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Miércoles, 11 de Abril de 2012


Grandes momentos del fotorreportaje cubano

La inesperada visita de Marlon Brando

Jorge Oller Oller

Constantino Armesto Murgada, más conocido por “Cala” fue un excelente fotorreportero que dejó constancia de su obra en los llamativos paisajes que realizó para el Instituto Nacional de la Industria Turística, en las páginas noticiosas del diario Juventud Rebelde, el semanario Pionero, las revistas Moncada, Cuba Internacional y Bohemia y en los históricos archivos de los Estudios Revolución. Nació en La Habana el 25 de junio de 1926 y su mayor orgullo era haber sido condiscípulo de Fidel Castro Ruz en la Escuela de Derecho de la Universidad de La Habana. 

También fue un gran músico cuyo arte inició de niño, cuando comenzó a tocar  los tambores y bongoes en las fiestas que daba su vecino Chano Pozo, el más famoso de los percusionistas de todas las épocas. Cala alcanzó tanta  habilidad que los músicos le decían que era un blanco con manos negras. Chano vio en él grandes dotes artísticos y le regaló uno de sus mejores bongoes. En la década de los años cincuenta, el bongosero-fotógrafo formó parte de varias agrupaciones artísticas entre ellas la del conjunto de Felipe Dulzaides que amenizó los clubes La Red, La Kasbash y el Copa Room del hotel Riviera de la capital.   

Por esa época, en Nueva York, el joven actor Marlon Brando estudiaba arte dramático en la prestigiosa academia Actors Studio y sentía una gran afición por la música afro. Iba con frecuencia al famoso salón Palladium, en Broadway, a bailar al compás de la conga, la rumba, el cha cha chá y el mambo y aprendió a tocar los timbales, bongoes y tambores. Allí escuchaba a los principales intérpretes elogiar el ritmo embriagador de los músicos cubanos que tocaban los tambores en los pequeños y rústicos cabarets de la playa de Marianao, en La Habana y sobre todo del Chori un bongosero realmente excepcional. Marlon trató de venir a verlo, pero sus estudios y los compromisos no lo permitieron entonces.

Pasaron los años y después de sus extraordinarias actuaciones en las películas Un tranvía llamado deseo, Nido de Ratas y Viva Zapata y alcanzar un premio Oscar, estando en Miami, decidió dar un breve viaje a La Habana y realizar su viejo anhelo de bailar en los cabarets  marianenses, ver al Chori y conseguir un bongo “curado” por un buen músico cubano. El domingo 19 de febrero de 1956 solo y sin equipaje, vistiendo una camisa deportiva, un pantalón vaquero y unos tenis, llegó a la capital cubana y se hospedó en el hoy desaparecido hotel Packard, situado en  el Paseo del Prado, esquina a la calle Cárcel, registrándose con el apellido Baker para pasar inadvertido y la prensa no lo molestara.

El actor tenía varios amigos en La Habana entre ellos el pelotero de las grandes ligas Clemente "Sungo" Carrera a quien llamó para que le sirviera de guía. En la primera noche habanera fueron a ver a su amiga la actriz y cantante Dorothy Dandridge que actuaba en el cabaret Sans Souci y le explicó su deseo de comprar un bongo y pasar un rato bailando. Hablaron con los músicos de la orquesta que tocaban los bongoes, pero ninguno quiso deshacerse de su instrumento.  El ir y venir de la estrella del show y los bateristas de la orquesta, mostrándole  bongoes, tumbadoras, y tambores a un personaje que estaba sentado en una de las mesas con unos amigos,  llamó la atención del fotógrafo del cabaret y se dio cuenta que se trataba del famoso actor de cine. Pensando que la prensa de espectáculos le pagaría bien por unas fotos exclusivas, comenzó a retratarlo abusando del flash y la paciencia de Marlon. Hubo palabras fuertes y también puñetazos. Dorothy subió al escenario y comenzó a cantar para calmar los ánimos, mientras que Sungo se llevaba a su indignado amigo. De este lugar fueron a Tropicana y para no repetir la mala experiencia que tuvieron en Sans Souci, se quedaron discretamente en la barra evitando llamar la atención . En el tiempo de descanso  fueron a ver a los músicos, pero tampoco ellos quisieron vender sus bongos,  pero el director de la orquesta, el maestro Antonio María Romeo, recordó que su amigo Cala, el bongosero-fotógrafo, tenía uno muy bueno, el de Chano Pozo, y les dio su dirección.  

Al día siguiente, después de almorzar, Sungo y Marlon se presentaron en el apartamento de Cala en Miramar. Éste no quiso creer que el mejor actor de Hollywood fuera a verlo. Pensó que se trataba de una broma. Casi los echa si no le dicen a tiempo que el maestro Romeo los había enviado. Al mirarlo con más atención no tuvo ya dudas de que se trataba de la misma persona que había visto actuar en el cine. Se disculpó, los mandó a pasar y les ofreció unos high-balls. Chapurreando un poco de español y de inglés, Marlon y Cala comenzaron a hablar de música, de bongoes y tambores, de los famosos cabarets de la playa y La Choricera, la meca del gran Chori,  de quien el fotógrafo era un buen “socio”. Luego Cala le mostró sus instrumentos entre ellos el bongo que le había regalado Chano Pozo. El actor se regocijó, era lo que desde hacía  años buscaba y comenzó a tocarlo feliz, como si fuera un niño con un juguete nuevo. Después de un rato, y maravillado de su sonido, sacó del bolsillo su porta cheques y escribió en uno de ellos: Al portador y lo firmó. Se lo dio al asombrado fotógrafo diciéndole: -- La cantidad la pones tu. Sungo, viendo el aturdimiento de Cala, quiso ayudarlo y le dijo:  --Mira él está enamorado del bongó,  ponle ahí lo que tu quieras, cincuenta o setenta mil pesos; él es millonario y eso no representa nada para él. Pero Cala, ni por todo el oro del mundo iba a desprenderse de un regalo que le había hecho su gran amigo el Rey de los bongoseros. Así lo hizo saber. El artista lo comprendió y se contentó con tocar el prodigioso bongo un rato más, y el fotógrafo se animó a acompañarlo con una tumbadora. Después de casi tres horas de improvisado “concierto”, los visitantes se retiraron no sin antes pedirle a Cala que los acompañara esa noche a los cabarets de la playa y les presentara al Chori.

El recorrido por los centros nocturnos fue rápido. Pasaron por el Pennsylvania, La Taberna de Pedro, El Pompilio, El Ranchito y Tres Hermanos y llegaron antes de la media noche a La Choricera. Era la meca donde el gran Chori, en el centro de un pequeño escenario secundado por  guitarras, tumbas y trompetas y un jarrito de ron al lado, tenia embelesados a turistas y bohemios sentados alrededor de mesas rusticas, bebiendo y fumando, mientras que algunas hermosas mujer bailaban sensualmente al ritmo frenético del cuero de los tambores. Marlon alquiló el club el resto de la noche, por cinco mil pesos a condición que no entrara nadie más al establecimiento. El dueño tuvo la sensación de haberse sacado la lotería y los aceptó inmediatamente.   

El Chori, mote del santiaguero Silvano Chueg Echavarría, no le gustó que Cala le pidiera una descarga con el actor, porque pensaba que era uno de los tantos turistas borrachos que, para hacerse los graciosos, acostumbraban a golpear el cuero de las sillas y eso lo mortificaba. Pero como su amigo, el fotógrafo-bongosero, continuaba insistiendo le dio un bongó a Marlon, otro lo cogió él y le acercó una tumbadora a Cala y empezaron a tocar. El Chori no esperaba que aquel gringo tuviera sangre y dominio de  la música afro y lo entusiasmo tanto que dio rienda suelta a una espectacular descarga. Cada uno de los tres se esforzó al máximo en demostrar su habilidad, improvisación e ingenio. El Chori, en una de las treguas que hicieron para tomar un buche de ron y cansado de gastar el cuero de chivo de su bongó, cogió una docena de botellas vacías y las llenó con diferentes niveles  de ron. De acuerdo a la nota que emitían al golpearlas con un palillo, las fue colocando armónicamente, improvisando una especie de marimba criolla que sonaba espléndidamente. Y siguió  la descarga, esta vez con sonidos de botellas, bongó y tumbadora.  

Se rindieron al amanecer, agotados, cuando no quedaban en el cabaret ni músicos, ni parroquianos, solo el dueño y dos empleados que fueron gratificados espléndidamente por el actor. El Chori, que siempre iba a pie hasta su cuarto en el revoltoso solar de la calle Égido número 723, no quiso romper su costumbre y Marlon y Cala decidieron acompañarlo, mientras que Sungo se retiraba en su auto a descansar. El trío fue paseando su borrachera y algarabía por la Quinta Avenida, el Malecón y el Prado hasta el hotel Packard donde se separaron. Marlon dormiría la mona  y al día siguiente, regresó a Miami. El Chori, fiel a su rutina, continúo camino hasta su refugio y  Cala regresó en taxi a su casa donde pasaría varios días tratando de descifrar si había vivido un sueño ó era una alucinación de la que no acababa de despertar.

Con los años, al triunfar la Revolución, Cala le dedicó  más tiempo al fotorreportaje que a la música, retratando a los más importantes personajes de nuestra historia y cultura, reportando destacados eventos noticiosos como la inauguración de la Expo 67 que se realizó en Montreal, Canadá. Precisamente a bordo del buque Pino del Agua, donde viajamos los periodistas cubanos para noticiar esta gran exposición universal, fue que Cala me contó esta anécdota, una de las tantas que protagonizó como músico y fotorreportero. Buen amigo y fiestero, le agradaba dar descargas en su casa con músicos y compañeros de trabajo. En una de esas fiestas, un día de 1990, dejó la vida rodeado de sus amigos, sus fotografías, sus cámaras, sus tumbadoras y el prodigioso bongó de Chano Pozo, eje de la inesperada visita de Marlon Brando. 

Fuentes:

  • Conversación con Armesto Murgada, “Cala”, a bordo del vapor Pino del Agua, el 12 abril de 1967 
  • Marlon Brando: Las canciones que mi madre me enseñó. Editorial Grijalvo, 1994

(Cubaperiodistas.cu)

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