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En busca del lector cubano
Ariel Terrero
Cuando estamos
ante la cuartilla en blanco de la computadora, solemos torturarnos
con muchas preguntas para definir el rumbo del texto que debemos
parir: ¿qué vamos a decir de lo que vimos? ¿Cómo lo contamos? ¿Qué
tiempo nos queda para hacerlo? Pero, cuántas veces nos preguntamos:
¿para quiénes escribimos?
En mi opinión,
la respuesta a esta última incógnita es clave para encontrar ese
difícil equilibrio entre lenguaje e intención en el periodismo
escrito. El lector, antagonista y compinche a la vez, puede
convertirse en excelente brújula de los dedos del reportero sobre el
teclado, si le viéramos el rostro o algún mínimo rasgo de identidad,
pero lamentablemente, no sabemos con precisión matemática quién
detendrá la mirada sobre nuestro artículo o sobre nuestra
fotografía.
Algunos
parecen resolver el dilema poniendo en lugar del rostro invisible la
imagen del jefe de información, de redacción o la del director del
diario o revista; en otras ocasiones, el puesto de destinatario
parece ocuparlo el funcionario que sirvió de fuente, y hasta la
pareja del autor. Sin embargo, con un poco de paciencia podemos
delinear una imagen más real de esa persona para la cual trabajamos
y que en el presente contrato denominaremos EL LECTOR.
¿Cómo es? Una
mirada rápida puede enseñarnos rasgos tan disímiles y abundantes que
resulta difícil superponerlos para encontrar un patrón común: desde
el fanático seguidor de los temas que trabaja el periodista
habitualmente, pasando por el lector circunstancial de carteleras,
hasta críticos más duros que el mismísimo jefe -con la ventaja, para
el reportero, de que no pueden ejercer la censura directa, como el
jefe, aunque pueden aplicar otra sanción más severa: la negación
total, ignorar al periodista.
A pesar de esa
diversidad, existe un rasgo universal, comprobado mediante
investigaciones: el lector habitual de periódicos y revistas suele
tener un techo político y cultural más alto que el de aquel otro
ciudadano que para informarse ancla solo en noticieros televisivos y
radiales. En el diario primero, y después en la revista, busca
confirmación y ampliación de la noticia que ya conoció en la noche o
la madrugada a través de la radio y la televisión. Busca evaluación,
opinión, repercusión, nuevos datos, no la mera repetición de la
noticia.
A esta
característica compartida, podemos añadir otro dato para definir con
más precisión la imagen del LECTOR CUBANO. Mucho se ha alabado, no
solo por vanidad patio adentro, la cultura moldeada en el pueblo por
48 años de Revolución. Pueden resultar reveladores los siguientes
datos: un 99,8 por ciento de alfabetización entre mayores de 15
años, según datos del Informe sobre Desarrollo Humano de la ONU de
2006. Al cierre de 2006, Cuba llegó a 800,000 graduados
universitarios y el Ministerio de Educación Superior pronostica que
en 2010 un millón de cubanos tendrá ese nivel. Hoy, más del 50 por
ciento de la población entre 18 y 24 años cursa una carrera
universitaria.
Primera
conclusión combinada: escribimos para un lector con un nivel
cultural y político por encima de la media del receptor de noticias
en Cuba y la media cultural en Cuba sobrepasa a la media de los
demás países latinoamericanos e, incluso, a la de algunos
desarrollados. Entonces, no resulta arriesgado ni chovinista pensar
que escribimos para un lector que supera en sagacidad al lector
medio latinoamericano y de otras muchas regiones del planeta.
Con ese lector
no tiene éxito una comunicación sobre la base de presupuestos
informativos y estéticos simples. Receptores de entendederas
preclaras captarán con facilidad la estratagema de dar solo una
vuelta de refrito a la información que ya dio toda la radio y la
televisión o repetir mecánicamente el dato ofrecido por un
funcionario. No quedará satisfecho con la misma información
elemental que ya consumió en otro medio solo porque le aplicaron
algunos cambios de estilos o género, redactados en la pista de
carrera de un cierre informativo.
Ese lector
nuestro quiere beber profundidad real en los materiales de la prensa
escrita. Quiere, y merece, respeto. Es, a la vez, la garantía de que
respete a la prensa revolucionaria y no la observe como mera
repetidora de informaciones imprecisas o consignas. Un lector culto
descubre y rechaza verdades a medias. No se puede pretender que
acepte sin análisis que el Estado desembolsó una cifra millonaria en
el incremento de salarios, si esa prensa no evalúa con datos claros
el impacto de la nueva tarifa eléctrica en ese beneficio salarial a
escala doméstica. Ni se le puede intentar convencer de la certeza de
una medida, cuando es demasiado evidente que la prensa silencia,
como el niño que esconde una mano, lo que ocurre en una parte del
escenario cotidiano de cualquier cubano. Ante esas personas tampoco
es suficiente el contenido patriótico de un título, si se ha
estructurado con palabras y frases gastadas por el uso.
Un tercer
factor, de matriz tecnológica, añade condimento a la urgencia de
renovar el lenguaje de la prensa escrita en el mundo y también
enseña los dientes en Cuba. El desarrollo de medios tradicionales de
información, como la televisión, y la aparición de otros, como
Internet, imponen una nueva dinámica en la información.
Dotadas de
recursos tecnológicos en constante renovación, las televisoras han
convertido en rutina la cobertura en vivo de cualquier
acontecimiento, incluidos hechos tan dramáticos y escarpados como
una guerra o un desastre natural. El acceso a esas tecnologías, ha
propiciado que la fórmula CNN sea absorbida por otras cadenas
globales. En Cuba, a pesar de no contar con iguales recursos, se
multiplican los canales de televisión, incluso a escala de
municipio, y las emisoras de radio afianzan su misión informativa. A
esto se suma, en el mundo, la aparición de Internet como nuevo canal
de información y la multiplicación desaforada de sitios web. La
llamada sociedad de la información es ya una realidad que hunde a la
humanidad en un flujo brutal de información, que aprovecha para
fluir cualquier accidente tecnológico, un celular por ejemplo. Y ese
caudal llega también a Cuba con su combinación de beneficios y
riesgos.
Incapaces de
competir por razones técnicas frente a esa avalancha de información,
muchos periódicos en el mundo han ajustado su perfil informativo
para no perecer ahogados. En esencia, han privilegiado a los géneros
de opinión y al periodismo interpretativo. El espacio dedicado a la
mera noticia se ha reducido sensiblemente, como demuestran algunos
estudios, a favor de la profundidad, el comentario, la evaluación y
el análisis.
En Cuba, han
arraigado las columnas de opinión en páginas de algunos periódicos
de circulación nacional y de provincia, pero en otros han
desaparecido viejos columnistas y no han sido relevados. También se
perciben una voluntad, pero sin estabilidad aún, para abrir espacio
a los trabajos de periodismo interpretativo, el de investigación y
el de precisión, tres corrientes que se funden en el llamado
periodismo en profundidad. Sin embargo, todavía la balanza se
inclina de manera evidente hacia notas de corte informativo,
incluidos la relatoría de acontecimientos y eventos usualmente
reportados por la radio, la televisión y demás medios.
Un rápido
sondeo a dos periódicos cubanos durante una semana de noviembre de
2006 lo confirma. El primero publicó 149 trabajos, de los cuales el
75,8 por ciento era de carácter informativo; un 12,7 por ciento de
opinión; un 3,3 por ciento podría clasificarse como periodismo en
profundidad y un 8% eran reproducciones parciales de libros,
historia u otros materiales no periodísticos.
En el segundo
caso las cifras muestran un mejor equilibrio, pero la noticia sigue
al frente con el 65,7 por ciento. Un 28,7 por ciento de los trabajos
son de opinión y un 5,5 por ciento encajan en el llamado periodismo
en profundidad.
A mi juicio,
la prensa escrita cubana debe continuar transitando desde el
lenguaje mayormente expositivo, descriptivo o lineal que caracteriza
a la noticia, hacia un lenguaje analítico, argumentativo, en que
cada idea tenga como sustento el dato preciso, la abundancia de
información –lamentablemente escasa en nuestros días-, la diversidad
de enfoques, la pluralidad de opiniones, la riqueza de estilos.
Pero el cambio
hacia un perfil informativo y estético más rico y diverso implica,
entre otras cosas, una mayor preparación y especialización de los
periodistas, y una postura más rebelde frente a las trabas, muchas
burocráticas, que impiden el acceso a la información de valor
público, bajo el criterio de que no se trata del acceso de la prensa
a la misma, como pretenden algunos funcionarios, sino de obstáculos
al acceso del pueblo a la información que le pertenece y necesita.
No sólo es un
desafío de la prensa escrita para sobrevivir frente a la avalancha
informativa de otros medios. Es una exigencia, en momentos en que la
Revolución lleva aire de nuevo a las velas del desarrollo cultural
del pueblo, en la búsqueda constante de esa tierra prometida que se
llama socialismo. Sería nuestra contribución política a esa batalla
de ideas de 48 años que ha cobrado un nuevo giro en este siglo.
Aquel principio claramente presentado por Ramonet de que “la calidad
de la democracia depende de la calidad de la información”, puede
tener otra lectura: de la calidad de la información depende la
calidad del socialismo. O quizás sea mejor citar a un hombre que ha
fundamentado como pocos esas ideas. “Sin educación y sin cultura no
hay ni puede haber democracia”, dijo Fidel en 2003, una idea que ha
constituido un faro permanente de la Revolución.
Ponencia presentada en el VIII Festival Nacional de
la Prensa Escrita, 11 de enero de 2007
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