|
Venezuela: otros espectros (II)
Jorge Gómez Barata
De haber
gobernado hace 100 años Hugo Chávez pudo haber inventado las
regulaciones para administrar el espectro radioeléctrico. No ocurrió
así y ahora carga con la responsabilidad de ordenar el caos
introducido en su país.
En los 60 años
que corren entre 1844 cuando Samuel Morse inventó el telégrafo,
hasta principios del siglo XX momento en que la radio se consolidó
como medio de difusión masiva, se generalizaron la telegrafía con o
sin alambre, las comunicaciones telefónicas y la radiodifusión.
En ese mismo
período se desarrollaron los trasatlánticos de carga y pasajeros,
los ferrocarriles, los ejércitos, las armadas, la policía, la Cruz
Roja y la defensa civil. Se fomentaron las transacciones financieras
a distancia, tuvo lugar la Primera Guerra Mundial y millones de
personas se habituaron a utilizar el telégrafo y el teléfono para
necesidades particulares.
El éter se
llenó de señales y se ocuparon todas las frecuencias. Tan
impresionante desarrollo hizo necesarias regulaciones precisas,
exactas y obligatorias, tanto a escala nacional como mundial. En ese
contexto aparecieron las autoridades de comunicaciones y
radiodifusión.
Desde su
surgimiento hasta hoy, a escala nacional, la radiodifusión ha
seguidos dos modelos de desarrollo.
El primero y
más liberal es el norteamericano que privilegia la actividad
comercial. Como en otras áreas, al dejar hacer al mercado,
originalmente se creó un caos que marchó en dos direcciones: la
proliferación de emisoras que se interferían unas a otras y la
tendencia de unos propietarios a absorber a otros creando
situaciones de monopolio. Ambos problemas obligaron a legislar sobre
el particular.
En 1927 en
Estados Unidos se adoptó la Radio ACT, creándose la Comisión Federal
de Radio, denominada luego, Comisión Federal de Comunicaciones
(FCC). En aquella oportunidad, debido a que no había frecuencias
para todas y era preciso cubrir otras necesidades de la sociedad y
del Estado, salieron del aire decenas de plantas, en primer lugar
las que tenían situaciones irregulares.
La Ley de
Radio y otras instancias jurídicas posteriores, atribuyeron al
Estado norteamericano representado por la Comisión Federal de
Comunicaciones (FCC), el papel de autoridad única para administrar
el espectro radioeléctrico y fungir como árbitro encargado de
distribuir las frecuencias radioeléctricas, regular la potencia de
los transmisores, controlar los patrones de antena y fiscalizar el
contenido de las programaciones, de modo que se atengan a las reglas
éticas y morales predominantes en la sociedad. Debido a la
naturaleza federal del sistema político norteamericano la mayoría de
las regulaciones tienen carácter estadual, difiriendo de unos
estados a otros.
Desde el
principio, ateniéndose a las experiencias de la prensa escrita que
la precedió, la radio norteamericana se financió con la venta de
espacios, es decir, tiempo en el aire a particulares, empresas,
organizaciones, instituciones culturales, partidos políticos y al
propio Estado y con la introducción de publicidad. Los
patrocinadores son un invento yankee.
En Europa,
debido, entre otras cosas, al monopolio que originalmente ejerció
Guillermo Marconi y a la Primera Guerra Mundial, la radio tuvo un
crecimiento tardío y no fue hasta alrededor de 1922 que se
desarrollo siguiendo el modelo británico que la consideró un
servicio público controlado y supervisado por el Estado, práctica
vigente hasta hoy, cuando, a pesar de los retrocesos neoliberales,
con métodos de gerencia y dirección modernos y básicamente
democráticos, la radio europea es un interés y un área donde la
participación del Estado sigue siendo decisiva.
A diferencia
de Estados Unidos, la radio en Europa originalmente se financió
mediante el cobro de impuestos a los poseedores de los receptores,
sistema todavía vigente en algunos países y por el cobro de tarifas
a las instituciones que emiten programas de carácter culturales o
interés publico. En algunos países la radio recibe apoyo económico
de fuentes públicas y los dirigentes de los órganos rectores son
aprobados por los parlamentos.
La idea de que
pueden existir “latifundios radiales”, que las frecuencias
radioeléctricas se pueden heredar, comprar y vender juntos con los
locales y los artefactos de las plantas de radio y que el Estado
nada puede hacer ante semejantes desmanes es pedestre y primitiva,
propia del subdesarrollo que supone el control de la oligarquía que,
como aquel rey francés quisiera poder decir: “El Estado soy yo”.
De eso se
trata la batalla de Chávez, no tanto de apoderarse del espectro
radioeléctrico, sino de poner orden, hacer prevalecer el interés
social y lograr que los medios de difusión masiva asuman con altura
su papel. Ojalá sus colaboradores sepan como lograrlo. En definitiva
él no puede hacerlo todo y unas chapucerías no se corrigen con
otras.
(Publicación
Original en
http://moncadalectores.blogspot.com/)
|