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Ser periodista...
Reinaldo Cedeño Pineda
Nunca supe
como salí de aquel trance, como pude cumplir semejante encomienda,
como me pillaron desprevenido…
Debí correr, lo admito, cuando divisé en la distancia el dedo
posándose en mi hombro. Debí correr, pero me quedé, anonadado,
hundido más bien en el incómodo banco…
Si yo estaba
allí, ¿qué otro podía despedir el duelo?
Cuando aquel
señor, entre severo y suplicante vio en mi rostro la mueca, la duda
más rotunda, el no en la punta de la lengua me espetó un demoledor…
pero… ¡Usted es periodista!, ¿no?...
A la parálisis
sobrevino la acción. Tomé papel y lápiz, realicé unas entrevistas
sumarias, garabateé la despedida de duelo por encargo…. y hasta
escuché decir a la salida, que la mismísima difunta me había
encargado pronunciar las últimas palabras.
Y es que eso
es ser periodista: una marca de nacimiento que te sigue dondequiera
que vayas, como tu propia sombra, como tu luz.
Ser periodista
sustituirá tu nombre para siempre. Nadie tendrá problema alguno para
dirigirse a ti.
Y cuando
voltees el rostro, te habrás convertido en consejero, confesor,
bibliotecario, maestro, siquiatra, historiador.
Algunos
creerán que lo tienes que saber todo.
Harás las
veces de arquitecto, electricista, plomero, diputado, hasta gurú…
pero tendrás que detenerte.
Tendrás que
dar aliento a quien confió en ti sin conocerte. A veces, se han
quedado sin más, eres su última esperanza.
Y querrás ser
Dios, cuando eres sólo, un periodista… pero te quedará estremecer
las conciencias dormidas.
Escribir es el
oficio más solitario del mundo- afirmó el Gabo-. Las ideas tienen su
ocasión, muévete un milímetro, uno solo, y verás.
Nadie te
dictará los verbos ni los párrafos; pero una redacción es un taller
a punto de estallar, sin torres ni marfiles.
El periodista
siempre estará acompañado; mucho más, evaluado. Lo hace tu jefe
cuando te encomienda una entrevista. Lo hará el entrevistado ante
tus interrogantes, lo hará el corrector o el asesor, cuando
termines.
Y el público,
el público, el público… definitivamente.
Como buen
periodista estarás siempre al filo de la navaja.
Para algunos,
andas con no sé que osadía pecaminosa, a medio camino de la
literatura, a punto casi... La vida te pondrá el listón más alto
cada vez: tendrás que aprender a saltarlo.
Si debes tomar
la pluma como un látigo –aunque lleve cascabeles en la punta-, no
esperes una postal a vuelta de correo. Tendrás que asumir las
réplicas y las contrarréplicas -las de afuera y las de adentro-.
Sabrás que las
verdades tienen dos perros de presa, misteriosos y constantes: la
forma y el momento…
Para los
tocados, nunca llegarás a la forma exacta de expresión. Y la
búsqueda del instante adecuado se tornará como la de ciertas islas:
una utopía, o un espejismo.
Podrás verte
solo frente a los molinos, molido por sus aspas, mas el silencio no
está en el diccionario de un periodista.
Ser periodista
es ser Quijote.
Si por el
camino has errado, bendecirás si estás a tiempo de enmendar unas
líneas. Si te equivocas, querrás cavar la tumba con tus manos… pero
nadie te salvará ni eres salvable: ya habrás publicado tus errores:
recuerda, eres periodista.
Si a la salida
de un concierto o de un estadio, de lo épico o lo íntimo, después de
la conferencia o el brindis, te toca sentarte frente a un micrófono
o el teclado, te hallas en la mismísima antesala del infierno o la
consagración… No escaparás.
A los pocos
minutos, al día siguiente, unos querrán conocerte, darte la mano. Y
otros querrán crucificarte.
Si llegan
loas, deja pasar las nubes –recuerda a Matías Pérez y su globo nunca
hallado-. No te calces los guantes si discrepan.
Nunca olvides
que cada pensamiento vale oro, que a la diversidad ha de rendirse
culto, que ellos no pueden multiplicar sus opiniones… y tú, tú eres
periodista.
Paciencia,
cuando algunos te hagan volver una vez y otra; porque justo ahora
están muy ocupados. ¡Caramba, con esas preguntas… y a estas horas!.
Las dilaciones
son puertas cerradas, que unas se abren y otras… hay que
derribarlas.
Entrevistar es
beber de un suspiro el aliento de una vida. Y te asomarás, te
sumergirás en muchas, hasta mejorar la tuya propia.
Ser periodista
es ser niño, con los ojos de asombro siempre abiertos.
Y tener voz,
no ser vocero.
Sin embargo,
después de quince años de trabajo, estoy averiguando aún que es ser
periodista…
Mientras
tanto, me veo –sujetándome el pecho con las manos- ante unos seres
marcados por un zarpazo del destino, en sus cunas minúsculas. Y no
alcanzo.
Acompaño casi
en la madrugada al actor Adolfo Llauradó, sin saber que aquella
conversación desoladora, será la última.
Subo a lomo de
mulos a La Escondida de La Virgen -el nombre lo dice todo-, para
saber que en pleno siglo veintiuno, todavía hay quien tiene el alma
limpia como el arroyo de la Sierra.
Veo caer de
rodillas a medio mundo bajo el sombrero de Compay, y bebo un trago
irrepetible brindado por sus manos.
Llevo un lirio
a la vedette de Cuba para descubrir en La Habana, la de verdes y de
grises, a la persona detrás de los encajes.
Beso a una
reina, le pido una canción sólo para mí, la escucho desgranarla….
¡Duele, mucho…! Elena
Caimanera.
Base Naval. Guantánamo Traspaso la barrera y los prismáticos: el
mástil de barras y de estrellas se hunde como una ponzoña.
Siento el frío
templado del río Bío Bío y el legado de Caupolicán cuando escucho
los poemas de una india mapuche, cuyo nombre como en los viejos
tiempos, Ryen Kvyeh, significa Luna de los primeros brotes.
Abrazo a la
anciana Gardenia, porque no tengo otra cosa que darle, y ensayo
explicaciones para su canasta milenaria al borde del abismo, para
esos granos de fuego, para sus manos como las montañas.
La ciudad abre
la puerta, cuando José Soler Puig, el novelista mayor, me invita:
hay un olor a pan dormido y a honradez.
Sigo las
huellas de La Lupe, intento destejer una vida, un ciclón que llegó
del barrio olvidado de San Pedrito a la fama universal.
Trato de
detener las palabras del Nobel de Aracataca contra las soledades y
los cien años; pero Macondo me hala.
Me sostengo,
cuando el pintor Marcos Pavón demuestra con los labios, con los
dientes que puede pintarse la esperanza… después de la
poliomielitis.
Estoy a unos
centímetros del récord mundial, y piso fuerte. Alzo los brazos ante
la eternidad, sostengo la respiración, salto… Salto para apretar las
manos de un campeón, Javier Sotomayor.
Cruzo la
alfombra de pinos, la cancela, para encontrar a Dulce -la amante de
un faraón niño-, a María -la del clavel de trapo-. Es Cuba quien me
recibe.
Estrecho a un
enfermo de ese virus letal. Las palabras no se sujetan al papel: fue
como intentar saltar un abismo y no encontrar la otra pared. Su
revelación, es una pedrada.
Me interrogo….
ante aquel domador de fieras que se abre la camisa al cuerpo cruzado
de costuras, y aún observa con ternura a los leones.
Asisto al
vuelo de Fénix, el de Ana Fidelia Quirot, rebusco para hallarle un
destello al camino, del bisturí y los algodones al oro mundial.
Ser periodista
es hacer el amor con las palabras.
Y no importa
si vas de agenda o grabadora, o de manos vacías; si vas a un funeral
o un homenaje, si vas de bailador o de doliente; si has decidido hoy
mismo dejar el mundo atrás.
Ser periodista
es serlo con las vísceras.
Un periodista
nunca está de vacaciones. La realidad te dará el campanazo… porque
has perdido tu nombre para siempre, porque has ganado todo, porque
antes ya no existe…
Tú eres y
serás un periodista.
(Fuente:
laislaylaespina.blogspot.com)
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