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Lenguaje e
intencionalidad
José Dos Santos
Corren tiempos difíciles para el lenguaje y las
definiciones. No es nada nuevo si pensamos que siempre los conceptos
han sido objeto de manipulaciones, para llevarles a servir a quien
los utiliza más allá de la etimología y la ética.
En la medida en que la hegemonía de los medios
masivos de comunicación se ha acentuado por el dominio de los
recursos financieros, el desarrollo de la tecnología y la falta de
contrapeso al poder global, sus patrones de todo tipo, incluidos los
culturales, permean también el decir de los seres humanos.
No están muy lejos los ejemplos de enfoque que
proliferaron durante el desmantelamiento del socialismo en la Unión
Soviética, cuando los “progresistas” eran los que querían
reimplantar el capitalismo en ese vasto territorio y por
“conservadores” eran tildados despectivamente todos los que
luchaban por impedirlo.
Asimismo, en cada episodio que analicemos
relacionados con las pretensiones de imponer dictámenes imperiales
al mundo contemporáneo, las palabras, términos, frases y otros tipos
de expresiones son diseñados por el poder mediático y sus servidores
para allanar el terreno, marear pensamientos, condicionar
conciencias y ocultar verdaderas intenciones.
Llámese Iraq y oiremos hablar de “coalición” y
no de cohorte de agresores impelidos a participar por Estados Unidos
en una agresión burdamente injustificada.
Háblese de Irán y sobresaldrán términos como
intolerancia, desprecio a la opinión pública internacional y amenaza
a la paz regional y mundial los intereses de Teherán de desarrollar
el uso pacífico de la energía atómica.
Trátese de movimientos de izquierda y
aparecerán abundantes alusiones a eventuales y sospechosos vínculos
con los grandes males contemporáneos, que no son el hambre, la
pobreza, la insalubridad, la inseguridad social y la destrucción
paulatina de nuestro planeta, sino el terrorismo, la falta de
democracia y otros fenómenos encumbrados como las plagas
aniquiladoras de estos días.
Cuba no es ajena a esa ola de retorcer el
lenguaje mediático internacional, en el que jamás aparecerá el
bloqueo de Washington contra la Mayor de las Antillas. Si acaso dirá
un tibio “embargo” o por lo general un simple diferendo bilateral (y
no conflicto) aunque leyes como la Torricelli y la Helms-Burton
tengan un carácter extraterritorial confeso.
Asimismo enfocan como aspiraciones a una
transición democrática o a lo sumo a impedir una sucesión lo que de
hecho son planes para el derrocamiento incluso violento- de un
gobierno y un sistema político legítimamente constituidos. El
concepto de ¨continuidad constitucional¨ en el caso cubano no
aparece en el diccionario de la injerencia.
La relación sería enjundiosa, porque a la
contrarrevolución interna -organizada, financiada y alentada por
Washington- le llaman simple y noblemente ¨disidencia¨ y a los
emigrados que se marcharon legalmente del país le tildan de
¨exiliados¨, con la dramática connotación política que ello tiene.
Y a diario, a cada instante, circulan por el
mundo los cuños conceptuales con los que los poderosos marcan los
hechos y pensamientos, las acciones y las ideas. Es deber de todos
impedir que confundan, tergiversen y oculten las verdades y
contribuir sistemáticamente a desenmascarar la aviesa
intencionalidad que se oculta tras el lenguaje.
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