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Comando del Ciberespacio de la Fuerza Aérea
de EE.UU.
No apto para aficionados
Rosa Miriam Elizalde
El 2 de noviembre de 2006 los medios
estadounidenses dieron cuenta, con suma discreción, de unas frases
protocolares para bendecir, oficialmente, el nacimiento del Comando
del Ciberespacio de la Fuerza Aérea Norteamericana.
En la sede del Pentágono en Virginia, el
general de tres estrellas Robert J. Elder, experto en tecnología
avanzada de la ex Unión Soviética y con más horas de vuelo en el
espionaje electrónico que en el aire, fue presentado como el
Comandante en Jefe de esta nueva fuerza que marca un hito en la
historia militar. Por primera vez, se incorpora a las armas ya
tradicionales –el aire, el mar y la tierra- un cuarto cuerpo
estratégico, que reacomoda las tácticas de guerra en este mundo cada
vez más global. Su misión, repetida una y otra vez en ese discurso
de iniciación mediática, es: “Alcance mundial, vigilancia mundial,
poderío mundial.”
En aquella ceremonia ritual, los generales del
Pentágono sencillamente levantaron el velo de la aterradora
barricada tecnológica que han estado construyendo desde hace diez
años para tomar por asalto la Internet, encrucijada en la que se va
a dirimir –y ya está ocurriendo- toda la vida económica, social,
política y militar del planeta.
“Hasta hoy –dijo el General Elder- hemos estado
a la defensiva. El cambio cultural es que pasamos a la ofensiva y
vamos a tratar al ciberespacio como un ámbito de combate (…).”
También, amenazó: “Vamos a desarrollar, junto con las universidades,
guerreros ciberespaciales que sean capaces de reaccionar ante
cualquier amenaza las 24 horas del día, durante los siete días de la
semana...”. Para que no quedara ninguna duda de la gravedad de la
orden del Pentágono, el Teniente General Elder añadió: “en este
ámbito, al igual que en cualquier escenario de guerra, no hay lugar
para aficionados.”[1]
TODOS SOMOS TERRORISTAS
Quiero llamar la atención sobre esa frase: “no
hay lugar para aficionados”, que es igual a decir “no hay lugar para
nosotros”, la mayoría de los usuarios de la Red que apenas tenemos
idea de qué procesos tecnológicos tienen lugar cuando mandamos un
correo electrónico o navegamos en la web, y que no somos conscientes
de que la Internet está y estará “invisible” pero omnipresente -como
la electricidad- en todos los procesos esenciales de nuestras vidas.
Detrás de la reorganización del Ejército
norteamericano está la decisión política de mantener no sólo el
control de este espacio, la supremacía técnica y la vigilancia
extrema de todos los que interactúen en él - potenciales terroristas
mientras no demuestren lo contrario-, sino la arquitectura global de
lo que ellos han decidido que será la sociedad del futuro.
La creación del Ejército para el Ciberespacio
no es el comienzo, sino el punto final, la pata de la mesa que
faltaba, en esa arquitectura. El Pentágono tiene la función de ser
el policía encargado de identificar y asesinar, literal o
digitalmente dentro y fuera de los Estados Unidos, las
manifestaciones de resistencia o de alternativa política,
tecnológica, económica y militar al orden que ellos han diseñado
para nosotros. Los Estados Unidos son la primera ciberpotencia.
Controlan las innovaciones tecnológicas, las industrias digitales,
los proyectos (materiales e inmateriales) de todo tipo. Sus
legislaciones al respecto están siendo clonadas de un país a otro.
Toda la plataforma para los grandes cambios históricos, asociados a
las llamadas tecnologías del acceso y la revolución de la nueva
economía, la han ido imponiendo al mundo sin pedirle permiso a
nadie, y frente a ese modelo instituido arbitraria y deslealmente
solo ha habido tímidas y descoordinadas reacciones de los
movimientos sociales.
En este ámbito, el obsesivo interés del
gobierno de los Estados Unidos, agenciero de las grandes
multinacionales de las telecomunicaciones, va mucho más allá del
control de nuestras mentes, aunque, por supuesto, es un objetivo de
primer orden convertir en una “tubería” privada que fluya en un solo
sentido el espacio de comunicación más participativo que jamás haya
tenido la humanidad.
Pero no es esta la única preocupación que
tienen. Ignacio Ramonet ha dicho con razón que el dueño de la flota
digital será quien controle el comercio y el dinero del mundo, como
sucedía durante los siglos XVII al XVIII con la Flota de Indias. Y
quien controle estas tecnologías, también conservará la supremacía
militar. Pero el superpoderoso sistema de guerra norteamericano, que
se sostiene en las técnicas de la comunicación y de la información,
puede ser sensible a las acciones de guerra asimétrica, una lección
que aprendieron en Vietnam y que les está dando infinitos dolores de
cabeza en Iraq. Los misiles, los aviones, los helicópteros, las
bombas “inteligentes” se desplazan simultáneamente por pistas
digitales y aéreas, y el espacio cibernético puede ser tan o más
vulnerable a las emboscadas que los caminos tangibles. “No hay lugar
para aficionados”, esa frase soberbia del General Elder, tiene un
significado añadido: la decisión de los Estados Unidos de convertir
en asunto de seguridad nacional el desarrollo y uso de las
tecnologías digitales más avanzas.
¿Cuál es la táctica inmediata que ha seguido el
complejo militar-industrial norteamericano para impedir que la
Internet sea un tesoro público y se convierta en una autopista
privada, anclada a sus intereses hegemónicos? Los propios militares
nos lo dicen. En un artículo publicado por la revista Military
Review en el número de septiembre-octubre de 2003[2], dos oficiales
que estudiaron a fondo la guerra cibernética palestino-israelí,
develan un fragmento de un documento elaborado por el Pentágono
sobre Seguridad Nacional e Internet[3]. Allí se definen las “cuatro
necesidades en la política nacional e internacional de los Estados
Unidos”, en torno a este tema:
Decidir quién proporcionará la seguridad en la
Red –es decir, quién es el dueño.
Proporcionar respuestas legales al rápido
crecimiento horizontal de la Red –es decir, una Ley Patriota
universal.
Poner en vigencia responsabilidades legales
para quienes creen incidentes no deseados –es decir, la represión.
Detener la proliferación de armas y tecnologías
cibernéticas no deseadas –es decir, códigos cerrados a la mirada
ajena y autopistas exclusivas para la poderosa elite norteamericana.
La argumentación que ofrece el Pentágono a
estas “cuatro necesidades” es un manual de ciberterrorismo mundial
ilustrado, en el que no podemos detenernos en este análisis por
falta de tiempo. Quiero llamar atención al menos en un aspecto:
desde hace algo más de diez años, mucho antes del 11 de Septiembre
que ha servido en bandeja de plata el pretexto para esta ofensiva,
los Estados Unidos han venido trabajando para crear dos canales que
propicien el ordenamiento de la Red según sus intereses
estratégicos. Uno, el legal, que intenta aprobar normativas
nacionales e internacionales que les permitan espiar, intervenir
servidores y páginas web y sancionar a los “terroristas”
cibernéticos. (Si están al tanto de las noticias habrán visto los
acuerdos entre Estados Unidos y la Unión Europea para la retención
de datos y el impulso a legislaciones sobre un tipo de sociedad de
la información.)
Y un segundo canal, en el que ilegalmente
operan con avanzadas armas de guerra –las llamadas eufemísticamente
de “minería de datos” y de “reconocimiento”-, para someternos a
extrema vigilancia y para desactivar sitios web en una operación
ofensiva que han denominado “política de eliminación de información
virtual que pueda ser útil al enemigo”[4].
En un artículo publicado el 28 de marzo pasado
por el USA Today[5] con el alarmante título de “Comando prepara
ataques a sitios web terroristas”, se afirma que “los documentos
contractuales del Pentágono muestran que el Ejército solicitó a las
compañías (comerciales) desarrollar un espectro completo de técnicas
para atacar redes informáticas. Según muestran los documentos, este
programa, dirigido por el Laboratorio de Investigación de la Fuerza
Aérea, prevé gastar 40 millones de dólares en 4 años.”
Tanto el Pentágono como las agencias de
seguridad norteamericana parten del presupuesto de que todos somos
sospechosos de ejercer el terrorismo, incluso si demostramos lo
contrario. Y digo esto con premeditación. El Washington Post publicó
el pasado 25 de marzo[6], que la famosa Base de Datos de Identidad
de los Terroristas (TIDE por sus siglas en inglés), creada a partir
del 11 de Septiembre con la integración de todas las agencias de
Inteligencia del país, incorpora diariamente un promedio de 1200
nombres de ciudadanos nacionales y extranjeros. Ahí van a parar
todos los registros inimaginables, desde itinerarios de vuelos hasta
cuentas de restaurantes, resultados académicos e identificaciones
personales en los chats de internet. El TIDE tiene un solo defecto:
después que ingresa el nombre allí es prácticamente imposible
borrarlo del sistema, por la compleja maraña de permisos que se
necesitan para eliminar un expediente ya iniciado. “La Oficina de
Rendición de Cuentas del Gobierno (GAO, por sus siglas en inglés)
–dice la autora del artículo del Washington Post, Karen de Young-
reportó que en el 2005, por ejemplo, solo fueron borrados 31
nombres.”
Gracias a este segundo canal ilícito operan las
variantes mejoradas del sistema Carnivore para el espionaje
telemático –la versión europea se conoce como OSEMINTI y la han
producido Francia, Italia y España a un costo de 2 000 millones de
dólares[7]. Y también, navegan las nuevas terminologías y etiquetas
que criminalizan los movimientos sociales y facilitan el terreno a
la intervención legal e ilegal. La caricatura del nuevo terrorista
tiene ahora un AKM en la mano derecha y una laptop, en la izquierda,
y se dedica con especial ahínco a la “Guerra Santa Tecnológica”[8],
tal como la definió el Observador del Terrorismo de la Fundación
Jamestown. En esa guerra, afirman los expertos del Pentágono, se
enfrentan los “guerreros ciberespaciales”[9] del General Elder
contra “piratas”, “cibervigilantes”, “terroristas”, “estados
hostiles”[10] e “individuos moderados radicalizados”[11].
No faltan, incluso, los expertos que vaticinan
terroríficos escenarios controlados por los “enemigos cibernéticos”.
En una especie de Harry Potter para adultos, el ministerio de la
Defensa de Gran Bretaña publicó un informe de su Centro de
Desarrollo, Conceptos y Doctrinas[12], en el que augura que los
ciberterroristas serán capaces de crear chips que podrían
implantarse en el cerebro humano, bombas de impulso
electromagnéticas y otros diabólicos artefactos.
“En el 2035 –afirma el almirante Chris Parry,
jefe del Centro- estarán disponibles armas de pulso
electromagnético, capaces de destruir los sistemas de comunicación
de una zona o de inutilizar centros neurológicos de comunicación o
negocios… Se utilizarán armas de neutrones que matan sin destruir
infraestructuras, que podrían ser usadas en limpiezas étnicas. Armas
que permitirán ver a través de las paredes, y otras biológicas,
radiológicas y nucleares altamente letales.”
Lo que no suelen admitir estos expertos es que
los únicos que tienen la capacidad para crear ese tipo de artilugio
de guerra y dirigir ataques en gran escala en la red, son los dueños
de las tecnologías y los que controlan las investigaciones en las
universidades y en los laboratorios militares. Como reconoció Ahmed
Mücahid Ören, el coordinador del debate sobre ciberseguridad de la
Conferencia Mundial sobre Seguridad, convocada por la Unión Europea
a fines de febrero de este año: “Un gran ataque electrónico requiere
mucho tiempo, mucha información y muchísimo dinero.” [13]
OBSERVATORIO REGIONAL DE INTERNET
Desgraciadamente, estamos totalmente indefensos
y enajenados de la guerra que ya nos hacen. Existe abundante
información útil, pero está fragmentada y dispersa, mientras la
izquierda sigue gravitando en dos corrientes igualmente engañosas y
en cierto modo suicidas.
La primera corriente cree que internet es una
panacea en la que se disiparán sus históricos problemas de expresión
y articulación internacional. La segunda tendencia, absolutamente
paranoica, suele mirar a la Red a distancia y con terror, y está
convencida de que es un ámbito poblado de abismos y monstruos de
siete cabezas como en el Gran Océano de las crónicas precolombinas.
Ambas corrientes nos dejan a merced de las
decisiones y los zafarranchos de combate del Pentágono y sus
filiales en Europa, y hay que reconocer que han logrado avanzar en
sus estrategias de dominación en la web. No es casual que desde el
2003 no ha habido otras reacciones de la magnitud que vimos en los
días previos al inicio de la intervención militar en Iraq, protesta
que se hizo sentir de manera simultánea y organizada en cientos de
ciudades del mundo con la ayuda indiscutible de la Internet.
Como mismo no podemos existir sin la tierra,
sin el aire y sin el mar por más que otros nos hagan la guerra para
arrebatarnos esos ámbitos de vida, es un asunto de elemental
sobrevivencia defender el espacio cibernético sin el que no hay
manera de construir el futuro de nuestra especie.
La ciberguerra terrorista que han declarado los
Estados Unidos da por sentado dos miedos: uno al terrorismo en sí
mismo y otro, a las tecnologías. Por tanto hay que apropiarse de
estas técnicas; hay que diseñar nuestras propias estrategias;
tenemos que monitorear también 24 horas al día si es posible la Red
y sugerir alternativas frente a las agresiones del Comando
Ciberespacial; urge identificar todos los resquicios legales que nos
permitan hacerle frente a sus arremetidas, y sobre todo, debemos
ayudar a construir, de un modo menos empírico, nuestras comunidades
virtuales.
Asociado al Observatorio Global de los Medios,
a la Red de Redes En Defensa de la Humanidad o otra institución que
pueda apoyarlo, creo que debemos pensar seriamente y con urgencia en
la posibilidad de tener un Observatorio Regional de la Internet que
sistematice la recopilación de datos, que filtre la información y
profundice en el conocimiento de la evolución y las tendencias de la
Internet con una intencionalidad política, y por supuesto, que
enlace a los movimientos, instituciones de gobierno e investigadores
que directa o indirectamente evalúan los sistemas digitales, la
comunicación y los movimientos sociales y políticos que se articulan
a través de la Internet. Necesitamos información para dar la batalla
legal frente a las ilegalidades y a las normas supuestamente legales
que nos imponen. Y para denunciar, permanentemente, las violaciones
y los atropellos.
Compañeros,
Ignorar esta guerra no detendrá a los
profesionales que comanda el general Elder. Todo lo contrario. Ahora
mismo, en este mismo instante, nos están apuntando al cerebro y al
corazón. Aceptemos el reto. Meditemos cómo organizarnos y qué
legítimos instrumentos están a nuestro alcance para defender a toda
costa la Internet solidaria, que es el único modo de impedir que las
fantasías de Orwell se instalen entre nosotros, definitivamente,
como realidad.
Muchas gracias.
(Fuente: Cubadebate/Visiones alternativas)
Notas:
[1] Sara Wood,
“El nuevo Comando de la Fuerza Aérea combatirá en el ciberespacio”.
Servicio de Prensa del Departamento de Defensa de los Estados
Unidos. Washington, 3 de noviembre de 2006. (Nota publicada en la
página del Departamento de Estado: www.state.gov
[2] Coronel
Patrick D. Allen, componente de reserva del Ejército de los EE.UU.,
y teniente coronel Chris Demchak. “La guerra cibernética palestina-israelí”.
Military Review, septiembre-octubre de 2003.
[3] Chips C. Demchak, “State Security Paths in a Digital Mass
Society: New Internet Topologies and Security Institution
Obligations”, Cambridge Review of International Affairs, número
especial sobre la seguridad del estado y el Internet.
Fecha desconocida.
[4]
Declaraciones al USA Today de John Arquilla, profesor de la escuela
de posgrados de la Marina. En: Jim Michaels, “Comando prepara
ataques a sitios web terroristas”. USA Today, 28 de marzo de 2007
[5] Ibídem.
[6] Karen de
Young, “La base de datos sobre el terrorismo se ha cuadriplicado en
once años”. En: The Washington Post, 25 de marzo de 2007; A01.
[7] Mercè
Molist, “El Ministerio de Defensa español trabaja en un Carnivore
europeo mejorado”. El País, España, 24 de febrero de 2007
[8] Abdul
Hameed Bakier, "Última novedad de la Revista Técnica Mujahid, un
Manual del Entrenamiento para Jihadis". Foundation Jamestown, 5 de
abril de 2007. Publicado originalmente en Terrorism Monitor, 29 de
marzo de 2007. Se puede consultar en: http://jamestown.org/news_details.php?news_id=232#
[9] Sara Wood.
Nota citada.
[10]Esta
categorización aparece en: “El ciberespacio es el ámbito donde la
Fuerza Aérea vuela y combate”, intervención del Secretario de la
Fuerza Aérea Michael W. Wynne en la Conferencia de Integración del
C4ISR –Comando del Ciberespacio-, celebrada en Crystal City,
Virginia, el 2 de noviembre de 2006. Publicado en la página de la
Fuerza Aérea norteamericana. Se puede consultar en http://www.af.mil/library/policy/november.asp
[11] Michael
Chertoff, Secretario de Seguridad Nacional de EEUU, en la reunión
con el Comisario de Justicia de la UE. Bruselas, 5 de abril de 2007.
[12] “Chips
cerebrales, bombas electromagnéticas y peores noticias”. El País,
España. 9 de abril de 2007.
[13] "El nivel
de riesgo actual del ciberterrorismo es bajo, opinan expertos".
Agencia EFE, 1 de marzo de 2007.
(Intervención
en las Jornadas Internacionales “El derecho ciudadano a informar y
estar informados”, organizado por Telesur del 18 al 20 de mayo de
2007)
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