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Jueves, 26 de Febrero de 2009

Grandes momentos del fotorreportaje cubano
 

La inauguración de la Plaza de la Fraternidad Americana

Jorge Oller Oller

El sueño más grande de Simón Bolívar era hermanar a las nacientes republicas latinoamericanas para que fueran más fuertes y pudieran preservar sus riquezas, su libertad y su soberanía de la codicia extranjera. Con este pensamiento El Libertador convocó en Panamá, en 1826, a la primera reunión de las naciones recién fundadas para promover la unión panamericana. No tuvo el éxito que ansiaba  porque sus ideas chocaron con la de los Estados Unidos que practicaba solapadamente una política de división, intervencionismo y rapiña.

Después de la muerte de Bolívar en 1830, los países americanos


La ceiba en San Antonio de los Baños con los campesinos que la sembraron antes de ser
trasladada al Parque de la Fraternidad.
Foto Archivo de Bohemia

continuaron los intentos de unirse pero no obtuvieron avances significativos.  En 1889 se efectuó en la capital norteamericana la Primera Conferencia Panamericana. Luego otras: Ciudad de México en 1901; Río de Janeiro en 1906;  Buenos Aires en 1910 y en Santiago de Chile en 1923. Aunque se  aprobaban distintos acuerdos la mayor parte de ellos favorecían los intereses monopolistas yanquis y consentían la intervención en los asuntos internos de otros estados. 

La sexta Conferencia Panamericana se celebró en La Habana, capital de la república más joven del continente. El entonces presidente Gerardo Machado estaba contento, porque por primera vez asistía a estas reuniones un presidente de los Estados Unidos, Calvin Coolidge, a quien pudo mostrar su ambicioso plan de obras públicas que incluía la restauración  del Parque y el Paseo de Martí, el Palacio Presidencial donde fue alojado, la Avenida de las Misiones y el Capitolio Nacional.  


La ceremonia de la inauguración  Foto Archivo de Bohemia

La Conferencia Panamericana fue inaugurada el 16 de enero de 1928 en el Gran Teatro del Centro Gallego por los presidentes Machado y Coolidge. Este último regresó a los Estados Unidos y quedó al frente de la representación norteamericana el ex secretario de Estado, Charles Evans Hughes. En los días siguientes se discutieron y firmaron varios convenios comerciales, de comunicaciones, aviación y otros protocolos de interés continental. 

Sin embargo, el tema candente era la
intervención militar de los Estados Unidos en las patrias latinoamericanas. Desde el primer Congreso  de Panamá, y a lo largo de 102 años, los estadounidenses invadieron y ocuparon una docena de países, cercenaron el territorio de México para incorporarlo a sus fronteras  y en los momentos en que se celebraba la conferencia, las fuerzas populares del  general Augusto César Sandino luchaban contra los soldados americanos que ocupaban a Nicaragua desde 1909. Trece de las veintiuna delegaciones condenaron con energía estos atropellos norteamericanos y presentaron un acuerdo prohibiéndolos.  El jefe norteamericano pudo maniobrar la conferencia con la ayuda sumisa de algunos lacayos, como Orestes Ferrara, que representaba con deshonor al gobierno de Gerardo Machado. La conferencia, lo mismo que las anteriores,  no obtuvo el consenso para condenar a los Estados Unidos y quedó pendiente para la siguiente reunión.  No importaron las voces indignadas de la mayoría de los delegados, ni la indignación del pueblo cubano que seguía con interés esos debates.

La conferencia, no obstante, tuvo un detalle que la distinguió de las anteriores: la siembra de una ceiba abonada con la tierra de todas las republicas de América  como un símbolo de la fraternidad americana. El entonces secretario de Obras Publicas, Carlos Miguel de Céspedes, proyectó aquel jardín al lado del Capitolio en construcción, y plantó la ceiba, tan cubana como la palma, por su nombre taíno, ser el mayor de nuestros árboles y no estar propensa a los rayos. La planta elegida había sido sembrada en una humilde casa de San Antonio de los Baños para celebrar el nacimiento del primer varón de la familia y tenía, como elemento indispensable, la misma edad de la República de Cuba.  Con todos los cuidados que requería fue trasladada al naciente parque.  

El 24 de febrero de 1828 se realizó la ceremonia de inauguración del Parque de la Fraternidad Panamericana. Sobre las raíces del joven árbol se esparcieron las gloriosas tierras de las republicas que habían  obtenido su independencia y libertad con sangre, bravura y patriotismo. Muchas de ellas habían sido liberadas por la espada del  propio Simón Bolívar.  Venezuela trajo tierra del jardín de la casa natal del Libertador.  Panamá del lugar donde Bolívar convocó al Primer Congreso Panamericano. Ecuador de las faldas del Pichincha, cuya batalla decidió su independencia y la del Perú. Bolivia envió  tierras de la Villa Imperial del Potosí, Colombia de los Jardines de San Carlos donde el Libertador residía como presidente de aquella república. Estados Unidos de Mount Vernon, lugar donde vivió y murió George Washington libertador de las colonias británicas en Norteamérica. Argentina extrajo las  tierras de la Plaza de Mayo donde proclamaron la Independencia, Chile de los campos gloriosos de Maipú. La República Dominicana envió las tierras de Baní, donde naciera Máximo Gómez,  mientras que Cuba regó tierra del ingenio La Demajagua donde Carlos Manuel de Céspedes dio el primer grito de libertad. Así quedaban unidas y alimentando la ceiba las tierras de los pueblos panamericanos.

La ceiba como vemos tiene una hermosa historia, pero también anécdotas que no son muy conocidas. Vamos a relatar dos. Una relacionada con los reporteros gráficos y la otra por un pensamiento de José Martí que está muy vigente en estos tiempos. 

La primera la titulamos “el secreto de la Secreta”

Machado escogió a los hombres más capaces para organizar y realizar el Congreso Panamericano, entre ellos a Alfonso Luis Fors jefe de la policía secreta que se encargó de la atención y protección de los dignatarios que participaron en la conferencia y en la ceremonia de inauguración de la Plaza de la Fraternidad.   

Fors era un oficial práctico y eficaz, aunque después de la reelección de Machado se convirtió en uno de los más temidos sicarios de la dictadura. Siguiendo las instrucciones de Machado el Jefe de la Secreta se reunió con todos los jefes de escolta y secretarios de los representantes de los países participantes y a nombre del Presidente les ofreció su ayuda y cooperación entregándoles informes y mapas que señalaban las actividades oficiales, el desplazamiento de los autos, las salidas de emergencia, los números de teléfonos para cualquier situación,  presentó a los edecanes cubanos que los acompañarían y contestó todas las preguntas que le hicieron. Todos agradecieron las amables palabras del jefe cubano y elogiaron su exquisita organización. Todos, menos el jefe del servicio secreto de Evans Hughes que se jactó de la superioridad


El Parque de la Fraternidad actualmente. Foto J. Oller

de sus guardaespaldas, graduados todos en escuelas especiales, expertos en defensa personal y dotados con  las armas más modernas. Añadió que ya conocía cada uno de los lugares donde se movería su delegación y había tomado todas las medidas para su seguridad.  Fors no se inmutó. Ante el asombro de todos, con modales caballerescos, felicitó al yanqui por su equipo y le entregó su tarjeta por si alguna vez necesitaba sus servicios. Y dio por terminada la reunión.

Cuando Fors llegó a su oficina ya tenia elaborado un plan para bajarle los humos a aquel alardoso que se hacia llamar Joe. Mandó a buscar a "Palomita", un célebre y hábil  carterista habanero que guardaba prisión en el Castillo del Príncipe y le pidió un discreto servicio a cambio de su libertad. También llamó a Antonio Bastían Espinosa, reportero gráfico de la plana policíaca del Heraldo de Cuba para que enseñara a “Palomita” el manejo de la cámara fotográfica y cómo moverse en las actividades noticiosas.   

El día de la inauguración del Parque de la Fraternidad los policías al mando de Fors estaban en sus posiciones y los inquietos fotógrafos iban de un lado a otro retratando los incidentes de la ceremonia, entre ellos estaba "Palomita" con la cámara "Graflex" de Bastían en la mano y una credencial del Heraldo de Cuba. Durante la ceremonia, como estaba previsto, cada  Presidente o representante echó un puñado de tierra de su país sobre la simbólica ceiba. Cuando el representante norteamericano aguardaba para echar la tierra de la casa donde vivió Washington no sintió el fugaz roce de un fotógrafo que pasó por su lado mientras  "retrataba" a las distintas personalidades. Sus ayudantes y escoltas no observaron nada extraño. 

Al regresar a la Embajada Evans Hughes notó que había perdido su billetera. La buscó y rebuscó por todos los lados y también el llamado Joe y sus agentes. No estaba ni en las habitaciones, ni en el auto, ni en los lugares donde había estado el jerarca yanqui. A Joe no le quedó otro remedio que solicitar el auxilio del policía criollo. 

El oficial cubano había esperado tranquilamente en su oficina la llamada telefónica de los yanquis y disfrutaba calladamente la solicitud que le hacían para que tratara de encontrar la billetera. Billetera que él tenía en sus manos desde que salió del bolsillo de su dueño. Cuando Joe terminó de darle todos los datos del contenido, forma y color, le respondió secamente  – Bien,  vamos a ver lo que podemos hacer, y colgó. Dirigiéndose a "Palomita" que estaba a su lado le dijo – Yo soy leal a mi palabra, vete, pero no pienses que es una patente de corso, si vuelves a las andadas te regreso al castillo.  

Unas horas más tarde, todo emperifollado llamó a la Legación y dijo que estaba en camino con la cartera “perdida”. Joe lo esperaba en la puerta. Le tenía preparado un suculento buffet y unos magníficos regalos. Fors entregó la billetera y le dijo con mucha calma e ironía: - Aquí tiene usted lo que mister Evans perdió, es lamentable que a sus superagentes no les enseñaran a cuidar las pertenencias de los jefes, pero quizás nuestra modesta policía pudiera darle clases de ello y dio media vuelta dejando plantado a Joe con sus golosinas y presentes.  

El otro relato ocurrió veinte años después. En los tiempos de los escandalosos robos del  diamante del Capitolio, los jarrones y el rabo de uno de los leones que adornaban el paseo de Martí y hasta las tarjas de bronce de varias estatuas de patricios que se alzaban en diversos parques y avenidas de la ciudad. Era la moda de un régimen de latrocinio y gangsterismo. La ceiba no la robaron porque esta defendida por una cortina de lanzas pero no pudieron impedir que se llevaran la placa de bronce que presidía la puerta de la verja que rodea el árbol y que tenía grabado este pensamiento de nuestro prócer José Martí:  

“Es la hora de recuento y la marcha unida y hemos de andar en cuadro  apretado, como la plata en las raíces de los Andes”  

El bronce no se encontró, desapareció, lo que no ha desapareció de la conciencia de los pueblos es la frase que tenia cincelada. La ceiba ha crecido alimentada por tierras hermanas. Así crece también la fraternidad  panamericana y bolivariana.  

Fuentes:

Periódico El Heraldo de Cuba febrero de 1928

R. Vasconcelos, “Redescubrimiento de Cuba” Revista Bohemia  abril 21 de 1946 pp. 40,41 y 42

Conversación con Francisco “Panchito” Pérez Recio, reportero gráfico de El País, Ministerio de Comunicaciones, 1982

Conversación con Antonio Bastian Espinosa,  reportero gráfico de la plana policíaca del Heraldo de Cuba, julio de 1971

(Cubaperiodistas)
 

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