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Fidel y el
infinito
Rosa Miriam Elizalde
Cada vez que cae por su propio peso una campaña
contra Cuba, sale al mercado una nueva que los medios
internacionales compran con alegre inconciencia. La más reciente
presenta a la Isla de espaldas a la Internet global, una suerte de
Parque Jurásico flotante en el Caribe que se niega al desarrollo de
lo sistemas digitales y a la comunicación con el mundo. El
Presidente Fidel Castro, por supuesto, aparece como el gran censor.
Nadie -ni periodistas, ni politólogos, ni las
“adorables doncellas pervertidas” de ciertos organismos
internacionales- se toma el trabajo de verificar las afirmaciones,
cuya fuente original se encuentra en reportes del Departamento de
Estado y en sus extrañas formaciones interagencias, como ese Grupo
de Tareas para la Libertad de la Internet Global, que desde el 14 de
febrero de este año se dedica exclusivamente a monitorear las 24
horas del día a Cuba, China e Irán. Eso, sin contar, los reacomodos
estratégicos del Pentágono, institución que anunció públicamente el
pasado 3 de noviembre –sin que el mundo democrático se horrorizara
por ello- la creación del Comando Especial de la Fuerza Aérea para
el Ciberespacio, tres años después de que Rumsfeld le declarara
literalmente la guerra a los usuarios de Internet.
Son abrumadores los argumentos que prueban que
esta nueva campaña contra Cuba está levantada sobre una enorme
manipulación. Son aún mayores las evidencias públicas de que Estados
Unidos quiere controlar con mano férrea esta vía de navegación y
convertirla en un ámbito exclusivo para la vigilancia y el control
ideológico y económico del mundo.
Pero no me voy a detener en los múltiples
hechos que desmienten esa infamia que presenta a Cuba como enemiga
de la Internet y de la computación, hechos que tienen muy concretas
reivindicaciones en el mundo real. Quiero hablarles de algo que no
se dice y de lo cual ni siquiera los cubanos tenemos plena
conciencia. Cuba fue uno de los primeros países del mundo que logró
una tecnología electrónica propia a inicios de los años 70 y Fidel,
el precursor de este desarrollo y un alumno aplicadísimo que, cuando
apareció la web y su entramado de relaciones sociales, se sentó en
un aula como un escolar sencillo, tomó torpemente por primera vez el
mouse de su computadora y descubrió fascinado la navegación, envió
mensajes por correo electrónico y vigorizó su prédica sobre las
enormes posibilidades de conocimiento que se abrían al ser humano
con las llamadas tecnologías del acceso. Cuando comenzó a estudiar
en aquella escuelita improvisada en una oficina del Consejo de
Estado, Fidel ya había cumplido los 74 años.
He conversado con algunos de sus profesores.
Uno de ellos, que podría ser su hijo, me contaba que Fidel llegaba a
tomar sus clases con una libretita azul y un lápiz, vestido de
campaña y tenis, y con la inquietud intelectual de un niño. Se
interesaba por todo, desde el significado de la palabra “virtual”
hasta el costo de un kilómetro de fibra óptica, y luego tomaba
conceptos aparentemente inamovibles y los dotaba de unas dimensiones
sociales, que hasta entonces nadie les había dado. “La Internet
parece inventada para nosotros”, repetía un Fidel consciente de que
la tecnología no es ni buena ni mala, sino poder en las manos de
quienes la tienen, un poder que nunca es neutral.
Quienes se asoman al pensamiento de Fidel
distinguen, por encima de otras muchas cualidades, su obsesión por
la igualdad. Con la Internet vio una posibilidad extraordinaria de
poner a todos los seres humanos en una ribera común para el
conocimiento. Él asumió el estudio de la Red desde una perspectiva
de inclusión, de generalización del uso de esa tecnología y de
extensión de la obra cultural cubana. Basta revisar sus discursos de
los últimos diez años para confirmar cuán tempranamente Fidel
entendió que un mundo estructurado en torno a las relaciones de
acceso produciría un tipo muy diferente de ser humano, y que sus
valores dependerían de la diversidad de recursos y experiencias
culturales que este pudiera adquirir. “Estados Unidos tiene más de
68 millones de kilómetros de fibra óptica, y nosotros con mucho
menos, vamos a hacer diez mil veces más, porque lo que tienen lo
subutilizan. Nosotros podemos darle un uso más inteligente y
colectivo”, escribía en un correo electrónico a uno de sus jóvenes
profesores.
Esta visión es coherente con el hecho de que el
Jefe de la Revolución ha sido un precursor de la computación en Cuba
y, probablemente, el primer mandatario en el mundo que alertó en la
década del 60 los planes que dieron origen a la Internet. Buscando
aquí y allá, descubrí que en 1965, unos meses después de la fecha en
que se interconectaron varias computadoras en los laboratorios del
Pentágono y nacía ARPANET, Fidel advertía la posibilidad de que
nuevas herramientas electrónicas se estaban disponiendo para el mal
y probablemente ya se usaban contra Cuba: “pero hay algo que los
cerebros electrónicos del Pentágono no pueden medir, hay algo que
sus computadoras no pueden calcular, y eso es: la dignidad, la
moral, y el espíritu revolucionario de nuestro pueblo”, dijo.
En 1968 vino a Cuba el doctor Erwin Roy John,
director del Laboratorio de Investigaciones del Cerebro de la
Universidad de Nueva York, que colaboraba con la Universidad de la
Habana y el Centro Nacional de Investigaciones Científicas. En una
reseña publicada en Science*, la más prestigiosa revista de ciencias
del mundo, el doctor Roy John contó que su Centro había donado una
minicomputadora a Cuba –la primera de su tipo que se producía en el
mundo-. El científico también dijo que él había sostenido una larga
conversación con el Comandante en Jefe sobre las últimas novedades
técnicas, y el Presidente cubano había mostrado una para él
inconcebible capacidad de información y un conocimiento puntilloso
de esta tecnología. Pero lo más sorprendente estaba por llegar:
dieciocho meses después, el científico regresó a la Isla. Cuba había
creado su primera computadora -la CID-201- y había constituido el
Instituto Central de Investigaciones Digitales (ICID), la
institución que logró producir aquella máquina análoga a la más
avanzada de su tipo en esa época, la minicomputadora norteamericana
PDP-8L/I, modelo que Roy John le había regalado a la Isla.
Tomás López Jiménez, profesor de la Universidad
de Ciencias Informáticas y uno de los investigadores que trabajó en
aquel prototipo, recordó recientemente en un diario cubano las
palabras del Comandante en una de las visitas al ICID: “Compañeros
–dijo-, he venido aquí después de ver aquella computadora
trabajando, en un lugar adonde casi no se puede entrar (la Junta
Central de Planificación), donde el pueblo no tiene acceso, para
solicitarles que hagan muchas computadoras para que el pueblo, los
estudiantes puedan tener acceso a ellas, estudiarlas, aprender la
computación. Somos un país sin recursos naturales, pero tenemos un
recurso muy importante, la inteligencia del cubano, que tenemos que
desarrollar. La computación logra eso y estoy convencido de que cada
cubano podrá contar en el futuro con máquinas como estas”. No es
casual que Fidel haya sido el estratega y el más entusiasta impulsor
de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), que es toda una
revolución en las concepciones de la enseñanza, el empleo y la
producción de estas tecnologías.
Si se tiene la paciencia de efectuar una suerte
de lectura colacionada de todos sus discursos y entrevistas, se verá
que nadie ha sido más empecinado que Fidel en el uso masivo de la
computación y de la red. Cito apenas tres frases muy breves, que
ofrecen otras claves de su avanzado y nada restrictivo pensamiento
en torno a la herramienta más espectacular de esta época:
“El socialismo va a ser muy difícil de
construir plenamente sin la computación” (5 de abril de
1987.Clausura del V Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas)
Ahora existe Internet…Nada debe bloquear la
obtención de conocimientos. (10 de octubre de 1997. Clausura del V
Congreso del Partido Comunista de Cuba)
Si las computadoras y máquinas automáticas
pueden obrar milagros en la creación de bienes materiales y
servicios, ¿por qué no podríamos servirnos todos de la ciencia que
ha creado el hombre con su inteligencia para el bienestar humano? (3
de febrero de 1999. Aula Magna de la Universidad Central de
Venezuela)
Para finalizar quiero compartir una anécdota
que nos recordaba el Presidente de la Unión de Periodistas de Cuba,
Tubal Páez. En una de las sesiones del VII Congreso de los
periodistas cubanos, en 1999, se debatió la globalización. Fidel
todavía no estaba recibiendo sus clases de Internet, pero no perdía
oportunidad para preguntar y preguntar sobre lo que él llamaba “el
espíritu santo”, esa maravilla tecnológica que le regalaba al ser
humano el don de la ubicuidad.
Alguien mencionó el hipertexto, y Fidel quiso
saber inmediatamente qué cosa era. El disertante y otros trataron
de explicarle a tropezones, pero el Comandante, obstinado,
poniéndose en la posición del que no sabe nada para lograr una
definición clara del término, no quedaba satisfecho y seguía
aguijoneando a los periodistas.
Finalmente, alguien se impuso. “Mire,
Comandante: supongamos que usted está leyendo en la pantalla algo
sobre Cuba, y en el texto le aparece subrayada o en otro color la
palabra “cultura”; si hace clic en ella puede aparecer otro texto
con la palabra “africana” y si hace clic en esta encontrará “poesía
antillana” y de seguro pasará lo mismo con el nombre de “Guillén”, y
si hace clic ahí resaltará la “Elegía a Jesús Menéndez” y si hace
clic en “movimiento obrero cubano” lo remitirá a…”
“No sigas -lo detuvo Fidel-, ya sé por qué es
difícil entenderlo. Porque es el infinito”.
No me atrevería a decir que la sensibilidad y
la cultura de Fidel, su capacidad para comprender tan complejos
cambios y hasta para crear doctrina en el tema con la brújula
siempre orientada al ser humano, podría explicarse gráficamente a
través del hipertexto. Pero con la palabra “infinito” sí se puede
vestir su pensamiento. Es una palabra casi tan perfecta y definitiva
como el verdeolivo de su traje de campaña.
(Fuente: Cubadebate)
*Science, mayo de 1977
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