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Cuba: el suicidio de un “disidente”
Atilio A. Borón
Haciendo una vez más gala
de su proverbial falta de escrúpulos El País de Madrid informó en su
edición digital del 27 de febrero que “la disidencia cubana sigue
movilizada por la muerte del prisionero de conciencia Orlando Zapata
Tamayo”. Afirmación tan rotunda como falsa cuya intención no es
otra que la de llevar agua para el molino de la permanente campaña
de ataques y agresiones contra la Revolución cubana y alimentar los
prejuicios de una gran parte de los lectores de ese periódico que
no siempre tienen tiempo, posibilidad o interés en corroborar la
veracidad de las informaciones que les proporcionan los grandes
medios de comunicación.
Afortunadamente, una
oportuna nota publicada por el prestigioso intelectual cubano
Enrique Ubieta Gómez permite echar luz sobre este penoso episodio y
desmontar la mentira urdida por el periódico madrileño. (http://www.cubadebate.cu/opinion/2010/02/26/orlando-zapata-tamayo-la-muerte-util-de-la-contrarrevolucion/).
En ella se demuestra que el supuesto
“prisionero de conciencia” no era tal; por eso nunca figuró en la
lista de “prisioneros políticos” elaborada por la ya disuelta
Comisión de Derechos Humanos de la ONU en 2003, reemplazada a causa
de sus serios vicios y su manifiesta arbitrariedad al servicio de
los intereses de los Estados Unidos por el Consejo de Derechos
Humanos. ¿Cómo es posible que un “prisionero de conciencia” cuya
identificación con el proyecto político lo llevó a inmolarse con tal
de no traicionar sus ideas hubiera pasado desapercibido ante los
atentos ojos de la Comisión?
La respuesta es bien
simple: Zapata Tamayo, nos dice Ubieta Gómez, era un preso común
cuyos problemas con la justicia comenzaron en 1988, es decir, quince
años antes de la confección de la famosa lista. En su larga carrera
delictiva fue procesado por "violación de domicilio" (1993),
"lesiones menos graves" (2000), "estafa" (2000), "lesiones y
tenencia de arma blanca" (2000: heridas y fractura de cráneo a una
víctima utilizando un machete), "alteración del orden" y "desórdenes
públicos" (2002), entre otras causas que, como puede observarse,
nada tienen que ver con la protesta política y sí con delitos
comunes. En un alarde de generosidad la justicia cubana dispuso que
Zapata Tamayo fuese liberado bajo fianza el 9 de Marzo de 2003. Sin
embargo, pocos días después reincidiría en sus delitos y sería
detenido y condenado a tres años de prisión. Pero, en esta ocasión,
su sentencia se fue extendiendo a causa de su agresiva conducta en
la cárcel. Es precisamente en este marco cuando se produce su
milagrosa metamorfosis: el maleante repetidamente encarcelado por la
comisión de numerosos delitos comunes se convierte en un ardiente
ciudadano que decide consagrar su vida a la promoción de la
“libertad” y la “democracia” en Cuba. Astutamente reclutado por
sectores de la “disidencia política” cubana, siempre deseosa de
contar con un mártir en sus magras filas, se lo impulsó
irresponsablemente y con total desprecio de su persona a llevar a
cabo una huelga de hambre hasta el final, a cambio de quien sabe
cuales promesas o contrapartidas de todo tipo que, seguramente, el
paso del tiempo no tardará en aclarar.
El caso de esta víctima es
aleccionador del talante moral de quienes pugnan por lograr el
“cambio de régimen” en Cuba; también de la catadura moral de medios
como El País, y otros similares, que ponen su inmenso poder
mediático, formador y deformador de conciencias, al servicio de las
más innobles causas.
Nada dicen, por ejemplo,
que la desgraciada vida del suicida fue vilmente manipulada por la
“disidencia” y sus mandantes, que pretenden hacer pasar por un
“preso de conciencia” a quien no fue otra cosa que un delincuente
común. También ocultan que la sedicente “disidencia política” es, en
realidad, algo bien distinto: el caballo de Troya de la anhelada
reinstauración de la dominación imperialista en Cuba. “Disidentes”
se les llama a quienes fueron filmados mientras recibían importantes
sumas de dinero en la Sección de Intereses de Estados Unidos en La
Habana para financiar sus actividades subversivas de la constitución
y las leyes de la república. Es decir, para trabajar conjuntamente
con el Gobierno de un país que hace medio siglo le ha declarado la
guerra a Cuba, que mantiene contra esa isla un bloqueo criminal
unánimemente condenado por la comunidad internacional y que ha hecho
más de seiscientos intentos de asesinar al líder de la Revolución
cubana.
¿Cómo reaccionaría
Washington si hoy sorprendiera a un grupo de sus ciudadanos
recibiendo generosas sumas de dinero, equipos de comunicación y
consejos prácticos acerca de cómo derrocar al gobierno de Estados
Unidos en la Embajada de Afganistán en Washington? ¿Hubiera
considerado El País a esos subversivos como “disidentes políticos” o
como traidores a su patria? Además, a diferencia de lo ocurrido con
los mercenarios cubanos, lo más probable es que los estadounidenses
hubieran sido inmediatamente ejecutados, acusados del infame delito
de traición a la patria por su desembozada y antipatriótica
colaboración con una potencia agresora.
Por mucho menos que esto
la “democracia norteamericana” envió a la silla eléctrica a los
esposos Julius y Ethel Rosenberg en 1953 en un juicio (como el ahora
perpetrado contra “los 5”) que fue una verdadera burla a la
justicia. Pero nada de eso ocurre en Cuba. Y nada de esto se informa
a la opinión pública mundial. No hay en la isla cárceles secretas,
ni legalización de la tortura, ni traslado de prisioneros para ser
torturados en terceros países, ni desaparecidos, ni vuelos ilegales,
ni detenciones arbitrarias sin plazos ni juicios y tantas otras
prácticas que rutinariamente se llevan a cabo en las mazmorras
estadounidenses y que son sistemáticamente silenciadas y ocultadas
por la “prensa seria” cuya supuesta misión es informar.
Para la prensa del
imperio, como El País, todas estas son minucias sin importancia.
Negocios son negocios y si hay que mentir se miente una y cien veces
con la certeza que otorga la impunidad que le confiere la
indefensión, la credulidad o la apatía de sus lectores, aletargados
por la propaganda y cuidadosamente desinformados y embrutecidos por
los grandes medios.
En un luminoso pasaje de El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte
Marx decía que, ante su orfandad, la contrarrevolución bonapartista
extraía sus cuadros y sus héroes del lumpenproletariado de Paris. Lo
mismo ocurre en nuestros días con los autoproclamados adalides de
las libertades y la democracia en Cuba y sus compinches en la
“prensa seria” internacional. Por eso, si es necesario decir que
Barrabás era Jesucristo se dice. Y si hay que decir que Zapata
Tamayo era un “prisionero de conciencia” también se dice y
sanseacabó.
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