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Miércoles 6 de Agosto de 2006


Lenguaje e intencionalidad

José Dos Santos

Corren tiempos difíciles para el lenguaje y las definiciones. No es nada nuevo si pensamos que siempre los conceptos han sido objeto de manipulaciones, para llevarles a servir a quien los utiliza más allá de la etimología y la ética.

En la medida en que la hegemonía de los medios masivos de comunicación se ha acentuado por el dominio de los recursos financieros, el desarrollo de la tecnología y la falta de contrapeso al poder global, sus patrones de todo tipo, incluidos los culturales, permean también el decir de los seres humanos.

No están muy lejos los ejemplos de enfoque que proliferaron durante el desmantelamiento del socialismo en la Unión Soviética, cuando los “progresistas” eran los que querían reimplantar el capitalismo en ese vasto territorio y por “conservadores”  eran tildados despectivamente todos los que luchaban por impedirlo.

Asimismo, en cada episodio que analicemos relacionados con las pretensiones de imponer dictámenes imperiales al mundo contemporáneo, las palabras, términos, frases y otros tipos de expresiones son diseñados por el poder mediático y sus servidores para allanar el terreno, marear pensamientos, condicionar conciencias y ocultar verdaderas intenciones.

Llámese Iraq y oiremos hablar de “coalición” y no de cohorte de agresores impelidos a participar por Estados Unidos en una agresión burdamente injustificada.

Háblese de Irán y sobresaldrán términos como intolerancia, desprecio a la opinión pública internacional y amenaza a la paz regional y mundial los intereses de Teherán de desarrollar el uso pacífico de la energía atómica.

Trátese de movimientos de izquierda y aparecerán abundantes alusiones a eventuales y sospechosos vínculos con los grandes males contemporáneos, que no son el hambre, la pobreza, la insalubridad, la inseguridad social y la destrucción paulatina de nuestro planeta, sino el terrorismo, la falta de democracia y otros fenómenos encumbrados como las plagas aniquiladoras de estos días.

Cuba no es ajena a esa ola de retorcer el lenguaje mediático internacional, en el que jamás aparecerá el bloqueo de Washington contra la Mayor de las Antillas. Si acaso dirá un tibio “embargo” o por lo general un simple diferendo bilateral (y no conflicto) aunque leyes como la Torricelli y la Helms-Burton tengan un carácter extraterritorial confeso.

Asimismo enfocan como aspiraciones a una transición democrática o a lo sumo a impedir una sucesión lo que de hecho son planes para el derrocamiento incluso violento- de un gobierno y un sistema político legítimamente constituidos. El concepto de ¨continuidad constitucional¨ en el caso cubano no aparece en el diccionario de la injerencia.

La relación sería enjundiosa, porque a la contrarrevolución interna -organizada, financiada y alentada por Washington-  le llaman simple y noblemente ¨disidencia¨ y a los emigrados que se marcharon legalmente del país le tildan de ¨exiliados¨, con la dramática connotación política que ello tiene.

Y a diario, a cada instante, circulan por el mundo los cuños conceptuales con los que los poderosos marcan los hechos y pensamientos, las acciones y las ideas. Es deber de todos impedir que confundan, tergiversen y oculten las verdades y contribuir sistemáticamente a desenmascarar la aviesa intencionalidad que se oculta tras el lenguaje.

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