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Viernes, 26 de Marzo de 2010


Apuntes sobre Miguel Ángel Limia

Fernando Carr Parúas

Quién le iba a decir a José Zacarías Tallet y Duarte cuando integró la histórica Protesta de los Trece — el 18 de marzo de 1923— que podría contar tantas historias antes de morir a edad longeva, a los 96 años, en 1989, pues pudo comunicar a los jóvenes historiadores varias de las vivencias y anécdotas de personalidades fallecidas hacía buen tiempo. Entre ellas están las de los revolucionarios del treinta, pero, también, sobre la vida de aquellos intelectuales que ya iban despuntando en su quehacer en los años veinte. 

Uno de estos últimos fue Miguel Ángel Limia, olvidado escritor por décadas y décadas, de quien Tallet me hizo varias anécdotas que aquí voy a referir, además de otros datos recogidos en el libro de mi amigo Fidel Aguirre Gamboa, Baracoa. Viaje a la leyenda. A Limia, Tallet lo caracteriza como un muchacho completamente alocado, pero que fue un buen prosista. También dice de él que era “el gran picador”, y un “buen sinvergüenzote”. Limia había nacido en Baracoa, la Ciudad Primada de Cuba, el 1ro. de marzo de 1900; sus padres fueron Miguel Limia Reus y Cecilia Noa Borges, pero la madre moriría poco tiempo después, el 9 de julio de 1902, y el niño quedaría al abrigo del padre, aunque pasaba largas jornadas en la finca de sus abuelos maternos, de la que recordaría, años más tarde, en uno de sus escritos en la revista habanera El Fígaro, la quietud de aquella casa, en medio de las montañas con una vegetación increíble. Allí aprendió a cabalgar y vivió con amor en aquel paisaje rústico.  

En uno de sus artículos, dice que fue un niño melancólico —quizás por la ausencia de su madre—, pero que, a la vez, era holgazán. 

El muy joven Limia, a los trece años, da rienda suelta a sus inquietudes literarias, cuando irrumpe entre los escolares que redactaban una pequeña revista titulada El Estudiante, en la que fue la prestigiosa escuela Cervantes, de Baracoa. En ese entonces, también escribía en la revista quien después fuera un íntegro político: Pelayo Cuervo Navarro, que fue asesinado en la noche del 13 de marzo de 1957 por las hordas batistianas. 

Cuando era aún muy joven, un día tomó uno de los barcos que entraban y salían de la bahía  de  Baracoa —recuérdese que no hubo comunicación por carretera hasta después del triunfo de la Revolución—y se fue a visitar distintas ciudades. Años más tarde, en otro de sus escritos, dice que se debía inculpar a las ciudades modernas de la “rebeldía eléctrica” que lo penetraba como saeta gobernada por el diablo, y que su carácter explosivo y rebelde se debía a esos lugares conocidos por él en su periplo mundano y bohemio. Sin embargo, nunca dijo cuáles fueron estos lugares que visitó y jamás se ha podido saber. 

Sí se sabe que a principios de los años veinte “ha caído” en La Habana. Entonces, en la síntesis biográfica de Aguirre Gamboa se dice que, al parecer, el momento de su retorno a la patria fue en 1922, cuando comienzan a aparecer artículos suyos en revistas como El Fígaro y Chic, pero, seguramente, fue antes, pues tuvo primero que tomar contacto con otros jóvenes con intenciones parecidas y eso debe haberle llevado tiempo. En las referidas revistas escribe durante tres años, pues ya después de 1924 no se conoce algún otro escrito de él en revistas habaneras. 

Se sabe que en La Habana trabajó como corrector de pruebas en el periódico El Mundo, y aquí conoció y se hizo íntimo amigo de José Zacarías Tallet y, por este, de Rubén Martínez Villena, y también fue jefe de redacción de El Fígaro. 

Según cuenta Tallet, Limia era un aficionado a la literatura francesa, y había llegado a La Habana para, de aquí, seguir hasta París. Por lo menos esa era una idea fija que tenía, y era lo que decía a todo el mundo. 

Tallet me contó varias anécdotas acerca de él y de su estancia habanera, y las voy a relatar: 

La familia baracoesa de Limia a cada rato le mandaba una buena suma de dinero, con la rogativa de que la empleara en regresar a su ciudad natal para cobrar una herencia, pero este se gastaba aquella remesa, se quedaba sin un centavo, pedía prestado, dormía y comía donde le cogiese, o mejor dicho, donde se le acogiese, hasta que volvían a llegarle otros doscientos pesos, que malbarataba enseguida otra vez. 

Tallet me contó que en una oportunidad en que Limia se quedó con una mano alante y otra atrás, dormía en un barquito de esos de dos pisos, el de arriba descubierto, de los que había en la bahía de La Habana para paseos turísticos o para el traslado de los marineros a sus barcos surtos en plena bahía. Como que de noche nadie iba al piso superior, pues nada había que ver, allí subía Limia y se acostaba en uno de los bancos y pasaba así la noche y madrugada. 

Por el día visitaba la habitación de un amigo que vivía en la azotea de una casa de huéspedes y tenía ducha privada. Mientras el amigo estaba trabajando, permitía que fuera allí a usar la ducha. Y comer… bueno, para eso era él el mejor “picador”. 

Como Limia era también muy amigo de Rubén, frecuentaba la casa de los Martínez Villena. Esta era un caserón, que todavía existe, en la calle de la Amargura, donde estaba la llamada “Escuela de Hoyo y Junco”, por haber sido fundada en 1866 por don Francisco del Hoyo y Junco, la cual formaba parte del sistema de escuelas que regenteaba la Sociedad Económica de Amigos del País, que dirigía el padre de los Martínez Villena, el doctor Luciano Martínez, quien más tarde llegara a ser Secretario de Educación de Cuba. La escuela contaba con un salón en el cual se encontraba la biblioteca Falangón. 

Cierto día, en que estaba Tallet hablando a solas con su novia Judit, hermana de Rubén y su futura esposa, en la casa de esta, notaron que les silbaban desde la escalera, pero no vieron a nadie. 

Insistieron los silbiditos y poco después fue que vieron a Limia, que le hacía señas a Tallet, y esto hizo que se acercara a ver qué quería. Cuando llegó a su lado, el muy sinvergüenza le dijo: “Dame un duro, que no tengo plata”. 

Tallet le explicó que solo iba a darle una peseta, y Limia le respondió claramente: “Oye, si no me das un duro, no me voy”. 

Por supuesto, le dio el duro al chantajista que no los iba a dejar conversar entonces en toda la noche, porque, eso sí, ¡había que estar seguro de que lo cumplía! 

Otra de las anécdotas sobre el periodista baracoeso, se refiere a cuando la revista El Fígaro iba a pique y su propietario, Ramón Catalá, nombró a Limia como jefe de redacción, pagándole muy poca cosa. 

Como este era tan confianzudo, no tenía a menos seguir pidiendo dinero a todo el que pudiera, siempre con su frasecita de “¡dame un duro!”. 

Los insignes escritores y no menos patricios don Manuel Sanguily y don Enrique José Varona, que eran tan respetados por toda la nueva y vieja intelectualidad, casi como venerados, iban muy a menudo a la revista con la finalidad de que les publicaran algún artículo. 

Cuando estos hacían su entrada en la redacción, y daban los “buenos días” o las “buenas tardes” con toda educación, recibían de Limia como contestación jubilosa un “¡qué hubo, Pepe!”, o un “¡qué tal, Manolo!”, que dejaba temblando a todo aquel que presenciaba la escena, pero, a decir verdad, ni Varona ni Sanguily lo tomaron nunca a mal, sino por el contrario, lo veían con mucha gracia. 

Pero lo peor no estaba ahí, sino que hasta a ellos dos les pedía Limia el consabido duro cuando le proponían dejarle algún escrito para publicar. ¡Se habrá visto!  

Sin embargo, el día del colmo de la desfachatez fue aquel en que Varona le pidió que le aceptara publicar un artículo que traía consigo. Ya Limia le había pedido el duro de marras y Varona hurgaba en sus bolsillos para pagarle, mientras le decía al jefe de Redacción: “Pero necesito que aparezca el escrito sin mi firma”. 

A lo que Limia le espetó: “¡Ah! Entonces le cuesta dos duros”.

UN SINVERGÜENZOTE

Tallet clasificó a Limia como que era un sinvergüenzote. Veamos ahora esta otra anécdota contada por él: 

Sucedió que durante cierto tiempo Limia –siempre sin dinero– vivía y comía en la casa del poeta nicaragüense Eduardo Avilés Ramírez, quien era también muy amigo de Rubén Martínez Villena y de Tallet, y que por entonces vivía en La Habana. Allí pudo observar cómo sufría la mujer de Avilés, ante la ausencia casi continuada del marido, que tenía amoríos con una jamona y por ello no iba a la casa. 

La mujer de Avilés era la que le cocinaba y servía la comida a Limia y le recriminaba todos los días que él no le dijera a ella dónde se veía su marido con la otra y quién era esta. Pero las recriminaciones iban cada vez en peor tono, ya que aquella mujer le decía a Limia que ella estaba segura que él lo sabía todo.

Al parecer, o fue que Limia entendió que la comida ella se la podía retirar o era que él no aguantaba más aquel rosario de lamentos y recriminaciones, y, sin pensar todas las consecuencias que traería, decidió decirle dónde se veía su marido con la otra mujer, ¡y para qué fue aquello!, pues para allá partió ella y dio tremendo escándalo ¡y nada menos que quién era la otra mujer!: una importante dama de la sociedad habanera. 

Avilés Ramírez juró que si encontraba a Limia lo mataría, y el asunto iba en serio, tanto así lo comprendió Limia que se echó un revólver encima. 

Entonces, Rubén decidió traer a sus dos amigos a “la mesa de conversaciones”, y cuál mejor que la larga y espaciosa mesa de la biblioteca Falangón. Uno a un extremo y el otro, al otro; Rubén al centro. Y este trató que allí se explicaran y se dijeran todo lo que quisieran, pero que cesara la amenaza de muerte. El ofendido, que estaba rabiando de ira, dijo en ese momento, de manera muy enfática: “¡He cobijado una víbora en mi seno!”. 

A lo que Limia contestó inmutable: “¡Jódete! ¿Por qué creíste en los hombres?”. 

Aunque ciertamente, Limia quedó con su frase incompleta, porque debió de haber dicho: “en los hombres como yo”. 

Pero el espíritu persuasivo de Rubén evitó que “la sangre llegara al río” entre sus dos amigos, que, como es de pensar, nunca más se pudieron ver con buenos ojos.

Uno de los cuentos que me hacía Tallet sobre Limia y a mí me hizo mucha gracia, fue que en una oportunidad de las tantas en que Limia no tenía donde vivir, Rubén le facilitó que lo hiciera en la biblioteca de la casa, es decir, en la Falangón. Allí se tiraba sobre una larga mesa por la noche y quedaba en paños menores. Por supuesto, tal cosa la hizo Rubén sin contar con su padre don Luciano, y este estaba ajeno a todo. 

Como Limia se pasaba la tarde en casa de Rubén,  este le había dicho que nadie se iba a dar cuenta que se quedaba a dormir en ella, que se acostara bien tarde y se despertara bien temprano para evitar sospechas, y así Limia lo hacía. 

Pero cierto día, aparecieron los miembros de la Junta Directiva para inspeccionar la Escuela y también Falangón; iban acompañados de don Luciano. Este los precedía en compañía de un ujier que iba abriendo cada departamento para la inspección. 

Al llegar a la biblioteca, el ujier abrió la puerta y rápidamente la volvió a cerrar. Asombrados, tanto don Luciano como los otros, le interrogaron que qué sucedía, que por qué no abría la puerta, y el ujier respondió: “Señores, es que el señor Limia se está vistiendo”. Y es que este dormía en calzoncillos y así lo encontró, bien dormido, el ujier. 

Limia decía que La Habana era “una ciudad idiota”, siempre en comparación con su amada ciudad de París. 

En su estancia habanera, o mejor, “alargada estancia habanera”, siempre de chacota, decía Limia que tenía empezado un libro que se titulaba La ciudad idiota, dedicado a la capital de la República cubana, pero, por lo menos, contaba Tallet que alguno de los jóvenes intelectuales que formaban aquel grupo en la década de los años veinte, nunca vieron ni una página escrita. Parece ser que era todo chacota. Limia decía: “Voy por la página veinte”; días más tarde decía que iba “por la página cuarenta”; pero, a veces, se equivocaba, y expresaba después que tenía escritas “como unas quince páginas”. 

La prosa de Limia era elegante y con ella podía llegar al alma humana, además de deleitar con su lectura a quienes leyeran sus trabajos periodísticos. Rubén auguró para él un magnífico futuro y lo comparó con los más importantes jóvenes intelectuales de aquel momento. Pero no se sabe qué sucedió, si la familia no le mandó más dinero para obligarlo a volver a Baracoa o si Limia se aburrió de estar en La Habana, pero lo cierto es que, más o menos en 1925, vuelve a su terruño.  También hay que tener en cuenta que en 1925 las exportaciones bananeras en Baracoa estaban en alza. Allí se le veía vestido con traje de dril blanco,  con una sonrisa siempre a flor de labios y en ellos un humeante tabaco y con un cayado o bastón en su mano derecha. Así se paseaba por las calles primitivas; entraba a un buen bar y se daba uno o dos tragos y saludaba con finos ademanes a los parroquianos. Era considerad o un dandy, un gentleman, por personas que se acordaban de su segunda etapa baracoesa.  

En 1926 funda en Baracoa el periódico El Espectador, el cual también dirigió. Digamos que aquí, en sus escritos, reconsidera a su Baracoa natal, como si volviera a descubrir los paisajes de diferentes colores de verdes, las montañas en lontananza y los ríos que serpenteaban toda la zona. Además, con su aureola de ser “un afamado periodista de La Habana”, en aquella época, y tan joven, siempre tuvo a Baracoa en sus manos. 

Además, se convierte en un influyente funcionario de Di’Giorgo Cuba Fruit. Se casa con una muchacha de la ciudad, María Luisa Gámez, muy agraciada según quienes la conocieron entonces, y con ella se va a vivir a la plácida e intrincada finca El Roble. 

Pero la felicidad no dura mucho, pues al poco tiempo contrae paludismo. Fue llevado a la ciudad para contrarrestar el mal, pero era ya muy tarde. Le sobrevino  la muerte cuando solamente contaba 32 años. Tuvo dos hijos con su esposa, pero ninguno se dedicó a la literatura. Según cuenta Tallet, Limia había continuado con su vida bohemia en Baracoa, y se había dado a la bebida. 

Una colección de sus escritos periodísticos habían sido recogidos y Rubén Martínez Villena hubo de prologar el libro, pero este nunca se publicó, hasta 1965 en que fue editado por la Universidad de La Habana. A su presentación fue José Zacarías Tallet y estuvo buen rato allí hablando de su amigo Miguel Ángel Limia, de lo originales que eran sus escritos, pero, que se sepa, nunca estuvo ligado al posterior  camino revolucionario y patriótico de sus amigos Rubén y Tallet.

(Fuente Cubarte)
 

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