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Viernes, 23 de Diciembre de 2011


Mujeres periodistas en Cuba, una fuerza vital y creciente

Juan Marrero

Quizás a algunos pueda sorprender que las mujeres en Cuba ya son el 49,8 por ciento de la fuerza que ocupa cargos periodísticos en los medios de comunicación nacionales, provinciales y municipales, a juzgar por los más recientes datos computados por la Unión de Periodistas de Cuba sobre sus afiliados. 

De 4 148 afiliados, 2 064 son mujeres. Y en un futuro próximo serán muchas más, pues de los más de 900 estudiantes que cursan los estudios de periodismo en las distintas universidades del país, el 80 por ciento son mujeres. 

Y no solo eso: sino que progresivamente las mujeres han pasado a asumir los principales cargos de dirección en los medios. Ya hay alrededor de 70 que están al frente de medios, incluso nacionales e internacionales, como ocurre, por ejemplo, en Radio Rebelde, Radio Reloj, Palante, Cubavisión Internacional, Mujeres, Somos Jóvenes, Zun Zun, Pionero. Radio Taíno y Habana Radio. En el caso de los medios provinciales  los periódicos Invasor, de Ciego de Ávila, Venceremos, de Guantánamo y Cinco de Septiembre, de Cienfuegos, están dirigidos por mujeres. Y también  seis de las emisoras de radio y tres telecentros provinciales. El mayor número de directoras está en las emisoras municipales: 39. Y suman  otras varias decenas las mujeres que tienen responsabilidades como subdirectoras, editoras , jefas de información y jefas de redacción en nuestros medios, incluso en los digitales que han nacido en años recientes.   

En fin, lo que en el pasado se daba excepcionalmente, hoy es algo común. Las mujeres cubanas, sin duda alguna, han sabido apoderarse poco a poco de espacios que antes eran ejercidos casi exclusivamente por los hombres. El periodismo estuvo entre los espacios prohibidos para la mujer. Durante más de dos siglos, desde el nacimiento de Gazeta de la Havana y Papel Periódico de la Havana, que fueron los primeros periódicos, las mujeres que probaron suerte en esta profesión eran muy pocas, y las que lo hicieron tanto en las etapas colonial como en la neocolonial, debieron de enfrentar  brutales acciones discriminatorias e, incluso, maltratos.  

Hace algunos años, en un encuentro en la UPEC con mujeres destacadas en el periodismo, les mostré y leí un documento que estaba en los archivos del Colegio Nacional de Periodistas sobre una denuncia que hacía la periodista María Collado, quien trabajó como cronista parlamentaria para distintos medios radiales y de la prensa escrita durante gran parte de la república neocolonial. Esa periodista contaba sobre distintas acciones de discriminación y abusos de que había sido víctima. 

Así, entre los años 1940 y 1944, cuando gobernaba Fulgencio Batista,  decidieron eliminar a las mujeres del grupo de periodistas que daban cobertura noticiosa a lo que ocurría en el Palacio Presidencial. Más tarde, siendo ya presidente Grau San Martín, el vocero de prensa de Palacio le negó su acreditación “por mi condición de mujer y quizás de mujer decente”. Relató un tercer hecho ocurrido con el Ministro de Obras Públicas que invitó a los periodistas de su sector a visitar determinadas obras que se construían…y cuando fue a tomar el vehículo que salía de ese ministerio le dijeron: “esto no es viaje para mujeres”. Y contó también sobre una invitación cursada a los periodistas que cubrían las sesiones del Senado para un almuerzo, pero la excluyeron a ella. Al día siguiente, pidió explicaciones y el mismo Presidente del Senado le dijo que “aquello era una fiesta de relajo a la que no podían concurrir mujeres y que acabara de darse cuenta de que las mujeres en el periodismo estorban y son una calamidad”. 

Hechos indignos y abusivos de tal naturaleza, y peores aún, no fueron una excepción en aquella sociedad. Sabemos que muchos quedaron en el silencio para evitar cualquier tipo de represalias. O quizás las cartas de denuncia o de protesta fueron arrojadas a un cesto de basura o incineradas.  

En aquel entonces, el discurso predominante fue que la mujer era inferior al hombre. Que la inteligencia era atributo del hombre. Que la mujer era un instrumento de reproducción destinado a perpetuar la especie. Que había nacido para atender el hogar, en particular al esposo y los hijos. Fuera de eso, muchas cosas le fueron prohibidas o limitadas. 

Ahora bien, hay muchas páginas en la historia de Cuba demostrativas de que ninguna de esas acciones y obstáculos impidieron que algunas individualidades cumplieran con sus tareas periodísticas, tanto en los siglos de coloniaje español como en los años de dominio y dependencia hacia Estados Unidos.

Precursora en ese camino fue Gertrudis Gómez de Avellaneda, La Peregrina, quien fundó en 1860 la revista Álbum Cubano de lo Bueno y lo Bello, que marcó el despegue de la prensa femenina en el país. Tanto en Álbum como en sus escritos en diversos periódicos, la Avellaneda dio cabida a las reclamaciones de las mujeres cubanas dentro del sistema colonial.   

Y lo fue también la camagüeyana Domitila García Doménico, quien colaboró con la Avellaneda en “Álbum”, y fundó en La Habana años después los semanarios El Eco de Cuba, El Correo de las Damas y La Crónica Habanera. Fue, además, fundadora de la primera academia de tipógrafos y encuadernadoras en Cuba.  

No puede olvidarse a Ana Betancourt, también camagüeyana, que tiene el mérito histórico de haber proclamado en Guáimaro la emancipación de la mujer el 14 de abril de 1869. Y que fue la primera mujer correctora de prensa, pues lo hizo en plena manigua en el periódico El Mambí, editado por su esposo Ignacio Mora de la Pera. Después, en el exilio, trabajo para la prensa defensora de la independencia de Cuba.  

Y en el siglo XX, antes de 1950,  descollaron las figuras de Ofelia Domínguez, Mariblanca Sabas Alomá y Mirta Aguirre que con sus plumas y con su acción combatieron por los derechos de la mujer, entre ellos el sufragio, y el de los trabajadores, campesinos y pueblo en general. Ofelia Domínguez, por ejemplo, fue la primera mujer en dirigir un órgano de prensa diario en Cuba cuando en 1935 lo hace en el periódico La Palabra luego que Juan Marinello, su director, fue encarcelado. Mirta Aguirre durante muchos años combinó su cátedra universitaria con la dirección de las páginas de cine, teatro y música del periódico Hoy y otras publicaciones del Partido. Por sus trabajos periodísticos alcanzó varios premios prestigiosos. Y Mariblanca, santiaguera, quien vivió 82 años, colaboró en la realización del primer congreso femenino, y estuvo cerca  de Mella, Rubén Martínez Villena y otras relevantes figuras revolucionarias con las que emprendió proyectos como la Universidad Popular y el Movimiento de Veteranos y Patriotas. Mariblanca abrazó con fervor el ideario del programa del Moncada y desde las páginas de distintas publicaciones, entre ellas El Mundo y Mujeres, defendió su causa de la revolución triunfante. En 1983, falleció y fue enterrada como lo pidió: con su uniforme de miliciana.  

De la etapa de 1952 al 59 hay símbolos periodísticos que no pueden olvidarse. Marta Rojas, la cronista de  los sucesos del Moncada, y del juicio seguido a Fidel y los sobrevivientes, que también fue cubierto por otras tres periodistas. Desde la prensa clandestina mucho hizo otra querida santiaguera: Gloria Cuadras. Está también Ernestina Otero, quien era reportera en Palacio y enviada por la revista Bohemia  subió a la Sierra Maestra en 1958 y en Vegas de Jibacoa entrevistó a Fidel Castro. En Diario de un combatiente, Che Guevara la menciona en la nota del 1 de junio de 1958 diciendo: “En el camino nos encontramos con Ernestina Otero, una periodista que nos sacó unas fotos”. Ernestina Otero falleció años después del triunfo de la revolución en un accidente de tránsito cuando iba a reportar una noticia.

Por cierto, hubo otra periodista cubana, llamada Ana María Borrero, que trabajó para Carteles, Vanidades, Ellas, Bohemia y Diario de la Marina, que perdió la vida cuando daba cobertura en México a una visita del presidente estadounidense Harry S. Truman. Eso ocurrió luego  de la Segunda Guerra Mundial. Ana María fue aplastada por la muchedumbre cuando se originó un motín circunstancial.

De los años de revolución –más de medio siglo—han sido muchas las mujeres periodistas que habría necesidad de mencionar, por su presencia en escenarios de conflictos armados como Playa Girón, Viet Nam, Guinea Bissau, Líbano, Argelia, Angola, Etiopía, Bolivia o Nicaragua, o en misiones de desastres causados por la naturaleza, dentro y fuera de Cuba, o siguiendo las huellas de las misiones médicas cubanas o constructores y otros colaboradores cubanos en numerosos países. Son tantas que no me arriesgo a hacerlo, pues podrían faltar muchas con un historial destacado. Menciono solo a dos que, quizás, las represente a todas: a Dora Alonso, escritora y periodista, que en los días de Girón actuó como corresponsal de guerra para la revista Bohemia. Dora Alonso falleció hace una década. Y a Tamara Bunke, Tania la Guerrillera, que no pudo concluir sus estudios de periodismo en Cuba pues debió  cumplir con la misión de organizar el destacamento guerrillero del Che en Bolivia, donde cayó en combate.   

De esos símbolos ha habido y hay muchas periodistas cubanas y de otros países que se han desempeñado en los medios cubanos.    

Algún día tendrá que escribirse un libro sobre más destacadas después del Primero de Enero de 1959 y hasta el presente. De todas aquellas  que estuvieron en escenarios bélicos o de desastres o de otro tipo, y también de las que con sus bolígrafos, sus máquinas de escribir, sus cámaras fotográficas, sus computadoras, o ante los micrófonos de la radio y ante las cámaras de la televisión o desde las redacciones de diarios y revistas, han informado verazmente y dejado testimonios día tras día de estos años duros, difíciles y complejos para el pueblo cubano que ha tenido que enfrentar la política hostil y criminal de un Imperio que ha pretendido impedir, sin conseguirlo, que Cuba avance sin claudicar en sus principios hacia un mejor futuro y a construir un mejor mundo. 

(Fuente: La Jiribilla)

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