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Comercio de armas: un derecho al
revés
Jorge Gómez Barata
Hubo un tiempo en el que las armas de fuego en poder de la población
norteamericana fueron una necesidad; las circunstancias crearon el
derecho y ambos dieron lugar a un negocio que lucra con un
anacronismo y conduce a la paradoja de que las escopetas, revólveres
y pistolas en manos de los estadounidenses ya no son parte de la
solución sino de un problema que, favorecido por el TLC ha sido
exportado a México.
Debido a la vigencia de fuerzas que se benefician con un
multimillonario negocio, cada vez que es promovido el debate en
torno a las armas a las que comercialmente, con requisitos mínimos y
virtualmente sin control, tiene acceso la población norteamericana,
se invoca un derecho consagrado por la Constitución que ejerce un
efecto automático y paralizante. Lo extraño es que en un país de
leyes, no se examine el asunto y se profundice a la luz de la
contextualización del derecho.
Las leyes y las constituciones en el estado de derecho se asumen
como lo que son: creaciones humanas concebidas para dar respuesta a
situaciones concretas. Los legisladores no redactan sagradas
escrituras, sino leyes y constituciones que son aplicadas con la
certeza de que el paso del tiempo y los cambios que el progreso
supone, plantearan nuevas necesidades en virtud de las cuales unas
leyes caerán en desuso, otras serán enmendadas y hará falta nuevas.
La Constitución Norteamericana entró en vigor en 1790 y menos de un
año después, para reparar una colosal omisión, se le introdujeron,
en bloque, de una vez, las diez primeras enmiendas, conocidas como:
Declaración de Derechos. La Segunda de aquellas enmiendas sostiene
que: “Siendo necesaria para la seguridad de un Estado libre una
milicia bien organizada, no se coartará el derecho del pueblo a
tener y portar armas”. Aquella Constitución, la primera y la
única que se ha mantenido vigente a lo largo de más doscientos años,
fue resultado de circunstancias históricas que explican su
contenido.
La fundación del Estado norteamericano fue resultado de un esfuerzo
unitario que, mediante la revolución y la negociación, conducidas
por una esclarecida vanguardia política, logró integrar las 13
colonias existentes en una Nación. Aquellos enclaves, cada uno de
los cuales pudo haber sido un país y que existían, en algunos casos
desde hacía más de 150 años atrás, se forjaron a partir de pequeños
grupos de colonos que, durante décadas, vivieron aislados los unos
de los otros.
A diferencia de lo ocurrido en Hispanoamérica, la colonización en
América del Norte, no estuvo respaldada por la presencia de
ejércitos de ocupación ni por grandes presupuestos para construir
castillos y fortalezas. Los colonos norteamericanos, fueron puñados
de hombres y mujeres desperdigados en millones de kilómetros de
suelo virgen que, aislados y en condiciones de precariedad extrema
fueron sumamente vulnerables.
Cuando Estados Unidos no poseía ejército, policía ni tribunales y el
gobierno no estaba en condiciones de proveer la seguridad de los
ciudadanos en tan vastos, inhóspitos y hostiles territorios, era
lógico que la Constitución de la Nación, consagrara el derecho de
sus ciudadanos a poseer y utilizar armas de fuego. Aunque parece
ocioso es preciso recordar que las armas del siglo XVIII eran
incomparablemente menos letales que las existentes en la actualidad.
La rápida anexión de nuevos territorios, algunos de ellos
violentamente arrebatados a los indios y a México, especialmente la
Conquista del Oeste, fueron procesos excepcionalmente violentos en
los cuales, junto a los laboriosos colonos, prosperaron las
pandillas de ladrones de ganado, tierras y asaltantes de caminos, de
los cuales era preciso defenderse.
Por unas y otras razones, el país se convirtió en un paraíso para
los fabricantes y comerciantes de armas que, con el tiempo
devinieron formidables grupos de presión, que movilizan inmensos
recursos en la labor de lobby destinada a impedir legislaciones que
regulen o limiten la libertad de poseer y vender armas. Entre ellas
la más poderosa es la Asociación Nacional del Rifle (NRA) fundada en
Nueva York en 1871 y que posee casi cinco millones de asociados.
La Asociación Nacional del Rifle, que hasta hace poco fue el
organismo rector de los deportes con armas de fuego en los Estados
Unidos, dedica importantes recursos a la promoción de las armas,
cuenta con programas de radio, espacios en televisión y sitios en
Internet, organiza cursos para todas las edades con especial énfasis
en los niños, jóvenes y mujeres, promueve competencias locales y
nacionales y respalda a las agencias privadas de seguridad.
No sólo por su solvencia económica, sino por la relevancia de sus
asociados la NRA es la más influyente de las organizaciones
norteamericanas de cabildeo con especial impacto en el Congreso y la
Casa Blanca.
A la luz de la comprensión científica del Derecho y del sentido
común es absurdo que, dos siglos después, cuando han desaparecido
las causas y condiciones que dieron lugar a la norma constitucional
que protege la tenencia de armas de fuego, todavía se le invoque y
se le manipule para sostener un negocio que, en lugar de contribuir
a la seguridad ciudadana atenta contra ella.
Amparándose en un precepto ostensiblemente anacrónico superado por
el tiempo y por las circunstancias, en Estados Unidos se mantienen
prácticas excesivamente liberales para la tenencia y el uso de armas
de fuego, que permiten el lucrativo negocio de las armas.
Amparados en esas reglas, legitimas en épocas de Búfalo Bill, Wyatt
Earp y Jesse James, no sólo millones de ciudadanos poseen armas de
fuego, sino que también acceden a ellas todo el espectro de asesinos
y delincuentes, narcotraficantes, tratantes de blancas y a
contrabandistas que en calidad de mayoristas, las exportan a México
donde fomentan el crimen, paradójicamente protegidos por la más
antigua y avanzada de las constituciones liberales.
A pesar de sus meritos, la Constitución de Estados Unidos, que ha
estado vigente por más doscientos años, ha sido enmendada en 27
oportunidades. El hecho de que un precepto haya sido plasmado en la
Constitución, no significa que deba ser observado por toda la
eternidad. Las leyes y las constituciones son transitorias, lo que
es eterno es la justicia y el derecho.
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