|
Goicuría: máquina sumadora de asesinatos
Jorge Oller Oller
En 1956, un
grupo de jóvenes revolucionarios liderados por
Reynold García, defraudados por las falsas
promesas de ayuda y apoyo de los cabecillas de
la OA (Organización Auténtica) perteneciente a
uno de los partidos políticos tradicionales, se
dispusieron a obrar por su cuenta para combatir
al Gobierno dictatorial de |

Cuando llegaron
los primeros periodistas se encontraron con los
cadáveres de diez de los asaltantes colocados
al lado de uno de los camiones que utilizaron
para la acción. Foto González-Regueral. |
|
Fulgencio
Batista. Inspirados en la gesta del Moncada,
realizada tres años atrás por Fidel Castro y sus
compañeros, con mucho valor y escasos recursos
decidieron atacar al cuartel Domingo Goicuría de
la ciudad de Matanzas. |
En
la mañana del 29 de abril de 1956, Reynold y sus
hombres se reunieron en la mina de pirita cobriza
llamada Margot situada a ocho kilómetros de Matanzas,
para asaltar la plaza militar más importante del
territorio matancero. Al mediodía, después de
distribuir las armas y repasar los pormenores del
asalto, la vanguardia de los combatientes con su líder a
la cabeza se ocultó debajo de unas lonas en las camas de
dos camiones, el resto se acomodó en varios autos y
partieron hacia la fortaleza. Pensaban que los camiones
entrarían sin tropiezos porque habitualmente se
abastecían de gasolina en el garaje del cuartel y
sorprenderían a la guarnición. Los complotados que iban
en los autos rodearían el cuartel para hostigarlo e
impedir la retirada de sus ocupantes.

Llegada del
prisionero Julio Rodríguez. Foto Glez-Regueral. |
Desde hacía
días la tropa del Goicuría estaba acuartelada y
en alerta. Temían que algo pasaría. Por eso uno
de los soldados que observaba los camiones notó
unos movimientos extraños en las lonas de uno de
los vehículos y dio la alarma. Las
ametralladoras del cuartel abrieron fuego y el
primero en caer fue Reynold García. Los
inexpertos asaltantes recibieron el fuego desde
todos los flancos y no tuvieron otro camino que
salir de aquel infierno y dispersarse por la
ciudad, perseguidos por los soldados. No hubo
ninguna baja entre los militares, pero los
revolucionarios dejaron diez muertos
|
|
en la explanada
que fueron amontonados al lado de uno de los
camiones. |
La
noticia del asalto se supo rápidamente en La Habana y la
prensa se movilizó. Alrededor de las cuatro de la tarde
llegó al cuartel Goicuría la camioneta del Noticiero
Nacional de Cine con los primeros periodistas. Eran
Manolo Alonso, director de aquel periódico de la
pantalla; José Ramón González-Regueral, redactor que
traía una pequeña camarita Retina de 35 mm. y el
camarógrafo Marcelo Moiño Jr. Los recibió el jefe del
cuartel, el coronel Pilar García, con la cabeza
protegida por un casco de acero y empuñando una
ametralladora, lo acompañaba su hijo Irenaldo García
Báez y varios de sus secuaces. El coronel los autorizó a
tomar las fotos y películas que quisieran y él mismo
posó delante de los cuerpos de los caídos. La tropa
también quiso disputarse esa despiadada gloria y medio
borrachos se retrataron con los muertos.
|
Poco después
llegó el camarógrafo matancero Guillermo Miró,
corresponsal del Canal 4 de TV y de varios
periódicos de La Habana y Matanzas. El estaba
cerca del parque Libertad cuando escuchó el
tiroteo que provenía del barrio de Versalles y
se dirigió hacia allí en su automóvil. No pudo
cruzar el puente de La Concordia porque los
soldados estaban parapetados al otro lado
defendiendo esa entrada que conducía al cuartel
y disparaban a todo el que lo intentaba. Horas
más tarde, cuando los soldados pasaron el
puente, permitieron a Miró aproximarse al
|

Momento del
asesinato de Julio por el tiro de un soldsado
Foto Glez-Regueral. |
|
Goicuría por su
cuenta y riesgo. Llegó hasta la primera posta y
se identificó. Estando en esos trajines,
llegaron también los colegas de Alerta y Prensa
Libre. Todos fueron atendidos por el jefe de
prensa capitán González Acevedo quien los llevó
adonde estaba Pilar García y los periodistas del
Noticiero Nacional. El jefe del cuartel iba y
venía hablando de la bravura de sus soldados y
mostrando los 10 cadáveres esparcidos al lado de
uno de los camiones. Los periodistas anotaban y
los reporteros gráficos fotografiaban y filmaban
calladamente. |
De
repente un Cadillac verde entró en la explanada trayendo
a un prisionero. Era Julio Rodríguez, capturado y
herido en Ceiba Mocha. Lo sacaron del auto en el medio
de aquella turba de soldados que lo intimidaba e
insultaba. Las voces de los periodistas y algunos
uniformados llamaron a la calma y al respeto para aquel
indefenso preso. Fue inútil, aquellas palabras sensatas
eran ahogadas por el griterío irracional de la mayoría
de ellos que estaban ebrios de ron y de venganza.
González-Regueral que se había separado del grupo de
periodistas para meterse dentro de aquella vorágine,
tiraba fotos con su pequeña cámara. Nadie lo notaba
porque las miradas estaban centradas sobre el indefenso
hombre que lo llevaban casi arrastrando por las
escaleras del edificio. Tampoco repararon cuando retrató
a un soldado asesino que apuntaba y disparaba al preso
con su Springfield hiriéndolo gravemente. Tiró otra
foto más cuando el herido estaba en el suelo, aun con
vida. El ruido del motor de la cámara cinematográfica de
Moiño, le hizo volver la cabeza para ver como un
sargento buscaba el pecho del camarógrafo con la punta
del cañón de su ametralladora para advertirle que de
seguir tomando películas pudiera hacerle compañía a los
muertos. Regueral comprendió que debía actuar rápido
para proteger el valor testimonial de las fotos que
había captado y con mucha cautela sacó el rollo de la
cámara y lo escondió en una de sus medias, colocando un
nuevo rollo a la cámara. Siguió retratando con la mayor
naturalidad. En esa época las cámaras fotográficas de
los reporteros gráficos eran muy grandes pero la de él
pasaba inadvertida porque era de aficionado y tenía casi
el tamaño de una cajetilla de cigarros.

Julio cuando
agonizaba. Foto González-Regueral. |
Fotografió
de nuevo a los muertos y hasta se aventuró a
retratar a García Báez rematando al
moribundo con una bayoneta. Pero uno de los
secuaces de cruel asesino lo vio y le
arrebató la cámara. A golpes y empujones lo
llevó hasta su jefe quien quería eliminarlo.
Manolo Alonso que estaba hablando con el
teniente coronel Triana de la policía de
Matanzas, comprendió que algo malo le
sucedía al periodista y corrió a ayudarlo.
Trató de convencer a Irenaldo de que dejara
tranquilo al reportero pero se negó. Hubo
discusiones, amenazas, |
|
intimidaciones porque, si bien el militar
tenía la fuerza, el director del Noticiero
Nacional gozaba de excelentes relaciones en
las esferas de gobierno. Fue Triana, el
oficial de la policía matancero, quien zanjó
aquella peligrosa situación pidiéndolo a
González-Regueral el rollo fotográfico. Este
abrió la cámara, veló el rollo nuevo que
había colocado en la cámara y que
supuestamente tenía las fotos
comprometedoras y lo entregó. Los militares
quedaron conformes. |
Camino a la capital, González-Regueral sorprendió
extraordinariamente a Alonso y a Moiño cuando les contó
que había burlado a los asesinos escondiendo el rollo de
película en la media. Ninguno de ellos durmió aquella
noche porque estuvieron revelando, imprimiendo las
fotografías en los laboratorios del noticiero en el
Paseo del Prado y sobre todo pensando en el mejor medio
para divulgar aquel horrendo crimen.
|
Mientras, en
Matanzas, los cadáveres permanecían en la
explanada y eran retratados por fotógrafos y
camarógrafos de otros medios. Guillermo Miró,
que había ido a enviar los rollos para el Canal
4, regresó por la noche para acompañar a un
reportero de El Imparcial que pensaba
entrevistar a alguno de los participantes de
aquel hecho. Cuando entró al cuartel se fijó
que en lugar de los diez cadáveres que había
retratado por la tarde, ahora, a las diez de la
noche, había once. Era el cuerpo de Julio
Rodríguez, el joven asesinado en la escalera del
cuartel. Miró fotografió de nuevo la escena con
los |

Por la noche ya
no eran diez los cadáveres de los
revolucionarios sino once. Habían incluido al
del joven asesinado Julio García. Foto
Guillermo Miró. |
|
once cuerpos
sin vida, fue a su casa donde tenía su taller de
fotografía e hizo copias para el periódico El
Imparcial y también para las revistas Bohemia y
Life con las que colaboraba y partió para La
Habana. El Ejército permitió retratar a los
combatientes muertos hasta la madrugada para
después sacarlos secretamente del cuartel y
enterrarlos en fosas comunes del cementerio de
Matanzas. |
Por la mañana temprano Alonso y González-Regueral fueron
a ver a Henry Wallace, corresponsal de la revista Life
en Cuba y le contaron la historia y le proporcionaron
las fotos. Un poco mas tarde Miró le entregaba un grupo
de fotos que él había tomado en el Goicuría. Wallace
con las fotos de Regueral y de Miró partió esa misma
tarde hacia Nueva York.

Página de la
revista Life en español que denunciaba el
infame crimen. |
La lista
oficial de los asaltantes muertos en el
intento de ocupar la fortaleza fue entregada
por el Buró de Prensa del Ejército esa
madrugada. La relación ya no era de diez, ni
de once sino de 15 los “caídos en combate”
(léase asesinados) en el cuartel. Ellos
eran:
Reynold García,
Mario Vázquez, Francisco Alonso,
Carlos M. Álvarez,
Rolando Castillo,
Nelson Hernández,
Julio A. García,
Marino Jaime,
Gonzalo Quesada,
Julián R. Rodríguez,
Emilio Sabugüeiro,
José Fosca y
Marcos Veira. También estaban en la
lista los combatientes César Rodríguez
Alayón y Carlos Armengol Delgado, que
habían sido apresados al anochecer y
conducidos a los calabozos de la policía,
donde fueron entrevistados por Radio
Matanzas, antes de ser asesinados. La
macabra máquina sumadora de la tiranía
continuaba añadiendo asesinatos a su cuenta.
Los censores de Batista no permitieron a los
diarios publicar las |
|
fotografías
tomadas en el Goicuría, ni tampoco proyectar
esas escenas en el cine, ni la televisión. |
Si
embargo, lo que no esperaba la dictadura era que la
revista Life publicara el 21 de mayo de 1956 el
reportaje de la matanza en el Goicuría, con el
impresionante titulo de “10 cadáveres +1 prisionero =
11 cadáveres”. Con cuatro fotos de Regueral y una de
Miró mostraron al mundo los horrores y asesinatos de la
sangrienta dictadura que sufría Cuba.
Los periodistas del Noticiero Nacional que participaron
en este episodio emigrarían cuatro años después.
El
camarógrafo del Canal 4 de TV en Matanzas, Guillermo
Miró Perdomo fue también reportero grafico del periódico
El Imparcial y colaborador de varias revistas,
periódicos y agencias noticiosas. Durante más de
cincuenta años de constante noticiar retrató y filmó
las luchas estudiantiles contra la dictadura de Batista,
la invasión mercenaria a Playa Girón, los logros de la
Revolución y la mayoría de los sucesos más importantes
ocurridos en Matanzas. Al triunfar la Revolución, sin
apenas saber leer y escribir, alcanzó, con mucha
tenacidad y sacrificio, el titulo de Licenciado en
Periodismo. Durante sus últimos años fue corresponsal
del Noticiero Nacional de Televisión y obtuvo numerosos
premios y reconocimientos. Nació en Matanzas en 1925 y
falleció en esa misma ciudad en el 2009.
Los corajudos ataques a las fortalezas batistianas del
Moncada, el Goicuría, el Palacio Presidencial y otros
más, no tuvieron el éxito esperado, pero demostraron que
la juventud cubana estaba dispuesta a morir por los
ideales de Martí y del pueblo cubano. Al final, el
Primero de Enero de 1959, todos los cuarteles y fuertes
de la tiranía a lo largo y ancho del país, con sus miles
y miles de soldados entrenados y equipados con los más
modernos y sofisticados armamentos y abundante parque,
se rendían incondicionalmente a un puñado de valerosos
rebeldes pobremente armados. Quedaba demostrado que las
trincheras de ideas pueden mas que las trincheras de
piedra.
Fuentes:
Conversación con Guillermo Miró, camarógrafo del Canal 4
de TV en Matanzas, febrero de 1975.
J. R. Glez. Regueral: “Yo hice el
reportaje para “Life””, Carteles, febrero 1ro. de 1959,
pp.50,51, 97 y 98.
Revista
Life, 21 de mayo de 1956
p. 55
Revista
Life en español, 4 de junio de 1956. p. 67
(Cubaperiodistas)