La
sexta Conferencia Panamericana se celebró en La Habana,
capital de la república más joven del continente. El
entonces presidente Gerardo Machado estaba contento,
porque por primera vez asistía a estas reuniones un
presidente de los Estados Unidos, Calvin Coolidge, a
quien pudo mostrar su ambicioso plan de obras públicas
que incluía la restauración del Parque y el Paseo de
Martí, el Palacio Presidencial donde fue alojado, la
Avenida de las Misiones y el Capitolio Nacional.
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La ceremonia de
la inauguración Foto Archivo de Bohemia |
La Conferencia
Panamericana fue inaugurada el 16 de enero de
1928 en el Gran Teatro del Centro Gallego por
los presidentes Machado y Coolidge. Este último
regresó a los Estados Unidos y quedó al frente
de la representación norteamericana el ex
secretario de Estado, Charles Evans Hughes. En
los días siguientes se discutieron y firmaron
varios convenios comerciales, de comunicaciones,
aviación y otros protocolos de interés
continental.
Sin embargo, el tema candente era la
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intervención
militar de los Estados Unidos en las patrias
latinoamericanas. Desde el primer Congreso de
Panamá, y a lo largo de 102 años, los
estadounidenses invadieron y ocuparon una docena
de países, cercenaron el territorio de México
para incorporarlo a sus fronteras y en los
momentos en que se celebraba la conferencia, las
fuerzas populares del general Augusto César
Sandino luchaban contra los soldados americanos
que ocupaban a Nicaragua desde 1909. Trece de
las veintiuna delegaciones condenaron con
energía estos atropellos norteamericanos y
presentaron un acuerdo prohibiéndolos. El jefe
norteamericano pudo maniobrar la conferencia con
la ayuda sumisa de algunos lacayos, como Orestes
Ferrara, que representaba con deshonor al
gobierno de Gerardo Machado. La conferencia, lo
mismo que las anteriores, no obtuvo el consenso
para condenar a los Estados Unidos y quedó
pendiente para la siguiente reunión. No
importaron las voces indignadas de la mayoría de
los delegados, ni la indignación del pueblo
cubano que seguía con interés esos debates. |
La
conferencia, no obstante, tuvo un detalle que la
distinguió de las anteriores: la siembra de una ceiba
abonada con la tierra de todas las republicas de
América como un símbolo de la fraternidad americana. El
entonces secretario de Obras Publicas, Carlos Miguel de
Céspedes, proyectó aquel jardín al lado del Capitolio en
construcción, y plantó la ceiba, tan cubana como la
palma, por su nombre taíno, ser el mayor de nuestros
árboles y no estar propensa a los rayos. La planta
elegida había sido sembrada en una humilde casa de San
Antonio de los Baños para celebrar el nacimiento del
primer varón de la familia y tenía, como elemento
indispensable, la misma edad de la República de Cuba.
Con todos los cuidados que requería fue trasladada al
naciente parque.
El
24 de febrero de 1828 se realizó la ceremonia de
inauguración del Parque de la Fraternidad Panamericana.
Sobre las raíces del joven árbol se esparcieron las
gloriosas tierras de las republicas que habían obtenido
su independencia y libertad con sangre, bravura y
patriotismo. Muchas de ellas habían sido liberadas por
la espada del propio Simón Bolívar. Venezuela trajo
tierra del jardín de la casa natal del Libertador.
Panamá del lugar donde Bolívar convocó al Primer
Congreso Panamericano. Ecuador de las faldas del
Pichincha, cuya batalla decidió su independencia y la
del Perú. Bolivia envió tierras de la Villa Imperial
del Potosí, Colombia de los Jardines de San Carlos donde
el Libertador residía como presidente de aquella
república. Estados Unidos de
Mount
Vernon, lugar donde vivió y murió George Washington
libertador de las colonias británicas en Norteamérica.
Argentina extrajo las tierras de la Plaza de Mayo donde
proclamaron la Independencia, Chile de los campos
gloriosos de Maipú. La República Dominicana envió las
tierras de Baní, donde naciera Máximo Gómez, mientras
que Cuba regó tierra del ingenio La Demajagua donde
Carlos Manuel de Céspedes dio el primer grito de
libertad. Así quedaban unidas y alimentando la ceiba las
tierras de los pueblos panamericanos.
La
ceiba como vemos tiene una hermosa historia, pero
también anécdotas que no son muy conocidas. Vamos a
relatar dos. Una relacionada con los reporteros gráficos
y la otra por un pensamiento de José Martí que está muy
vigente en estos tiempos.
La
primera la titulamos “el secreto de la Secreta”
Machado escogió a los hombres más capaces para organizar
y realizar el Congreso Panamericano, entre ellos a
Alfonso Luis Fors jefe de la policía secreta que se
encargó de la atención y protección de los dignatarios
que participaron en la conferencia y en la ceremonia de
inauguración de la Plaza de la Fraternidad.
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Fors era un
oficial práctico y eficaz, aunque después de la
reelección de Machado se convirtió en uno de los
más temidos sicarios de la dictadura. Siguiendo
las instrucciones de Machado el Jefe de la
Secreta se reunió con todos los jefes de escolta
y secretarios de los representantes de los
países participantes y a nombre del Presidente
les ofreció su ayuda y cooperación entregándoles
informes y mapas que señalaban las actividades
oficiales, el desplazamiento de los autos, las
salidas de emergencia, los números de teléfonos
para cualquier situación, presentó a los
edecanes cubanos que los acompañarían y contestó
todas las preguntas que le hicieron. Todos
agradecieron las amables palabras del jefe
cubano y elogiaron su exquisita organización.
Todos, menos el jefe del servicio secreto de
Evans Hughes que se jactó de la superioridad
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El Parque de la
Fraternidad actualmente. Foto J. Oller |
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de sus
guardaespaldas, graduados todos en escuelas
especiales, expertos en defensa personal y
dotados con las armas más modernas. Añadió que
ya conocía cada uno de los lugares donde se
movería su delegación y había tomado todas las
medidas para su seguridad. Fors no se inmutó.
Ante el asombro de todos, con modales
caballerescos, felicitó al yanqui por su equipo
y le entregó su tarjeta por si alguna vez
necesitaba sus servicios. Y dio por terminada la
reunión. |
Cuando Fors llegó a su oficina ya tenia elaborado un
plan para bajarle los humos a aquel alardoso que se
hacia llamar Joe. Mandó a buscar a "Palomita", un
célebre y hábil carterista habanero que guardaba
prisión en el Castillo del Príncipe y le pidió un
discreto servicio a cambio de su libertad. También llamó
a Antonio Bastían Espinosa, reportero gráfico de la
plana policíaca del Heraldo de Cuba para que enseñara a
“Palomita” el manejo de la cámara fotográfica y cómo
moverse en las actividades noticiosas.
El
día de la inauguración del Parque de la Fraternidad los
policías al mando de Fors estaban en sus posiciones y
los inquietos fotógrafos iban de un lado a otro
retratando los incidentes de la ceremonia, entre ellos
estaba "Palomita" con la cámara "Graflex" de Bastían en
la mano y una credencial del Heraldo de Cuba. Durante la
ceremonia, como estaba previsto, cada Presidente o
representante echó un puñado de tierra de su país sobre
la simbólica ceiba. Cuando el representante
norteamericano aguardaba para echar la tierra de la casa
donde vivió Washington no sintió el fugaz roce de un
fotógrafo que pasó por su lado mientras "retrataba" a
las distintas personalidades. Sus ayudantes y escoltas
no observaron nada extraño.
Al
regresar a la Embajada Evans Hughes notó que había
perdido su billetera. La buscó y rebuscó por todos los
lados y también el llamado Joe y sus agentes. No estaba
ni en las habitaciones, ni en el auto, ni en los lugares
donde había estado el jerarca yanqui. A Joe no le quedó
otro remedio que solicitar el auxilio del policía
criollo.
El
oficial cubano había esperado tranquilamente en su
oficina la llamada telefónica de los yanquis y
disfrutaba calladamente la solicitud que le hacían para
que tratara de encontrar la billetera. Billetera que él
tenía en sus manos desde que salió del bolsillo de su
dueño. Cuando Joe terminó de darle todos los datos del
contenido, forma y color, le respondió secamente –
Bien, vamos a ver lo que podemos hacer, y colgó.
Dirigiéndose a "Palomita" que estaba a su lado le dijo –
Yo soy leal a mi palabra, vete, pero no pienses que es
una patente de corso, si vuelves a las andadas te
regreso al castillo.
Unas horas más tarde, todo emperifollado llamó a la
Legación y dijo que estaba en camino con la cartera
“perdida”. Joe lo esperaba en la puerta. Le tenía
preparado un suculento buffet y unos magníficos regalos.
Fors entregó la billetera y le dijo con mucha calma e
ironía: - Aquí tiene usted lo que mister Evans perdió,
es lamentable que a sus superagentes no les enseñaran a
cuidar las pertenencias de los jefes, pero quizás
nuestra modesta policía pudiera darle clases de ello y
dio media vuelta dejando plantado a Joe con sus
golosinas y presentes.
El
otro relato ocurrió veinte años después. En los tiempos
de los escandalosos robos del diamante del Capitolio,
los jarrones y el rabo de uno de los leones que
adornaban el paseo de Martí y hasta las tarjas de bronce
de varias estatuas de patricios que se alzaban en
diversos parques y avenidas de la ciudad. Era la moda de
un régimen de latrocinio y gangsterismo. La ceiba no la
robaron porque esta defendida por una cortina de lanzas
pero no pudieron impedir que se llevaran la placa de
bronce que presidía la puerta de la verja que rodea el
árbol y que tenía grabado este pensamiento de nuestro
prócer José Martí:
“Es la hora de recuento y la marcha unida y hemos de
andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces
de los Andes”
El
bronce no se encontró, desapareció, lo que no ha
desapareció de la conciencia de los pueblos es la frase
que tenia cincelada. La ceiba ha crecido alimentada por
tierras hermanas. Así crece también la fraternidad
panamericana y bolivariana.
Fuentes:
Periódico El Heraldo de Cuba febrero de
1928
R. Vasconcelos, “Redescubrimiento de
Cuba” Revista Bohemia abril 21 de 1946 pp. 40,41 y 42
Conversación con Francisco “Panchito”
Pérez Recio, reportero gráfico de El País, Ministerio de
Comunicaciones, 1982
Conversación con Antonio Bastian Espinosa, reportero
gráfico de la plana policíaca del Heraldo de Cuba, julio
de 1971
(Cubaperiodistas)