Manuel
García y Ponce de León nació
en la finca Guayacán
del poblado de Alacranes
el 1ro. de febrero de 1851.
Era hijo de un matrimonio campesino pobre procedente de
las Islas Canarias. Aprendió a leer y escribir y se
aficionó a las peleas de gallos y al juego de naipes
gracias a la influencia que ejerciera en él su amigo
Tomás, un muchacho hijo de esclavos, pendenciero y
audaz. Un día, jugando a las cartas con unos
desconocidos en un bohío apartado y convertido en
garito, Tomás se dio cuenta que les hacían trampas y en
la bronca que se armó mató a uno de ellos a machetazos y
huyó. Manuel García no le vería más pero le dejó
inculcado ese espíritu aventurero, valiente y decidido
que le acompañó toda su vida.
Cuando
murió el padre, madre e hijo buscaron fortuna en La
Habana y Bejucal, antes de establecerse en Quivican,
dedicándose a las labores del campo. Manuel García se
convirtió en un laborioso agricultor. Conoció a la joven
Rosario Vázquez a quien todos conocían como Charito y se
casaron. En un guateque pueblerino, el alcalde se
obstinó en bailar con Charito. Ella se negó y él la
humilló. Manuel abofeteó al regidor y lo retó a un duelo
a machetazos, pero el acobardado funcionario, se escudo
en su autoridad y lo envió a la cárcel por un tiempo.
Unas semanas después de ser liberado, Manuel García fue
a ver a su madre que ahora vivía con José García
Gallardo, un rico hacendado de la zona; llegó en los
momentos en que ella era brutalmente golpeada por el
amante. Lleno de rabia y venganza sacó su afilado
machete y lo hirió de gravedad. Para no ir de nuevo a la
cárcel huyó y se unió a la banda de
Perico Torres,
un conocido bandolero que merodeaba por las zonas de
Güines, Quivicán y Bejucal, e incluso, atrevidamente,
incursionaba también en la ciudad de Matanzas.
Después de estar un tiempo en la partida de Perico
decidió formar su propia cuadrilla. Tenía veinticuatro
años y muy pronto se hizo famoso por sus audaces
asaltos y
secuestros de personas adineradas. Eludió cuantas
celadas le tendieron las fuerzas coloniales gracias a la
protección que le brindaron los guajiros. Estos le
avisaban de la proximidad de los guardias civiles, lo
ocultaban en cuevas y montes y le procuraban alimentos
y pertrechos. Esta ayuda franca de la gente del campo
era motivada porque Manuel García no olvidó su esencia
guajira, ni el rudo trabajar de la tierra, ni las
miserias vividas, ni los abusos de las autoridades. Con
el botín que obtenía en sus andazas alivió muchos
sufrimientos de las familias pobres de la llanura
Habana-Matanzas-Santa Clara que lo aclamaban como el Rey
de los Campos de Cuba. El titulo le gustó y lo calzó en
su firma cuando enviaba las misivas de rescate,
exigencias de dinero o en mensajes a la prensa.
Terminadas la Guerra de los Diez Años y la Guerra
Chiquita, muchos patriotas marcharon a otros países para
reorganizarse y continuar
la lucha por la independencia y libertad de Cuba.
También
salieron algunos jefes de bandas y Manuel García lo
haría en compañía de su esposa en 1885, instalándose en
Cayo Hueso. Trabajó en la
tabaquería de Eduardo Hidalgo Gato y se integró al Club
Patriótico Cubano aprendiendo de las experiencias de los
hombres que durante diez años defendieron sus ideales en
los campos de batalla.
En ese ambiente de patriotismo, unido a sus ardientes
deseos de regresar a Cuba, no tuvo inconveniente en
enrolarse a una pequeña expedición organizada por el
brigadier Juan Fernández Ruz,
con el propósito de crear las condiciones necesarias
para la guerra libertadora que se gestaba. En
septiembre de 1887, Manuel García con los grados de
comandante conferidos por el brigadier, abordó, junto
con tres combatientes más, un pequeño velero de pesca
que los llevó a Puerto Escondido, en
la costa
norte de Matanzas.
De
nuevo en las antiguas zonas donde operaba, reagrupó
a su cuadrilla y la armó
con los
llamados rifles “relámpago”, filosos machetes Colling,
revólveres Smith y cuchillos de monta. Cada uno de sus
doce hombres cargaba también cincuenta cartuchos, mantas
y hamacas y cabalgaban en briosos caballos con
elegantes monturas mejicanas. Tal como se lo ordenaron
contactó y colaboró con los jefes de los grupos
revolucionarios de La Habana y Matanzas, buscó lugares
propicios para desembarcar expediciones y refugios
seguros, fustigo a patrullas españolas y organizó entre
los guajiros un sistema de información que permitía
conocer y transmitir los movimientos de las tropas
españolas. Como los días pasaban y los jefes mambises
necesitaban más tiempo y recursos para preparar y
comenzar la lucha, Manuel García volvió a su antiguo
oficio de bandolero para sostenerse y contribuir a la
causa de la libertad.
En
los años siguientes y durante la “época de zafra”, el
famoso bandolero amenazaba a los hacendados con quemar
sus campos de caña si no le pagaban algún dinero,
mientras que en el llamado “tiempo muerto”, lo dedicaba
a secuestrar ricos para obtener rescate. Parte de estos
dineros lo entregaba al General Julio Sanguily y otros
jefes de La Habana y Matanzas para comprar armas.
En el
mes de diciembre de 1894, Manuel García realizó el
secuestro más importante de todos los que había
realizado hasta entonces. Bien trajeado con un uniforme
de oficial español y acompañado de uno de sus hombres
disfrazado de sargento, fue a la casa de
vivienda del ingenio El Carmen, cerca de Jaruco, para
secuestrar, nada menos, que a
Don Rafael Fernández de
Castro y Castro, Gobernador Civil de la provincia de La
Habana y Diputado por la Isla de Cuba a las Cortes
Españolas. Como el político no se encontraba allí,
Manuel García se llevó a su hermano Antoñico.
La
Familia Fernández de Castro pagó la fabulosa suma de
ocho mil pesos en monedas de oro por su rescate. Cuando
fue liberado, el Gobernador Civil ofreció la tentadora
recompensa de 20,000 pesos oro por la cabeza del Rey de
los Campos de Cuba. La prensa de la época destacó tanto
el secuestro como las increíbles sumas de dinero que se
manejaron para el rescate y la recompensa.
Todo el
oro que recibió Manuel García de éste rescate lo envió a
Juan Gualberto Gómez, delegado en Cuba del Partido
Revolucionario Cubano, quien inmediatamente le escribió
a Jose Marti para que determinara el destino de ese
dinero. Marti le ordenó que lo devolviera inmediatamente
y argumentaba:. “La Revolución solicita el concurso
de todos los cubanos; Manuel García es un cubano; si
mañana, pronunciado el movimiento, él se incorpora a las
filas cubanas, allá será lo que sus hechos y
merecimientos le permitan que sea, al igual que
cualquiera de los creadores y fundadores de la Patria;
pero con su vida actual nosotros no tenemos conexión.
Manuel García respetó
la decisión de Marti y sin ningún resentimiento acató la
orden de Juan Gualberto Gómez
y Antonio López
Coloma de unirse a las fuerzas
que se
concentrarían en el pueblo de Ibarra, uno de los
lugares previstos para el levantamiento independentista
en la provincia de Matanzas, el 24 de febrero de 1895.
Le aguardaba el nombramiento de Jefe de la escolta del
General Pedro Betancourt, jefe militar de la provincia
de Matanzas.

Poblado de
Ceiba Mocha en 1918 la primera casa a la
derecha era la tienda de José Fraguera. Foto
de la revista Nuevo Mundo. |
El día 23,
en el poblado de Ceborucal, Manuel García se
alzó con unos cuarenta hombres y emprendió
la marcha rumbo a Ibarra dando vivas a Cuba
libre. Alrededor de las ocho de la noche
llegó a Ceiba Mocha e hizo un alto en la
tienda del pueblo para abastecerse y, en
nombre de la República de Cuba, le pidió al
dueño, José Fraguera, dinero y las
provisiones necesarias para sus hombres. El
Rey de los campos de Cuba le extendió a
Fraguera un recibo por los 90 centenes, 3
luises y 60 pesos plata que le |
|
entregó.
Cuando se disponían a continuar viaje,
llegaban el sacristán de la iglesia de
Jaruco Felipe Díaz de la Paz y el guardia
civil del mismo pueblo Vicente Pérez, para
tomar unas cervezas en la tienda. Comenzó un
tiroteo. El guardia fue herido y huyó, pero
el sacristán, que también estaba armado,
disparó sin tino sobre el grupo cubano
alcanzando a Manuel Garcia, quien cayó
muerto del caballo. El mulato José
Plasencia, al ver a su jefe en el suelo y
ensangrentado salto sobre el ácolito y lo
mató a machetazos. Esta es la versión más
difundida y que, con los estilos y talentos
propios de cada periodista, publicaron los
principales diarios en aquellos días.
|
Otros periódicos informaron que su muerte ocurrió al
disparársele accidentalmente el arma que portaba, o que
cayó en un enfrentamiento con las fuerzas españolas
aunque no hubo ninguna confirmación de combates en la
zona.
Sin embargo, los testimonios de algunos alzados, que
fueron recogidos posteriormente por los periodistas
Eduardo Varela Zequeira, Álvaro de la Iglesia y otros
más, coinciden en cuanto al alzamiento en Seborucal, el
abastecimiento de la partida en Ceiba Mocha y el tiroteo
en que resultó herido el guardia civil y muerto el
sacristán de Jaruco. Pero afirman que todos los alzados
salieron ilesos, incluyendo a su jefe que ordenó la
marcha hacía Ibarra.
|
Como era su
costumbre, Manuel García después de cabalgar
un rato, se adelantó con dos de sus
prácticos - Fidel Fundora y Alfredo Ponce -
para reconocer la zona y evitar ser
sorprendidos. Mientras la tropa marchaba al
paso, los tres avanzados se perdieron en el
camino. Unos minutos después se escuchó un
disparo de fusil y después otros. Todos
corrieron en zafarrancho de combate hacia el
lugar y encontraron a Manuel García
agonizando y un poco más adelante a Alfredo
Ponce.
Fidel
Fundora había desaparecido y también las
bolsas de dinero y la documentación que
llevaba Manuel García en sus alforjas. Era
evidente que Rey de los Campos de Cuba había
sido asesinado por la codicia y la traición
de uno de sus hombres. |

El cadáver de Manuel García muerto en el
Cementerio de Ceiba Mocha. Fotógrafo:
Higinio Martinez. |
Los alzados estaban desconcertados, muerto el jefe se
dispersaron, dejando abandonado el cadáver a la orilla
del camino. Unas horas después una patrulla española lo
halló llevándolo al Cementerio de Ceiba Mocha donde fue
reconocido y exhibido. El reportero de La Discusión
Eduardo Varela Zequeira y el fotógrafo de La
Caricatura, Higinio Martínez fueron los primeros
periodistas en llegar y telegrafiar la noticia. El
cuerpo de Manuel García fue enterrado en el cementerio,
y meses después su amigo Luís Mouriño exhumo los restos
secretamente y los guardó en la Finca La Julia.

Cementerio de Ceiba Mocha donde fue
identificado y expuesto el cadáver de Manuel
García. Foto de la revista Nuevo Mundo. |
Con el
tiempo, el nombre de Fidel Fundora se fue
relacionando con la recompensa que ofreciera
el Gobernador de La Habana Rafael Fernández
de Castro. También con la amistad de alguno
de los conocidos patriotas que recibieron
dineros de Manuel García para comprar armas
y lo derrocharon en juergas y juegos.
En la
colonia, la prensa españolista distorsionaba
cuanto hacia por la revolución como crímenes
de un despiadado bandolero que |
|
aterrorizaba las llanuras matanceras. En la
Republica, fue el protagonista romántico y
justiciero del cine, series radiales,
folletines, postalitas y novelas:
idolatrado por lo niños, soñado por
quinceañeras y héroe de todos. |
Pero ni los exagerados titulares de los diarios
sensacionalistas coloniales, ni la imagen novelera
divulgada en la Republica ofrecieron la verdadera imagen
de este campesino que, obligado por los abusos de las
autoridades y los poderosos, se alzó en los campos como
bandolero y al llamado mambi, abrazó su causa por la
cual luchó y murió.
El
24 de febrero del 2000, fueron colocados los restos de
Manuel García en el panteón que fue construido en el
cementerio de Ceiba Mocha para perpetuar su memoria.
Alli se recordó la verdadera historia de su vida y su
aporte a la libertad de Cuba.
Fuentes:
·
Eduardo Várela Zequeira: Entrevista a Manuel García
diario La Discusión 1 de febrero de 1895
·
Periódico La Caricatura 3 marzo de 1895
·
Alvaro de la Iglesia: Manuel García, rey
de los campos de Cuba: su vida y
sus hechos. Imprenta
La Comercial, 1895
·
Juan
Gualbeto Gómez
“Algunos preliminares de la revolución de 1895”
Conferencia ofrecida en el Ateneo de la Habana
en 1913
·
Eduardo Zamacois: revista
Nuevo
Mundo,
Madrid, 18 de marzo de 1919
·
Gerardo Castellanos: Paseos efímeros, Editorial
Hermes, La Habana 1930 pp 32-34
(Cubaperiodistas.cu)