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Jueves, 11 de enero de 2007


En busca del lector cubano

Ariel Terrero

Cuando estamos ante la cuartilla en blanco de la computadora, solemos torturarnos con muchas preguntas para definir el rumbo del texto que debemos parir: ¿qué vamos a decir de lo que vimos? ¿Cómo lo contamos? ¿Qué tiempo nos queda para hacerlo? Pero, cuántas veces nos preguntamos: ¿para quiénes escribimos?

En mi opinión, la respuesta a esta última incógnita es clave para encontrar ese difícil equilibrio entre lenguaje e intención en el periodismo escrito. El lector, antagonista y compinche a la vez, puede convertirse en excelente brújula de los dedos del reportero sobre el teclado, si le viéramos el rostro o algún mínimo rasgo de identidad, pero lamentablemente, no sabemos con precisión matemática quién detendrá la mirada sobre nuestro artículo o sobre nuestra fotografía.

Algunos parecen resolver el dilema poniendo en lugar del rostro invisible la imagen del jefe de información, de redacción o la del director del diario o revista; en otras ocasiones, el puesto de destinatario parece ocuparlo el funcionario que sirvió de fuente, y hasta la pareja del autor. Sin embargo, con un poco de paciencia podemos delinear una imagen más real de esa persona para la cual trabajamos y que en el presente contrato denominaremos EL LECTOR.

¿Cómo es? Una mirada rápida puede enseñarnos rasgos tan disímiles y abundantes que resulta difícil superponerlos para encontrar un patrón común: desde el fanático seguidor de los temas que trabaja el periodista habitualmente, pasando por el lector circunstancial de carteleras, hasta críticos más duros que el mismísimo jefe -con la ventaja, para el reportero, de que no pueden ejercer la censura directa, como el jefe, aunque pueden aplicar otra sanción más severa: la negación total, ignorar al periodista.

A pesar de esa diversidad, existe un rasgo universal, comprobado mediante investigaciones: el lector habitual de periódicos y revistas suele tener un techo político y cultural más alto que el de aquel otro ciudadano que para informarse ancla solo en noticieros televisivos y radiales. En el diario primero, y después en la revista, busca confirmación y ampliación de la noticia que ya conoció en la noche o la madrugada a través de la radio y la televisión. Busca evaluación, opinión, repercusión, nuevos datos, no la mera repetición de la noticia.

A esta característica compartida, podemos añadir otro dato para definir con más precisión la imagen del LECTOR CUBANO. Mucho se ha alabado, no solo por vanidad patio adentro, la cultura moldeada en el pueblo por 48 años de Revolución. Pueden resultar reveladores los siguientes datos: un 99,8 por ciento de alfabetización entre mayores de 15 años, según datos del Informe sobre Desarrollo Humano de la ONU de 2006. Al cierre de 2006, Cuba llegó a 800,000 graduados universitarios y el Ministerio de Educación Superior pronostica que en 2010 un millón de cubanos tendrá ese nivel. Hoy, más del 50 por ciento de la población entre 18 y 24 años cursa una carrera universitaria.

Primera conclusión combinada: escribimos para un lector con un nivel cultural y político por encima de la media del receptor de noticias en Cuba y la media cultural en Cuba sobrepasa a la media de los demás países latinoamericanos e, incluso, a la de algunos desarrollados. Entonces, no resulta arriesgado ni chovinista pensar que escribimos para un lector que supera en sagacidad al lector medio latinoamericano y de otras muchas regiones del planeta.

Con ese lector no tiene éxito una comunicación sobre la base de presupuestos informativos y estéticos simples. Receptores de entendederas preclaras captarán con facilidad la estratagema de dar solo una vuelta de refrito a la información que ya dio toda la radio y la televisión o repetir mecánicamente el dato ofrecido por un funcionario. No quedará satisfecho con la misma información elemental que ya consumió en otro medio solo porque le aplicaron algunos cambios de estilos o género, redactados en la pista de carrera de un cierre informativo.

Ese lector nuestro quiere beber profundidad real en los materiales de la prensa escrita. Quiere, y merece, respeto. Es, a la vez, la garantía de que respete a la prensa revolucionaria y no la observe como mera repetidora de informaciones imprecisas o consignas. Un lector culto descubre y rechaza verdades a medias. No se puede pretender que acepte sin análisis que el Estado desembolsó una cifra millonaria en el incremento de salarios, si esa prensa no evalúa con datos claros el impacto de la nueva tarifa eléctrica en ese beneficio salarial a escala doméstica. Ni se le puede intentar convencer de la certeza de una medida, cuando es demasiado evidente que la prensa silencia, como el niño que esconde una mano, lo que ocurre en una parte del escenario cotidiano de cualquier cubano. Ante esas personas tampoco es suficiente el contenido patriótico de un título, si se ha estructurado con palabras y frases gastadas por el uso.

Un tercer factor, de matriz tecnológica, añade condimento a la urgencia de renovar el lenguaje de la prensa escrita en el mundo y también enseña los dientes en Cuba. El desarrollo de medios tradicionales de información, como la televisión, y la aparición de otros, como Internet, imponen una nueva dinámica en la información. 

Dotadas de recursos tecnológicos en constante renovación, las televisoras han convertido en rutina la cobertura en vivo de cualquier acontecimiento, incluidos hechos tan dramáticos y escarpados como una guerra o un desastre natural. El acceso a esas tecnologías, ha propiciado que la fórmula CNN sea absorbida por otras cadenas globales. En Cuba, a pesar de no contar con iguales recursos, se multiplican los canales de televisión, incluso a escala de municipio, y las emisoras de radio afianzan su misión informativa. A esto se suma, en el mundo, la aparición de Internet como nuevo canal de información y la multiplicación desaforada de sitios web. La llamada sociedad de la información es ya una realidad que hunde a la humanidad en un flujo brutal de información, que aprovecha para fluir cualquier accidente tecnológico, un celular por ejemplo. Y ese caudal llega también a Cuba con su combinación de beneficios y riesgos.

Incapaces de competir por razones técnicas frente a esa avalancha de información, muchos periódicos en el mundo han ajustado su perfil informativo para no perecer ahogados. En esencia, han privilegiado a los géneros de opinión y al periodismo interpretativo. El espacio dedicado a la mera noticia se ha reducido sensiblemente, como demuestran algunos estudios, a favor de la profundidad, el comentario, la evaluación y el análisis.

En Cuba, han arraigado las columnas de opinión en páginas de algunos periódicos de circulación nacional y de provincia, pero en otros han desaparecido viejos columnistas y no han sido relevados. También se perciben una voluntad, pero sin estabilidad aún, para abrir espacio a los trabajos de periodismo interpretativo, el de investigación y el de precisión, tres corrientes que se funden en el llamado periodismo en profundidad. Sin embargo, todavía la balanza se inclina de manera evidente hacia notas de corte informativo, incluidos la relatoría de acontecimientos y eventos usualmente reportados por la radio, la televisión y demás medios.

Un rápido sondeo a dos periódicos cubanos durante una semana de noviembre de 2006 lo confirma. El primero publicó 149 trabajos, de los cuales el 75,8 por ciento era de carácter informativo; un 12,7 por ciento de opinión; un 3,3 por ciento podría clasificarse como periodismo en profundidad y un 8% eran reproducciones parciales de libros, historia u otros materiales no periodísticos.

En el segundo caso las cifras muestran un mejor equilibrio, pero la noticia sigue al frente con el 65,7 por ciento. Un 28,7 por ciento de los trabajos son de opinión y un 5,5 por ciento encajan en el llamado periodismo en profundidad.

A mi juicio, la prensa escrita cubana debe continuar transitando desde el lenguaje mayormente expositivo, descriptivo o lineal que caracteriza a la noticia, hacia un lenguaje analítico, argumentativo, en que cada idea tenga como sustento el dato preciso, la abundancia de información –lamentablemente escasa en nuestros días-, la diversidad de enfoques, la pluralidad de opiniones, la riqueza de estilos.

Pero el cambio hacia un perfil informativo y estético más rico y diverso implica, entre otras cosas, una mayor preparación y especialización de los periodistas, y una postura más rebelde frente a las trabas, muchas burocráticas, que impiden el acceso a la información de valor público, bajo el criterio de que no se trata del acceso de la prensa a la misma, como pretenden algunos funcionarios, sino de obstáculos al acceso del pueblo a la información que le pertenece y necesita.

No sólo es un desafío de la prensa escrita para sobrevivir frente a la avalancha informativa de otros medios. Es una exigencia, en momentos en que la Revolución lleva aire de nuevo a las velas del desarrollo cultural del pueblo, en la búsqueda constante de esa tierra prometida que se llama socialismo. Sería nuestra contribución política a esa batalla de ideas de 48 años que ha cobrado un nuevo giro en este siglo. Aquel principio claramente presentado por Ramonet de que “la calidad de la democracia depende de la calidad de la información”, puede tener otra lectura: de la calidad de la información depende la calidad del socialismo. O quizás sea mejor citar a un hombre que ha fundamentado como pocos esas ideas. “Sin educación y sin cultura no hay ni puede haber democracia”, dijo Fidel en 2003, una idea que ha constituido un faro permanente de la Revolución. 

Ponencia presentada en el VIII Festival Nacional de la Prensa Escrita, 11 de enero de 2007
 

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