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Miércoles, 06 de Febrero de 2008

Grandes momentos del fotorreportaje cubano
 

El primer vuelo de un avión en Cuba

Jorge Oller Oller

Es la tarde del domingo 7 de mayo de 1910 y las gradas del hipódromo del Almendares están repletas de curiosos para presenciar el primer vuelo de un avión en La Habana, en Cuba. Se trata de un aparato más pesado que el aire capaz de


Biplano Voisin, primer avión que voló en Cuba.

trasladar personas de un lugar para otro haciendo realidad la milenaria y fantástica leyenda de Dédalo e Icaro.

Mientras sitúan el biplano en posición, los espectadores observan y evocan las historias que contaban los abuelos del primer globo aerostático que se elevó en la Plaza de Armas de La Habana el 19 de marzo de 1828 como parte de los festejos de la inauguración del Templete. Era tripulado por el francés M. Robenson y fue a parar al pueblo de Nazareno, cerca de Managua.

También recuerdan que el 28 de junio de 1856, Matías Pérez, un comerciante portugués radicado en La Habana, había construido un globo que bautizó con el nombre de La Villa de París. El ascenso se efectuó en el Campo de Marte. La ventisca lo elevó rápidamente y lo llevó lejos. Tan lejos que  jamás se supo de él o de su artefacto. Algunos, socarronamente, preguntan ¿Volará como Matías Pérez? 

Otros, más actualizados, revelan que Buenos Aires y ahora La Habana, son las primeras ciudades de América Latina que han organizado y disfrutado este espectáculo  aéreo.


Bellot y el avión antes y después del accidente.

Los comentarios concluyen cuando el francés André Bellot, piloto de la fábrica de aviones Voisin ocupa su lugar en el fuselaje y su compatriota, el mecánico Medellín, inspecciona una vez más el motor, las alas, los hilos metálicos que controlan los alerones y el timón para asegurar que todo está en perfecto orden. Es entonces que echan a andar el motor de 60 HP y el aparato alado cobra vida y retumba. Su ruido infernal se confunde con los aplausos y gritos de los espectadores. El fotógrafo de la revista El Fígaro,
Rafael B. Santa Coloma, ha plantado en el terreno el trípode y su enorme cámara y toma fotografías.

Poco a poco la máquina alada comienza a moverse y corre por la improvisada pista de tierra. Se eleva. Alcanza unos 25 metros de altura. Es el momento que Bellot gira el mando para tomar el rumbo que ha previsto.  Sin embargo, al hacerlo, el avión sufre una fuerte sacudida porque el viento se ha vuelto fuerte y ha torcido y separado los planos izquierdos de las alas.  No hay nada que hacer. Tanto el aviador como el avión caen en un matorral cercano a la costa.

Los más ligeros, entre ellos Santa Coloma con su cámara a cuestas,  corren a socorrer al piloto.  El avión está destruido y piensan lo peor. Sin embargo, entre los matorrales aparece tambaleante Bellot, que afortunadamente solo tiene contusiones en la cara y las piernas

No obstante este accidente que le pudo haber costado la vida, Bellot inicia la rica historia de la aviación cubana. 

Las fotografías que ilustran esta reseña son de Rafael B. Santa Coloma redactor fotográfico – así llamaban entonces a los fotorreporteros – de la revista literaria El Fígaro.  Nació en Madrid, España, el 15 de marzo de 1867. Tenía un carácter recio, amplia cultura y singulares costumbres. En su juventud había sido torero, maestro, periodista y era un gran aficionado a la fotografía.

A los veintidós años de edad  vino a La Habana y comenzó a dar clases de Matemáticas en el Colegio Don Meliton y en la escuela nocturna del Centro Asturiano. También publicaba poemas y crónicas en varios medios de prensa habaneros. En


Santa Coloma está considerado el mejor fotoperiodista del primer cuarto del siglo XX.

1903 abandonó el magisterio para dedicarse exclusivamente a la fotografía periodística en la revista El Fígaro. Trabajó también en El Hogar, La Discusión, La Nación y al fundarse el Heraldo de Cuba, en diciembre de 1913, fue nombrado jefe de fotografía, labor que desempeñó hasta su muerte  ocurrida el 11 de julio de 1929.

Santa Coloma era muy extravagante.  Las únicas prendas que vestía eran  filipina (especie de chaqueta de dril) y pantalón blancos. Tenía una amplia colección de ellos.  Cuentan que en cierta ocasión su amigo, el empresario Bracales, lo invitó a la inauguración de la temporada de la Ópera en la que cantaría el gran tenor Enrique Caruso. Era el espectáculo más fastuoso que había conocido La Habana. Sin embargo, el fotógrafo declinó ir porque implicaba cambiar su vestimenta por la de etiqueta.

En otra oportunidad, un día del año 1906, disfrutaba la función de un afamado circo ruso en el teatro Payret.  En uno de los números se presentaba una gran jaula donde una domadora hacia gala de la obediencia de sus fieras. Inesperadamente un tigre se enfureció y la atacó hiriéndola de varios zarpazos. Santa Coloma rápidamente se convirtió de espectador en el protagonista de una acción heroica: entró en la jaula y rescató a la ensangrentada joven ante el asombro y admiración de la concurrencia. 

Le gustaba andar en  bicicleta y tuvo uno de los primeros automóviles que circularon en La Habana  al que le llamó la Chocolatera.

Su obra, de más de 30 años, ha dejado constancia fotográfica de los principales hechos ocurridos en La Habana en los primeros 25 años de historia republicana. 

Está considerado el mejor fotoperiodista del primer cuarto del siglo XX.

Fuentes:

- Revista El Fígaro.  Mayo 8 de 1910, p. 222
- Los Premios Periodísticos, Colegio Provincial de Periodistas de La Habana. Primera edición, 1958.)

(Cubaperiodistas)
 

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