Marcha
de periodistas mexicanos en reclamo de que se investiguen
asesinatos
Desde el 2000 y hasta hoy en México han perdido la vida
cerca de sesenta informadores -y más de una
decena están desaparecidos-. Eso ha hecho de México el país más
peligroso de Latinoamérica para sacar la grabadora y tomar
notas, sin que apenas nadie pague por ello.
Eso es algo que un millar de personas, la mayoría reporteros,
salió a denunciar en silencio en Ciudad de
México, la capital, bajo la mirada del Ángel de la
Independencia. Con las fotos de sus compañeros asesinados. Desde
el papel miraba Valentín Valdez, con sonrisa de joven reportero
audaz, muerto en Saltillo; Bladimir Antuna, solemne ante un
micrófono, a quien se lo llevaron cuando iba a trabajar a El
Tiempo de Durango; Roberto Mora, de El Mañana, de Nuevo Laredo,
cuyo crimen lleva impune cinco años.
Entre el gentío, decanos de la pluma como Miguel Ángel Granados
Chapa, firmas conocidas como Gabriela Warkentin, y la voz de
Ricardo Rocha. Y cientos de
rostros que se colocan cada día detrás de la noticia,
caras que se conocen unas a otras de las ruedas de prensa.
"No queremos una declaración del Gobierno federal diciendo que
hay mecanismos de protección. Declaraciones nada, acción de la
PGR (fiscalía)", indicó a la nube de cámaras Granados Chapa. "La
mayor parte (de muertos y desapariciones)
no han sido ni siquiera investigados", añadió.
La gota que colmó el vaso fue el
secuestro la semana pasada de cuatro periodistas
en Durango a manos del cártel de Sinaloa. La novedad es que tres
de ellos pertenecían a medios nacionales; hasta ahora los narcos
solo amenazaban y mataban a periodistas de medios locales.
El gremio está molesto con el Gobierno,
ante la insultante indefensión que padece, una situación que va
a peor y que –aunque la Policía Federal rescate en un operativo
a algunos informadores y salga el secretario de Seguridad
Pública a anunciarlo- apenas se remedia. Las muertes de los
periodistas se pierden en un laberinto burocrático de
competencias y la fiscalía especial creada al efecto no resulta
sino un caro adorno para combatir el paro.
"No queremos ser la nota", "Por nuestro derecho a saber, por
nuestro derecho a informar", rezan algunas
pancartas. Un hombre se pasea con una cadena dorada de oreja a
oreja que le cierra la boca; otro, a la cabeza de la columna
humana que camina hasta la Secretaría de Gobernación (Interior)
prefiere la tradicional cinta canela sobre la boca. La misma que
el crimen organizado usa para cubrir los ojos de quienes
"ultima".
Hay quienes están en la marcha en
un doble papel, el de manifestante y el de
reportero en acción, transmitiendo a sus redacciones. "Tenemos
zonas del país donde los reporteros no pueden salir a hacer su
trabajo, por temor, por hostigamiento, por violencia", dice
Luis, que trabaja para una gran cadena de televisión y pide que
no se le identifique. Reparte papeles con la demanda de los
informadores.
Los periodistas
marcharon en silencio a través del Paseo de la
Reforma. Alguien tocaba en un aparato de música un corrido sobre
las muertes de periodistas, ahora una siniestra verdad en lo más
alto de la pirámide invertida del periodismo mexicano. A un lado
queda la torre de cristal y acero de la Procuraduría General de
la República (PGR).
Hoy, la marcha del millar de periodistas es noticia. Pero no son
los reporteros quienes deben tomar notas sobre ella. Son los
políticos.
(Fuente:
elmundo.es)