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Una
década sin Florentino
Francisco G. Navarro
Si quienes queremos a Cienfuegos precisáramos
alguna vez marcarnos una meta emocional debiéramos proclamar:
¡quiero amarla tanto como la amó Florentino! Y los que pretendan, en
cualquier lugar, hacer del bien y la bondad un sacerdocio, deben
mirarse en el espejo de las arrugas del rostro de aquel hombre que
nos dejó hace una década ya para instalarse definitivamente en su
eternidad ganada.
Como una premonición de lo que iba a significar
su casi nonagenaria existencia para la cultura de Cienfuegos y de
Cuba, el niño Emiliano Florentino Morales Hernández vino a la
Tierra en la noche del 5 de enero de 1909. Así que fue regalo de
Reyes Magos para sus primerizos padres: Eulogio e Irene.
El alumbramiento tuvo lugar en la finca Dagame,
demarcada en el barrio de Yaguaramas, aunque el matrimonio vivía en
otra propiedad rural cercana, llamada Diego.
Algo nómada sería la familia Morales, engrosada
luego con la llegada de los pequeños Isabel, José, Úrsula y Rolando.
En el testimonio biográfico que casi al final de sus días Floren
dejó a Doris Era y José Díaz Roque para la revista Ariel, recordó el
periplo que los llevó durante su primera infancia a los poblados
matanceros de Calimete y Cantel.
Para 1919 residían en Yaguaramas, de donde el
futuro escritor recordaba al maestro, Tirso Giraud, un profesor muy
flaco al que los discípulos sacaban de sus casillas pisándole los
numerosos callos. Dos años más tarde anclaban en la finca La
Angelina, por la vuelta de Matún, donde Don Eulogio compró una
colonia que tributaba sus cañas a los molinos del central
Cieneguita.
Durante una clase de composición en la escuela
de Matún, a los 13 años de edad, lo visitó por primera vez la musa
de la poesía. Dos hermosos camellos cierto día/ en un hermoso prado
se encontraron/ y uno al otro con sorna le decía: / que montaña tan
grande te pegaron. Al final, la moraleja: A su vista, señores, no se
atengan/ pues ningún camello su joroba ve/ aunque dos metros de
tamaño tenga.
Del año 1922 guardaba un recuerdo indeleble. Su
padre lo trajo a Cienfuegos. El (teatro)Terry anunciaba La Fiesta
de la Canción Cubana y en el parque Martí abundaban las fuentes con
pececitos de colores.
Mientras en su campiña de tierras rojizas leía
a Verne y a Edmundo de Amicis seguía probando suerte con versos y
fabulaciones, hasta ver por primera vez su nombre en letra impresa.
Corría 1924 cuando el Heraldo de Aguada publicó su soneto Bolívar y
le colmó de elogios, que más tarde el propio autor sabría
inmerecidos. Pero había dejador de ser un bardo adolescente e
inédito.
El deambular económico de la familia los llevó
al batey del desaparecido ingenio Laberinto, en la zona de Abreus.
Tratar de investigar y componer la historia del viejo trapiche
resultó la aproximación inicial a la que luego sería pasión de su
vida.
En 1927 la familia volvió a migrar. Esta vez al
central Cieneguita, en la propia comarca abreunse, donde el joven
poeta trabajó como tenedor de libros y cajero pagador, al tiempo que
hacía las veces de corresponsal deportivo para el diario La
Correspondencia. Al año siguiente la fábrica dejó de moler para
siempre y el protagonista de esta historia consiguió empleo en la
Junta Electoral Municipal.
El semanario El Damujino, fundado en Abreus en
1930 lo tiene como responsable de su plana literaria. Ese mismo año
intenta venir a Cienfuegos en ocasión de la visita del poeta
granadino Federico García Lorca, pero los ahorros comunes con otros
muchachos de inquietudes culturales no alcanzaron para sufragar el
viaje.
Antes de trasladarse definitivamente a
Cienfuegos en 1933 fundó en Abreus Génesis, un tabloide de ocho
páginas que solo tuvo seis ediciones.
La vida intelectual de Florentino en la ciudad
semeja un torrente que desborda el cauce de esta columna. Recién
llegado publica en la imprenta de Bustamante el poemario Zigzag,
cuyos gastos asume. Repetiría la experiencia en 1953 con Caracol.
Desde su cargo de vicepresidente del Ateneo resalta como uno de los
principales promotores culturales de Cienfuegos a partir de finales
de los años 30.
En 1948 traspasó por primera vez los límites de
la Isla. Por esa época ya había unido su vida a la de Elpidia y
gozaba de una desahogada posición económica como hombre de confianza
en la empresa de los Castaño. Viajó a Venezuela y se llegó hasta la
frontera con Colombia. Colocó un pie en tierra de la antigua Nueva
Granada, para decir que también la había visitado, matizaría luego
en un acto de buen humor. La década de los 50 lo llevaría por varios
países de Centroamérica, México, Estados Unidos y Canadá.
De 1960 a 1979 estuvo dedicado a estudiar la
teoría literaria y a zambullirse en archivos y bibliotecas
nacionales de los que sacó 50 mil fichas sobre la historia de
Cienfuegos.
El viernes 16 de diciembre de 1966 la Academia
Cubana de la Lengua, presidida entonces por el hispanista José María
Chacón y Calvo, le concede un sillón como Académico Correspondiente
en una ceremonia cuyas palabras de exultación fueron pronunciadas
por el poeta Agustín Acosta. Hasta la fecha semejante honor no ha
vuelto a recaer en otro cienfueguero.
Apenas iniciado el próximo año el almanaque nos
indicará llegado el centenario de Florentino Morales. Estoy seguro
que los cienfuegueros aspirantes a los parabienes morales enunciados
en el prólogo de esta crónica no dejarán que la ocasión sea cubierta
con el manto del olvido.
(Fuente:
Gaceta de Jagua)
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