Grandes momentos del
fotorreportaje cubano
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El primer vuelo de un avión en Cuba
Jorge Oller Oller
Es la tarde del domingo 7 de mayo de 1910 y las
gradas del hipódromo del Almendares están repletas
de curiosos para presenciar el primer vuelo de un
avión en La Habana, en Cuba. Se trata de un aparato
más pesado que el aire capaz de |

Biplano Voisin, primer avión que voló
en Cuba. |
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trasladar personas de un lugar para otro haciendo
realidad la milenaria y fantástica leyenda de Dédalo
e Icaro. |
Mientras
sitúan el biplano en posición, los espectadores observan y
evocan las historias que contaban los abuelos del primer globo
aerostático que se elevó en la Plaza de Armas de La Habana el 19
de marzo de 1828 como parte de los festejos de la inauguración
del Templete. Era tripulado por el francés M. Robenson y fue a
parar al pueblo de Nazareno, cerca de Managua.
También
recuerdan que el 28 de junio de 1856, Matías Pérez, un
comerciante portugués radicado en La Habana, había construido un
globo que bautizó con el nombre de La Villa de París. El
ascenso se efectuó en el Campo de Marte. La ventisca lo elevó
rápidamente y lo llevó lejos. Tan lejos que jamás se supo de él
o de su artefacto. Algunos, socarronamente, preguntan ¿Volará
como Matías Pérez?
Otros, más
actualizados, revelan que Buenos Aires y ahora La Habana, son
las primeras ciudades de América Latina que han organizado y
disfrutado este espectáculo aéreo.
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Bellot y el avión antes y después del
accidente. |
Los comentarios concluyen cuando el francés André
Bellot, piloto de la fábrica de aviones Voisin ocupa
su lugar en el fuselaje y su compatriota, el
mecánico Medellín, inspecciona una vez más el motor,
las alas, los hilos metálicos que controlan los
alerones y el timón para asegurar que todo está en
perfecto orden. Es entonces que echan a andar el
motor de 60 HP y el aparato alado cobra vida y
retumba. Su ruido infernal se confunde con los
aplausos y gritos de los espectadores. El fotógrafo
de la revista El Fígaro, |
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Rafael B. Santa Coloma, ha plantado en el terreno el
trípode y su enorme cámara y toma fotografías.
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Poco a poco
la máquina alada comienza a moverse y corre por la improvisada
pista de tierra. Se eleva. Alcanza unos 25 metros de altura. Es
el momento que Bellot gira el mando para tomar el rumbo que ha
previsto. Sin embargo, al hacerlo, el avión sufre una fuerte
sacudida porque el viento se ha vuelto fuerte y ha torcido y
separado los planos izquierdos de las alas. No hay nada que
hacer. Tanto el aviador como el avión caen en un matorral
cercano a la costa.
Los más
ligeros, entre ellos Santa Coloma con su cámara a cuestas,
corren a socorrer al piloto. El avión está destruido y piensan
lo peor. Sin embargo, entre los matorrales aparece tambaleante
Bellot, que afortunadamente solo tiene contusiones en la cara y
las piernas
No obstante
este accidente que le pudo haber costado la vida, Bellot inicia
la rica historia de la aviación cubana.
Las fotografías que ilustran esta reseña son de
Rafael B. Santa Coloma redactor fotográfico – así
llamaban entonces a los fotorreporteros – de la
revista literaria El Fígaro. Nació en Madrid,
España, el 15 de marzo de 1867. Tenía un carácter
recio, amplia cultura y singulares costumbres. En su
juventud había sido torero, maestro, periodista y
era un gran aficionado a la fotografía.
A los veintidós años de edad vino a La Habana y
comenzó a dar clases de Matemáticas en el Colegio
Don Meliton y en la escuela nocturna del Centro
Asturiano. También publicaba poemas y crónicas en
varios medios de prensa habaneros. En |

Santa Coloma
está considerado el mejor fotoperiodista del primer
cuarto del siglo XX. |
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1903 abandonó el magisterio para dedicarse
exclusivamente a la fotografía periodística en la
revista El Fígaro. Trabajó también en El Hogar, La
Discusión, La Nación y al fundarse el Heraldo de
Cuba, en diciembre de 1913, fue nombrado jefe
de fotografía, labor que desempeñó hasta su muerte
ocurrida el 11 de julio de 1929. |
Santa Coloma era muy extravagante. Las únicas prendas que
vestía eran filipina (especie de chaqueta de dril) y pantalón
blancos. Tenía una amplia colección de ellos. Cuentan que en
cierta ocasión su amigo, el empresario Bracales, lo invitó a la
inauguración de la temporada de la Ópera en la que cantaría el
gran tenor Enrique Caruso.
Era el espectáculo más fastuoso que había conocido La
Habana.
Sin embargo, el fotógrafo declinó ir porque implicaba cambiar su
vestimenta por la de etiqueta.
En otra oportunidad, un día del año 1906, disfrutaba la función
de un afamado circo ruso en el teatro Payret. En uno de los
números se presentaba una gran jaula donde una domadora hacia
gala de la obediencia de sus fieras. Inesperadamente un tigre se
enfureció y la atacó hiriéndola de varios zarpazos. Santa Coloma
rápidamente se convirtió de espectador en el protagonista de una
acción heroica: entró en la jaula y rescató a la ensangrentada
joven ante el asombro y admiración de la concurrencia.
Le gustaba andar en bicicleta y tuvo uno de los primeros
automóviles que circularon en La Habana al que le llamó la
Chocolatera.
Su obra, de más de 30 años, ha dejado constancia fotográfica de
los principales hechos ocurridos en La Habana en los primeros 25
años de historia republicana.
Está considerado el mejor fotoperiodista del primer cuarto del
siglo XX.
Fuentes:
- Revista El Fígaro. Mayo 8 de 1910, p. 222
- Los Premios Periodísticos, Colegio Provincial de Periodistas
de La Habana. Primera edición, 1958.)
(Cubaperiodistas)