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En el centenario de Mark Twain: lo
que dijo Martí sobre él
Salvador Arias
Entre los primeros libros que leí,
de esos que se recuerdan siempre, los de Mark Twain tiene un lugar
importante: Las aventuras de Tom Sawyer y las de
Huckleberry Finn, pero también Príncipe y mendigo.
Pienso que son títulos familiares también a los niños y adolescentes
actuales, pues se han publicado varias veces en Cuba recientemente,
afianzados por sus versiones para cine y televisión. Ahora en este
año de 2010 se cumple el centenario de la muerte del autor, Samuel
Langhorne Clemens, más conocido por su seudónimo de Mark Twain. El
señalaba que había nacido en 1835 con el paso del cometa Halley y
que esperaba morir con su próxima aparición, y así ocurrió.
Tuvo una vida agitada, sobre
todo en su juventud, y a través de su labor como periodista y
narrador hizo patente un pensamiento crítico resaltando las
injusticias de su época, y muy especialmente de su tierra natal, el
sur de los Estados Unidos, en temas como "el racismo, la
segregación, el maltrato, el odio, los excesos..." Su importancia
queda patentizadas en un juicio de Hemingway: "Toda la literatura
moderna americana procede de un solo libro de Mark Twain titulado
Huckleberry Finn. Todos los textos estadounidenses proceden
de este título. No hubo nada antes. No ha habido algo tan bueno
desde entonces”.
Su sentido del humor y su
originalidad intrigaron a
José Martí en su momento, y le dedicó textos que hoy queremos
recordar como homenaje a este escritor estadounidense: Cuando en
1889 Mark Twain publicó su novela Un yanqui de Connecticut en la
Corte del Rey Arturo, Martí la comentó y no dudó en
recomendarla a Manuel Mercado como lectura para su hijo, en carta
fechada en abril de 1889, en donde promete enviarle el libro.
El entusiasmo martiano por esa
novela, aparecida precisamente en ese año que también contempló la
redacción de La Edad de Oro, se refleja muy vivamente en
carta enviada a su discípulo Gonzalo de Quesada, el 2 de enero de
1890:
¿No ha leído el último libro
de Mark Twain? Nunca lo quise leer mucho, porque en lo que conocía
de él nada aprendí, y el chiste era de bota fuerte y camisa
colorada. Pero este Yankee in King Arthur’s Court es un servicio a
la humanidad; de lenguaje característico y ligero, y de idea
conmovedora y honda. Al principio recuerda el Quijote, y al fin a
Julio Verne; pero no les debe un ápice. Con el Quijote se hombrea; y
no tiene por qué bajar las armas, ni en la intención, ni en el
ingenio. De Verne tiene una que otra fantasía científica, pero llena
de caridad y de mente.
Los juicios martianos sobre Mark
Twain son propicios para aventurarnos por las entretelas de sus
concepciones sobre el quehacer narrativo. La base primordial que
incita su interés sobre el autor es que no se encuentra ante uno de
aquellos "hijos de libros, sino de la naturaleza", pues "esos
literatos de librería son como los segundones de la literatura, y
como la luz de los espejos. Es necesario que debajo de las letras
sangre un alma". De allí nace su primera simpatía por Mark Twain, a
quien, sin llegar a considerar como una "luz mayor" dentro del campo
literario, destaca que, al menos, "brilla con la suya".
Dos aspectos de Mark Twain que
llaman la atención de Martí son su sentido del humor y su
originalidad, más allá de modas y novedades. Reconoce que sus
"libros de reír" están "henchidos de sátira", pero puntualiza que en
ellos "lo cómico no viene de presentar gente risible y excesiva,
sino de poner en claro, con cierta picardía inocente las
contrariedades e hipocresías de la gente común, y en contrastar, con
arte sumo, lo que se afecta pensar, y lo que piensa y sienta". Pero
esto lo hace de forma sencilla y suelta, de manera que "la gente se
ríe de sí misma, al verse sorprendida en su interior", pues "sus
ideas le vienen directamente de la vida". Respecto a la
originalidad, defiende en verdad sus propios criterios, que no
aceptan "callar, o desfigurar lo que se ve por sí propio, en el afán
de demostrar que está en cuenta de lo que otros dijeron. Bueno es
saberlo y aprovecharlo; pero con ser un índice de su tiempo, no se
pasaría a los venideros", por lo que llega a una conclusión que él
mismo trata de cumplir: "Mire cada uno por sí, y escriba por sí, y
entre en sí por luz, y palpe en sí y en torno la naturaleza".
Ya en el camino de explayarse
sobre aquellos puntos en los que creía coincidir con Mark Twain
afirma que "de impresiones viven las letras, más que de expresiones"
y condena "esas frases rellenas", "esos abalorios históricos", "esos
parámetros literarios" que sólo muestran "que el escritor es
sabihondo", cuando debiera ser "misionero", y escribir "para el bien
del prójimo, y poner fuera de los labios", "lo que la naturaleza ha
puesto dentro de ellos. Los motivos, los abominables y ruidosos
motivos, se han puesto de moda en la literatura como en la música”:
“Este frasea la inspiración de aquél, y la diluye, la infla, la
dora. Andan por el aire las ideas del siglo, porque cada siglo tiene
su atmósfera de ideas: se las recoge en una cucharilla literaria: y
se las presenta, inermes y pomposas, sin aquel brío, color e influjo
que tienen las ideas vivas, surgidas, como un ave del nido
sorprendido, de cada tajo en el pecho, o noche de cerebro, que trae
luego luz. Oficio de do rador se hacer ahora en las letras: urge que
se haga oficio de minero. Las manos duelen más, pero se saca, con
las manos fuertes, metal puro. Sobran los ejecutantes y los
ornamentistas".
No hace mucho se ha publicado en
Cuba un tomito que recoge colaboraciones periodísticas del autor
Mark Twain, cronista de su tiempo, en donde llega a cuestionarse la
política de su patria respecto a Cuba. Faceta importante de su obra
que nos muestra su sagacidad, aguda intención y pensamiento
progresista. Si la conmemoración de los centenarios tiene algún
sentido es para volver a la lectura de los autores. En el caso de
Mark Twain será, sin dudas, una lectura deleitosa ampliamente
retribuida.
(Fuente:
Cubarte)
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