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Lunes, 09 de Agosto de 2010


Marcha de periodistas mexicanos en reclamo de que se investiguen asesinatos

Desde el 2000 y hasta hoy en México han perdido la vida cerca de sesenta informadores -y más de una decena están desaparecidos-. Eso ha hecho de México el país más peligroso de Latinoamérica para sacar la grabadora y tomar notas, sin que apenas nadie pague por ello.

Eso es algo que un millar de personas, la mayoría reporteros, salió a denunciar en silencio en Ciudad de México, la capital, bajo la mirada del Ángel de la Independencia. Con las fotos de sus compañeros asesinados. Desde el papel miraba Valentín Valdez, con sonrisa de joven reportero audaz, muerto en Saltillo; Bladimir Antuna, solemne ante un micrófono, a quien se lo llevaron cuando iba a trabajar a El Tiempo de Durango; Roberto Mora, de El Mañana, de Nuevo Laredo, cuyo crimen lleva impune cinco años.

Entre el gentío, decanos de la pluma como Miguel Ángel Granados Chapa, firmas conocidas como Gabriela Warkentin, y la voz de Ricardo Rocha. Y cientos de rostros que se colocan cada día detrás de la noticia, caras que se conocen unas a otras de las ruedas de prensa.

"No queremos una declaración del Gobierno federal diciendo que hay mecanismos de protección. Declaraciones nada, acción de la PGR (fiscalía)", indicó a la nube de cámaras Granados Chapa. "La mayor parte (de muertos y desapariciones) no han sido ni siquiera investigados", añadió.

La gota que colmó el vaso fue el secuestro la semana pasada de cuatro periodistas en Durango a manos del cártel de Sinaloa. La novedad es que tres de ellos pertenecían a medios nacionales; hasta ahora los narcos solo amenazaban y mataban a periodistas de medios locales.

El gremio está molesto con el Gobierno, ante la insultante indefensión que padece, una situación que va a peor y que –aunque la Policía Federal rescate en un operativo a algunos informadores y salga el secretario de Seguridad Pública a anunciarlo- apenas se remedia. Las muertes de los periodistas se pierden en un laberinto burocrático de competencias y la fiscalía especial creada al efecto no resulta sino un caro adorno para combatir el paro.

"No queremos ser la nota", "Por nuestro derecho a saber, por nuestro derecho a informar", rezan algunas pancartas. Un hombre se pasea con una cadena dorada de oreja a oreja que le cierra la boca; otro, a la cabeza de la columna humana que camina hasta la Secretaría de Gobernación (Interior) prefiere la tradicional cinta canela sobre la boca. La misma que el crimen organizado usa para cubrir los ojos de quienes "ultima".

Hay quienes están en la marcha en un doble papel, el de manifestante y el de reportero en acción, transmitiendo a sus redacciones. "Tenemos zonas del país donde los reporteros no pueden salir a hacer su trabajo, por temor, por hostigamiento, por violencia", dice Luis, que trabaja para una gran cadena de televisión y pide que no se le identifique. Reparte papeles con la demanda de los informadores.

Los periodistas marcharon en silencio a través del Paseo de la Reforma. Alguien tocaba en un aparato de música un corrido sobre las muertes de periodistas, ahora una siniestra verdad en lo más alto de la pirámide invertida del periodismo mexicano. A un lado queda la torre de cristal y acero de la Procuraduría General de la República (PGR).

Hoy, la marcha del millar de periodistas es noticia. Pero no son los reporteros quienes deben tomar notas sobre ella. Son los políticos.

(Fuente: elmundo.es)


 


 

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