva York, el joven actor Marlon Brando estudiaba arte
dramático en la prestigiosa academia Actors Studio y
sentía una gran afición por la música afro. Iba con
frecuencia al famoso salón Palladium, en Broadway, a
bailar al compás de la conga, la rumba, el cha cha chá y
el mambo y aprendió a tocar los timbales, bongoes y
tambores. Allí escuchaba a los principales intérpretes
elogiar el ritmo embriagador de los músicos cubanos que
tocaban los tambores en los pequeños y rústicos cabarets
de la playa de Marianao, en La Habana y sobre todo del
Chori un bongosero realmente excepcional. Marlon trató
de venir a verlo, pero sus estudios y los compromisos no
lo permitieron entonces.
Pasaron
los años y después de sus extraordinarias actuaciones en
las películas Un tranvía llamado deseo, Nido de Ratas
y Viva Zapata y alcanzar un premio Oscar,
estando en
Miami, decidió dar un breve viaje a La Habana y realizar
su viejo anhelo de bailar en los cabarets marianenses,
ver al Chori y conseguir un bongo “curado” por un buen
músico cubano. El domingo 19 de febrero de 1956 solo y
sin equipaje, vistiendo una camisa deportiva, un
pantalón vaquero y unos tenis, llegó a la capital cubana
y se hospedó en el hoy desaparecido hotel Packard,
situado en el Paseo del Prado, esquina a la calle
Cárcel, registrándose con el apellido Baker para pasar
inadvertido y la prensa no lo molestara.
El actor tenía
varios amigos en La Habana entre ellos el
pelotero
de las grandes ligas Clemente "Sungo"
Carrera a quien llamó para que le sirviera de guía.
En la primera noche habanera fueron a ver a su amiga la
actriz y cantante Dorothy Dandridge que
actuaba en el cabaret Sans Souci y le explicó su deseo
de comprar un bongo y pasar un rato bailando. Hablaron
con los músicos de la orquesta que tocaban los bongoes,
pero ninguno quiso deshacerse de su instrumento. El ir
y venir de la estrella del show y los bateristas de la
orquesta, mostrándole bongoes, tumbadoras, y tambores a
un personaje que estaba sentado en una de las mesas con
unos amigos, llamó la atención del fotógrafo del
cabaret y se dio cuenta que se trataba del famoso actor
de cine. Pensando que la prensa de espectáculos le
pagaría bien por unas fotos exclusivas, comenzó a
retratarlo abusando del flash y la paciencia de Marlon.
Hubo palabras fuertes y también puñetazos. Dorothy subió
al escenario y comenzó a cantar para calmar los ánimos,
mientras que Sungo se llevaba a su indignado amigo. De
este lugar fueron a Tropicana y para no repetir la mala
experiencia que tuvieron en Sans Souci, se quedaron
discretamente en la barra evitando llamar la atención .
En el tiempo de descanso fueron a ver a los músicos,
pero tampoco ellos quisieron vender sus bongos, pero el
director de la
orquesta, el maestro Antonio María Romeo, recordó que su
amigo Cala, el bongosero-fotógrafo, tenía uno muy bueno,
el de Chano Pozo, y les dio su dirección.
Al
día siguiente, después de almorzar, Sungo y Marlon se
presentaron en el apartamento de Cala en Miramar. Éste
no quiso creer que el mejor actor de Hollywood fuera a
verlo. Pensó que se trataba de una broma. Casi los echa
si no le dicen a tiempo que el maestro Romeo los había
enviado. Al mirarlo con más atención no tuvo ya dudas de
que se trataba de la misma persona que había visto
actuar en el cine. Se disculpó, los mandó a pasar y les
ofreció unos high-balls. Chapurreando un poco de español
y de inglés, Marlon y Cala comenzaron a hablar de
música, de bongoes y tambores, de los famosos cabarets
de la playa y La Choricera, la meca del gran Chori, de
quien el fotógrafo era un buen “socio”. Luego Cala le
mostró sus instrumentos entre ellos el bongo que le
había regalado Chano Pozo. El actor se regocijó, era lo
que desde hacía años buscaba y comenzó a tocarlo feliz,
como si fuera un niño con un juguete nuevo. Después de
un rato, y maravillado de su sonido, sacó del bolsillo
su porta cheques y escribió en uno de ellos: Al portador
y lo firmó. Se lo dio al asombrado fotógrafo diciéndole:
-- La cantidad la pones tu. Sungo, viendo el
aturdimiento de Cala, quiso ayudarlo y le dijo: --Mira
él está enamorado del bongó, ponle ahí lo que tu
quieras, cincuenta o setenta mil pesos; él es millonario
y eso no representa nada para él. Pero Cala, ni por todo
el oro del mundo iba a desprenderse de un regalo que le
había hecho su gran amigo el Rey de los bongoseros. Así
lo hizo saber. El artista lo comprendió y se contentó
con tocar el prodigioso bongo un rato más, y el
fotógrafo se animó a acompañarlo con una tumbadora.
Después de casi tres horas de improvisado “concierto”,
los visitantes se retiraron no sin antes pedirle a Cala
que los acompañara esa noche a los cabarets de la playa
y les presentara al Chori.
El
recorrido por los centros nocturnos fue
rápido. Pasaron por el Pennsylvania, La Taberna de
Pedro, El Pompilio, El Ranchito y Tres Hermanos y
llegaron antes de la media noche a La Choricera. Era la
meca donde el gran Chori, en el centro de un pequeño
escenario secundado por guitarras, tumbas y trompetas y
un jarrito de ron al lado, tenia embelesados a turistas
y bohemios sentados alrededor de mesas rusticas,
bebiendo y fumando, mientras que algunas hermosas mujer
bailaban sensualmente al ritmo frenético del cuero de
los tambores. Marlon alquiló el club el resto de la
noche, por cinco mil pesos a condición que no entrara
nadie más al establecimiento. El dueño tuvo la sensación
de haberse sacado la lotería y los aceptó
inmediatamente.
El
Chori, mote del santiaguero Silvano Chueg Echavarría, no
le gustó que Cala le pidiera una descarga con el actor,
porque pensaba que era uno de los tantos turistas
borrachos que, para hacerse los graciosos, acostumbraban
a golpear el cuero de las sillas y eso lo mortificaba.
Pero como su amigo, el fotógrafo-bongosero, continuaba
insistiendo le dio un bongó a Marlon, otro lo cogió él y
le acercó una tumbadora a Cala y empezaron a tocar. El
Chori no esperaba que aquel gringo tuviera sangre y
dominio de la música afro y lo entusiasmo tanto que dio
rienda suelta a una espectacular descarga. Cada uno de
los tres se esforzó al máximo en demostrar su habilidad,
improvisación e ingenio. El Chori, en una de las treguas
que hicieron para tomar un buche de ron y cansado de
gastar el cuero de chivo de su bongó, cogió una docena
de botellas vacías y las llenó con diferentes niveles
de ron. De acuerdo a la nota que emitían al golpearlas
con un palillo, las fue colocando armónicamente,
improvisando una especie de marimba criolla que sonaba
espléndidamente. Y siguió la descarga, esta vez con
sonidos de botellas, bongó y tumbadora.
Se
rindieron al amanecer, agotados, cuando no quedaban en
el cabaret ni músicos, ni parroquianos, solo el dueño y
dos empleados que fueron gratificados espléndidamente
por el actor. El Chori, que siempre iba a pie hasta su
cuarto en el revoltoso solar de la calle Égido número
723, no quiso romper su costumbre y Marlon y Cala
decidieron acompañarlo, mientras que Sungo se retiraba
en su auto a descansar. El trío fue paseando su
borrachera y algarabía por la Quinta Avenida, el Malecón
y el Prado hasta el hotel Packard donde se separaron.
Marlon dormiría la mona y al día siguiente, regresó a
Miami. El Chori, fiel a su rutina, continúo camino hasta
su refugio y Cala regresó en taxi a su casa donde
pasaría varios días tratando de descifrar si había
vivido un sueño ó era una alucinación de la que no
acababa de despertar.
Con
los años, al triunfar la Revolución, Cala le dedicó más
tiempo al fotorreportaje que a la música, retratando a
los más importantes personajes de nuestra historia y
cultura, reportando destacados eventos noticiosos como
la inauguración de la Expo 67 que se realizó en
Montreal, Canadá. Precisamente a bordo del buque Pino
del Agua, donde viajamos los periodistas cubanos para
noticiar esta gran exposición universal, fue que Cala me
contó esta anécdota, una de las tantas que protagonizó
como músico y fotorreportero. Buen amigo y fiestero, le
agradaba dar descargas en su casa con músicos y
compañeros de trabajo. En una de esas fiestas, un día de
1990, dejó la vida rodeado de sus amigos, sus
fotografías, sus cámaras, sus tumbadoras y el prodigioso
bongó de Chano Pozo, eje de la inesperada visita de
Marlon Brando.
Fuentes:
-
Conversación con Armesto Murgada, “Cala”, a bordo
del vapor Pino del Agua, el 12 abril de 1967
-
Marlon Brando: Las canciones que mi madre me
enseñó. Editorial Grijalvo, 1994
(Cubaperiodistas.cu)