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Apuntes sobre Miguel Ángel Limia
Fernando Carr Parúas
Quién le iba a decir a
José Zacarías Tallet y Duarte cuando integró la histórica Protesta
de los Trece — el 18 de marzo de 1923— que podría contar tantas
historias antes de morir a edad longeva, a los 96 años, en 1989,
pues pudo comunicar a los jóvenes historiadores varias de las
vivencias y anécdotas de personalidades fallecidas hacía buen
tiempo. Entre ellas están las de los revolucionarios del treinta,
pero, también, sobre la vida de aquellos intelectuales que ya iban
despuntando en su quehacer en los años veinte.
Uno de estos últimos fue
Miguel Ángel Limia, olvidado escritor por décadas y décadas, de
quien Tallet me hizo varias anécdotas que aquí voy a referir, además
de otros datos recogidos en el libro de mi amigo Fidel Aguirre
Gamboa, Baracoa. Viaje a la leyenda. A Limia, Tallet lo caracteriza
como un muchacho completamente alocado, pero que fue un buen
prosista. También dice de él que era “el gran picador”, y un “buen
sinvergüenzote”. Limia había nacido en Baracoa, la Ciudad Primada de
Cuba, el 1ro. de marzo de 1900; sus padres fueron Miguel Limia Reus
y Cecilia Noa Borges, pero la madre moriría poco tiempo después, el
9 de julio de 1902, y el niño quedaría al abrigo del padre, aunque
pasaba largas jornadas en la finca de sus abuelos maternos, de la
que recordaría, años más tarde, en uno de sus escritos en la revista
habanera El Fígaro, la quietud de aquella casa, en medio de las
montañas con una vegetación increíble. Allí aprendió a cabalgar y
vivió con amor en aquel paisaje rústico.
En uno de sus artículos,
dice que fue un niño melancólico —quizás por la ausencia de su
madre—, pero que, a la vez, era holgazán.
El muy joven Limia, a los
trece años, da rienda suelta a sus inquietudes literarias, cuando
irrumpe entre los escolares que redactaban una pequeña revista
titulada El Estudiante, en la que fue la prestigiosa escuela
Cervantes, de Baracoa. En ese entonces, también escribía en la
revista quien después fuera un íntegro político: Pelayo Cuervo
Navarro, que fue asesinado en la noche del 13 de marzo de 1957 por
las hordas batistianas.
Cuando era aún muy joven,
un día tomó uno de los barcos que entraban y salían de la bahía de
Baracoa —recuérdese que no hubo comunicación por carretera hasta
después del triunfo de la Revolución—y se fue a visitar distintas
ciudades. Años más tarde, en otro de sus escritos, dice que se debía
inculpar a las ciudades modernas de la “rebeldía eléctrica” que lo
penetraba como saeta gobernada por el diablo, y que su carácter
explosivo y rebelde se debía a esos lugares conocidos por él en su
periplo mundano y bohemio. Sin embargo, nunca dijo cuáles fueron
estos lugares que visitó y jamás se ha podido saber.
Sí se sabe que a
principios de los años veinte “ha caído” en La Habana. Entonces, en
la síntesis biográfica de Aguirre Gamboa se dice que, al parecer, el
momento de su retorno a la patria fue en 1922, cuando comienzan a
aparecer artículos suyos en revistas como El Fígaro y Chic, pero,
seguramente, fue antes, pues tuvo primero que tomar contacto con
otros jóvenes con intenciones parecidas y eso debe haberle llevado
tiempo. En las referidas revistas escribe durante tres años, pues ya
después de 1924 no se conoce algún otro escrito de él en revistas
habaneras.
Se sabe que en La Habana
trabajó como corrector de pruebas en el periódico El Mundo, y aquí
conoció y se hizo íntimo amigo de José Zacarías Tallet y, por este,
de Rubén Martínez Villena, y también fue jefe de redacción de El
Fígaro.
Según cuenta Tallet, Limia
era un aficionado a la literatura francesa, y había llegado a La
Habana para, de aquí, seguir hasta París. Por lo menos esa era una
idea fija que tenía, y era lo que decía a todo el mundo.
Tallet me contó varias
anécdotas acerca de él y de su estancia habanera, y las voy a
relatar:
La familia baracoesa de
Limia a cada rato le mandaba una buena suma de dinero, con la
rogativa de que la empleara en regresar a su ciudad natal para
cobrar una herencia, pero este se gastaba aquella remesa, se quedaba
sin un centavo, pedía prestado, dormía y comía donde le cogiese, o
mejor dicho, donde se le acogiese, hasta que volvían a llegarle
otros doscientos pesos, que malbarataba enseguida otra vez.
Tallet me contó que en una
oportunidad en que Limia se quedó con una mano alante y otra atrás,
dormía en un barquito de esos de dos pisos, el de arriba
descubierto, de los que había en la bahía de La Habana para paseos
turísticos o para el traslado de los marineros a sus barcos surtos
en plena bahía. Como que de noche nadie iba al piso superior, pues
nada había que ver, allí subía Limia y se acostaba en uno de los
bancos y pasaba así la noche y madrugada.
Por el día visitaba la
habitación de un amigo que vivía en la azotea de una casa de
huéspedes y tenía ducha privada. Mientras el amigo estaba
trabajando, permitía que fuera allí a usar la ducha. Y comer… bueno,
para eso era él el mejor “picador”.
Como Limia era también muy
amigo de Rubén, frecuentaba la casa de los Martínez Villena. Esta
era un caserón, que todavía existe, en la calle de la Amargura,
donde estaba la llamada “Escuela de Hoyo y Junco”, por haber sido
fundada en 1866 por don Francisco del Hoyo y Junco, la cual formaba
parte del sistema de escuelas que regenteaba la Sociedad Económica
de Amigos del País, que dirigía el padre de los Martínez Villena, el
doctor Luciano Martínez, quien más tarde llegara a ser Secretario de
Educación de Cuba. La escuela contaba con un salón en el cual se
encontraba la biblioteca Falangón.
Cierto día, en que estaba
Tallet hablando a solas con su novia Judit, hermana de Rubén y su
futura esposa, en la casa de esta, notaron que les silbaban desde la
escalera, pero no vieron a nadie.
Insistieron los silbiditos
y poco después fue que vieron a Limia, que le hacía señas a Tallet,
y esto hizo que se acercara a ver qué quería. Cuando llegó a su
lado, el muy sinvergüenza le dijo: “Dame un duro, que no tengo
plata”.
Tallet le explicó que solo
iba a darle una peseta, y Limia le respondió claramente: “Oye, si no
me das un duro, no me voy”.
Por supuesto, le dio el
duro al chantajista que no los iba a dejar conversar entonces en
toda la noche, porque, eso sí, ¡había que estar seguro de que lo
cumplía!
Otra de las anécdotas
sobre el periodista baracoeso, se refiere a cuando la revista El
Fígaro iba a pique y su propietario, Ramón Catalá, nombró a Limia
como jefe de redacción, pagándole muy poca cosa.
Como este era tan
confianzudo, no tenía a menos seguir pidiendo dinero a todo el que
pudiera, siempre con su frasecita de “¡dame un duro!”.
Los insignes escritores y
no menos patricios don Manuel Sanguily y don Enrique José Varona,
que eran tan respetados por toda la nueva y vieja intelectualidad,
casi como venerados, iban muy a menudo a la revista con la finalidad
de que les publicaran algún artículo.
Cuando estos hacían su
entrada en la redacción, y daban los “buenos días” o las “buenas
tardes” con toda educación, recibían de Limia como contestación
jubilosa un “¡qué hubo, Pepe!”, o un “¡qué tal, Manolo!”, que dejaba
temblando a todo aquel que presenciaba la escena, pero, a decir
verdad, ni Varona ni Sanguily lo tomaron nunca a mal, sino por el
contrario, lo veían con mucha gracia.
Pero lo peor no estaba
ahí, sino que hasta a ellos dos les pedía Limia el consabido duro
cuando le proponían dejarle algún escrito para publicar. ¡Se habrá
visto!
Sin embargo, el día del
colmo de la desfachatez fue aquel en que Varona le pidió que le
aceptara publicar un artículo que traía consigo. Ya Limia le había
pedido el duro de marras y Varona hurgaba en sus bolsillos para
pagarle, mientras le decía al jefe de Redacción: “Pero necesito que
aparezca el escrito sin mi firma”.
A lo que Limia le espetó:
“¡Ah! Entonces le cuesta dos duros”.
UN
SINVERGÜENZOTE
Tallet clasificó a Limia
como que era un sinvergüenzote. Veamos ahora esta otra anécdota
contada por él:
Sucedió que durante cierto
tiempo Limia –siempre sin dinero– vivía y comía en la casa del poeta
nicaragüense Eduardo Avilés Ramírez, quien era también muy amigo de
Rubén Martínez Villena y de Tallet, y que por entonces vivía en La
Habana. Allí pudo observar cómo sufría la mujer de Avilés, ante la
ausencia casi continuada del marido, que tenía amoríos con una
jamona y por ello no iba a la casa.
La mujer de Avilés era la
que le cocinaba y servía la comida a Limia y le recriminaba todos
los días que él no le dijera a ella dónde se veía su marido con la
otra y quién era esta. Pero las recriminaciones iban cada vez en
peor tono, ya que aquella mujer le decía a Limia que ella estaba
segura que él lo sabía todo.
Al parecer, o fue que
Limia entendió que la comida ella se la podía retirar o era que él
no aguantaba más aquel rosario de lamentos y recriminaciones, y, sin
pensar todas las consecuencias que traería, decidió decirle dónde se
veía su marido con la otra mujer, ¡y para qué fue aquello!, pues
para allá partió ella y dio tremendo escándalo ¡y nada menos que
quién era la otra mujer!: una importante dama de la sociedad
habanera.
Avilés Ramírez juró que si
encontraba a Limia lo mataría, y el asunto iba en serio, tanto así
lo comprendió Limia que se echó un revólver encima.
Entonces, Rubén decidió
traer a sus dos amigos a “la mesa de conversaciones”, y cuál mejor
que la larga y espaciosa mesa de la biblioteca Falangón. Uno a un
extremo y el otro, al otro; Rubén al centro. Y este trató que allí
se explicaran y se dijeran todo lo que quisieran, pero que cesara la
amenaza de muerte. El ofendido, que estaba rabiando de ira, dijo en
ese momento, de manera muy enfática: “¡He cobijado una víbora en mi
seno!”.
A lo que Limia contestó
inmutable: “¡Jódete! ¿Por qué creíste en los hombres?”.
Aunque ciertamente, Limia
quedó con su frase incompleta, porque debió de haber dicho: “en los
hombres como yo”.
Pero el espíritu
persuasivo de Rubén evitó que “la sangre llegara al río” entre sus
dos amigos, que, como es de pensar, nunca más se pudieron ver con
buenos ojos.
Uno de los cuentos que me
hacía Tallet sobre Limia y a mí me hizo mucha gracia, fue que en una
oportunidad de las tantas en que Limia no tenía donde vivir, Rubén
le facilitó que lo hiciera en la biblioteca de la casa, es decir, en
la Falangón. Allí se tiraba sobre una larga mesa por la noche y
quedaba en paños menores. Por supuesto, tal cosa la hizo Rubén sin
contar con su padre don Luciano, y este estaba ajeno a todo.
Como Limia se pasaba la
tarde en casa de Rubén, este le había dicho que nadie se iba a dar
cuenta que se quedaba a dormir en ella, que se acostara bien tarde y
se despertara bien temprano para evitar sospechas, y así Limia lo
hacía.
Pero cierto día,
aparecieron los miembros de la Junta Directiva para inspeccionar la
Escuela y también Falangón; iban acompañados de don Luciano. Este
los precedía en compañía de un ujier que iba abriendo cada
departamento para la inspección.
Al llegar a la biblioteca,
el ujier abrió la puerta y rápidamente la volvió a cerrar.
Asombrados, tanto don Luciano como los otros, le interrogaron que
qué sucedía, que por qué no abría la puerta, y el ujier respondió:
“Señores, es que el señor Limia se está vistiendo”. Y es que este
dormía en calzoncillos y así lo encontró, bien dormido, el ujier.
Limia decía que La Habana
era “una ciudad idiota”, siempre en comparación con su amada ciudad
de París.
En su estancia habanera, o
mejor, “alargada estancia habanera”, siempre de chacota, decía Limia
que tenía empezado un libro que se titulaba La ciudad idiota,
dedicado a la capital de la República cubana, pero, por lo menos,
contaba Tallet que alguno de los jóvenes intelectuales que formaban
aquel grupo en la década de los años veinte, nunca vieron ni una
página escrita. Parece ser que era todo chacota. Limia decía: “Voy
por la página veinte”; días más tarde decía que iba “por la página
cuarenta”; pero, a veces, se equivocaba, y expresaba después que
tenía escritas “como unas quince páginas”.
La prosa de Limia era
elegante y con ella podía llegar al alma humana, además de deleitar
con su lectura a quienes leyeran sus trabajos periodísticos. Rubén
auguró para él un magnífico futuro y lo comparó con los más
importantes jóvenes intelectuales de aquel momento. Pero no se sabe
qué sucedió, si la familia no le mandó más dinero para obligarlo a
volver a Baracoa o si Limia se aburrió de estar en La Habana, pero
lo cierto es que, más o menos en 1925, vuelve a su terruño. También
hay que tener en cuenta que en 1925 las exportaciones bananeras en
Baracoa estaban en alza. Allí se le veía vestido con traje de dril
blanco, con una sonrisa siempre a flor de labios y en ellos un
humeante tabaco y con un cayado o bastón en su mano derecha. Así se
paseaba por las calles primitivas; entraba a un buen bar y se daba
uno o dos tragos y saludaba con finos ademanes a los parroquianos.
Era considerad o un dandy, un gentleman, por personas que se
acordaban de su segunda etapa baracoesa.
En 1926 funda en Baracoa
el periódico El Espectador, el cual también dirigió. Digamos que
aquí, en sus escritos, reconsidera a su Baracoa natal, como si
volviera a descubrir los paisajes de diferentes colores de verdes,
las montañas en lontananza y los ríos que serpenteaban toda la zona.
Además, con su aureola de ser “un afamado periodista de La Habana”,
en aquella época, y tan joven, siempre tuvo a Baracoa en sus manos.
Además, se convierte en un
influyente funcionario de Di’Giorgo Cuba Fruit. Se casa con una
muchacha de la ciudad, María Luisa Gámez, muy agraciada según
quienes la conocieron entonces, y con ella se va a vivir a la
plácida e intrincada finca El Roble.
Pero la felicidad no dura
mucho, pues al poco tiempo contrae paludismo. Fue llevado a la
ciudad para contrarrestar el mal, pero era ya muy tarde. Le
sobrevino la muerte cuando solamente contaba 32 años. Tuvo dos
hijos con su esposa, pero ninguno se dedicó a la literatura. Según
cuenta Tallet, Limia había continuado con su vida bohemia en
Baracoa, y se había dado a la bebida.
Una colección de sus
escritos periodísticos habían sido recogidos y Rubén Martínez
Villena hubo de prologar el libro, pero este nunca se publicó, hasta
1965 en que fue editado por la Universidad de La Habana. A su
presentación fue José Zacarías Tallet y estuvo buen rato allí
hablando de su amigo Miguel Ángel Limia, de lo originales que eran
sus escritos, pero, que se sepa, nunca estuvo ligado al posterior
camino revolucionario y patriótico de sus amigos Rubén y Tallet.
(Fuente Cubarte)
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